Los ilusos #8: Krzysztof, mi buen amigo

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Hola, ¿cómo están? Sí, ya sé, la semana pasada no salió la columna. Pero miren el lado bueno, en vez de leerme a mí se encontraron con un nuevo ejemplar de La 24 en PDF. Si todavía no lo leyeron, dejen esta columna ya, vayan y devórenlo. Realmente es muy bueno, y desde ya mejor que este texto. Si ya lo leyeron y volvieron, podemos empezar.

Esta vez sí voy a cumplir mi promesa y vamos a hablar un poco de Polonia.

¿Por qué? Parafraseando a la cajera oriental del supermercado chaqueño que salió a increpar a un muchacho que filmaba su negocio desde la puerta: ¿por qué?, no hay porqué. O en realidad sí lo hay, pero es un capricho mío.

La cosa es que Netflix lanzó en su catálogo hace unas semanas The Hater, la película que ganó el Festival de cine de Tribeca de este año y que está dirigida por Jan Komasa, uno de los cineastas más interesantes que ha dado Europa en los últimos años.

Lo curioso es que me encontré con esta película en el medio de una revisión muy intensa que estoy haciendo de la biofilmografía de Krzysztof Kieślowski, quizá el mejor polaco que haya pisado el planeta Tierra. Ustedes se reirán, pero el vínculo entre el cine de Komasa y Kieślowski es tan grande que uno podría decir que son casi una suerte de acción/reacción entre sí.

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A su vez, creo que por lo general Polonia es un país bastante olvidado al momento de hablar del cine europeo y que tiene una historia cinematográfica riquísima, en especial entre los 60 y los 90. La escuela de cine de Łódź ha sido una de las más importantes del mundo. A Kieślowski habría que sumarle egresados como el Krzysztof menos conocido, Zanussi, o tipos como Jerzy Skolimowski, Radoslaw Piwowarski, Andrzej Wajda, y hasta el mismísimo Roman Polanski.

Luego de varios años de cierta intermitencia, el cine polaco parece estar teniendo un nuevo resurgir de la mano del mencionado Komasa, nominado al Óscar este mismo año por su anterior película, Boże Ciało, y del también oscarizado Paweł Pawlikowski (Ida, Cold War).

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¿Tienen algo en común estos dos momentos del cine polaco con la historia del país? ¿Se relacionan de alguna manera? Pues bien, yo pienso que sí y que se puede tomar como un ejemplo de esto la comparación entre The Hater y Dekalog (El decálogo), la obra más ambiciosa e importante de Kieślowski.

Pero basta de cháchara. Comencemos.

El cine de Kieślowski y El decálogo

Kieślowski nació en Varsovia en 1941 y murió en aquella ciudad en 1996. Su fallecimiento, a los 54 años, sorprendió al mundo del cine. Krzysztof se fue en el apogeo de su carrera, gozando un prestigio mundial y habiendo realizado en el último tiempo una de sus obras más populares, la trilogía de los colores: Bleu (1993), Blanc (1994) y Rouge (1994).

Si bien previo a su fallecimiento, luego del estreno de Rouge, había declarado que se retiraría del cine para disfrutar la vida, muchos de sus allegados confesaron que seguía escribiendo y que tenía en mente la idea de realizar una trilogía de films en los que adaptaría La Divina Comedia, de Dante.

Aunque su reconocimiento a nivel mundial llegó con Dekalog, una serie de diez capítulos, o mejor dicho diez telefilms, que produjo para la televisión polaca y que se emitieron entre 1988 y 1989, lo cierto que es que Kieślowski venía teniendo una carrera muy prolífica en su país desde finales de los 60 en adelante.

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El cineasta provenía de una familia muy pobre. Muchas veces relató que debió mudarse en reiteradas ocasiones de niño porque su padre estaba enfermo de tuberculosis y necesitaba diversos cuidados. Su llegada al cine fue casual, de niño pensaba que sería bombero por sugerencia paterna, pero terminó estudiando teatro en la escuela de Varsovia. Al darse cuenta de que las artes performáticas no eran para él, pensó en el cine y probó suerte rindiendo el examen de ingreso en la prestigiosa escuela de cine de Łódź. No quedó la primera vez y tampoco la segunda. Probó suerte una tercera vez, solo para demostrar su orgullo, ya que no estaba tan interesado en ser cineasta. Finalmente entró y siguió estudiando, aunque no pensaba en dedicarse con seriedad al cine. Muchas veces bromeó en que terminó haciendo películas debido a malas decisiones que tomó de joven, que debería haber hecho otra cosa.

La visión de Kieślowski es la de una Polonia muy pobre, sumergida en el régimen totalitario y decadente del partido comunista. Se volcó al cine documental para intentar mostrar las cosas tal como eran, pero cuando entendió que esto no era posible (por las propias limitaciones del documental y también los censores del partido), entró en el terreno de la ficción.

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En sus películas hay una fuerte vocación humanista, la creencia en el hombre como un ser noble, que comete errores pero que puede redimirse. Para Kieślowski nadie es bueno o malo por definición, es la suma de nuestras decisiones la que nos pone en el lugar donde estamos, e incluso en la situación más trágica existe la posibilidad de redención. Además, el cineasta tenía una gran esperanza en su pueblo. Creía que la salida del comunismo y la entrada del país en el mundo occidental haría que los polacos vivieran mejor y fueran más felices. Aspiraba a que superar el comunismo fuera un triunfo para su pueblo.

Aquí me gustaría hacer una pequeña digresión. Más allá del posicionamiento político que cada uno tenga, es muy importante entender el contexto histórico y qué ocurría en el mundo para comprender qué es lo que entiende el realizador por comunismo. Hablamos de un país periférico, que siempre estuvo en disputa en Europa, que vivió innumerables conflictos bélicos y que tenía una población muy, muy frágil y empobrecida. Además, la visión del comunismo que tienen los europeos provenientes del Este es muy diferente a la que tenemos nosotros con los ejemplos latinoamericanos. Para decirlo de una forma muy sencilla: Cuba no es, ni fue, una experiencia comparable con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Desde esos matices y desde quien vive un régimen totalitario desde adentro es que Kieślowski escribe lo que escribe y dice lo que dice. Podemos no compartirlo o no estar de acuerdo, pero no deja de ser el testimonio de alguien que creció y vivió en un mundo respecto del cual nosotros solo podemos fantasear.

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Hacia fines de los 80, la Guerra Fría se estaba descongelando. La propia sociedad le exigía al bloque comunista una apertura y eso fue lo que ocurrió. En Polonia sucedió algo muy particular además, fue el propio movimiento obrero, apoyado por la iglesia católica, el que terminó con el comunismo en el país. Y aquí hay algo que destacar respecto al rol de la iglesia: el Papa era polaco, Karol Józef Wojtyła, Juan Pablo II. Aunque no lo crean, para los polacos es un símbolo de la liberación nacional. Tuve la suerte de conocer Cracovia y la ciudad donde nació, Wadowice, y no les miento, para los tipos es como el Diego.

Volviendo entonces, cuando Kieślowski filma El decálogo, el cruce entre la idea católica (diez capítulos que se corresponden con los diez mandamientos) con la visión de un país y la esperanza de un futuro promisorio, no es casual, ni mucho menos. A lo largo de los episodios, el realizador aborda muchísimas problemáticas sociales y culturales que tienen como epicentro casi siempre la ciudad de Varsovia, además, ofrece un testimonio bastante realista de cómo era vivir en Polonia en aquellos años. Se muestra un día a día duro, hostil y difícil, pero al mismo tiempo una mirada muy tierna del pueblo. Hay un optimismo y una suerte de esperanza depositada en lo que vendrá. Parte de toda esa ilusión es la que vuelca luego en Tres colores, trilogía que coincide con los colores de la bandera de Francia, y que en algún punto es alegórica en el anhelo de un mundo occidental.

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The Hater y la realidad de Polonia

La película de Jan Komasa se estrena 24 años después del fallecimiento de Kieślowski y es una suerte de respuesta a ese futuro promisorio que Krzysztof avizoraba para Polonia. Desde 2004 Polonia integra la Unión Europea y ha sido clave en cierto engranaje, en especial para Alemania, que le ha tercerizado varios procesos productivos dado que los costos son más bajos allí.

Desde la caída de la cortina de hierro y la salida del comunismo, Polonia ha experimentado un crecimiento económico sostenido, sobre todo desde su incorporación a la Unión Europea y la gran inyección de fondos que de su parte recibió.[1] Esta situación económica, en principio muy positiva, ha tenido un revés muy fuerte desde lo social. El odio hacia el comunismo y todo lo que puedan ser consideradas sus ideas satélites, asociadas a lo que llamaríamos “el progresismo”, es tan grande que un gran sector de la sociedad ha dado un giro muy preocupante hacia la extrema derecha. Las reivindicaciones, como materia de asistencialismo del Estado, políticas de igualdad de género, el respeto hacia las diversidades y demás cuestiones tan presentes hoy por hoy, encuentran una gran resistencia en la sociedad polaca.

El 12 de julio pasado hubo elecciones presidenciales en las que Andrzej Duda fue reelegido como presidente en una segunda vuelta. Su partido, Derecha Unida, es una coalición ultraconservadora, liderada por Ley y Justicia, PIS, uno de los partidos más importantes del país, que tiene una plataforma electoral bastante picante: reestablecer la pena de muerte, la oposición a la legalización de ciertas drogas blandas, a la eutanasia y a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, todo bajo una fuerte reivindicación nacionalista. Digamos que junto a otros países como Hungría forman parte del bloque de países que más dolores de cabeza le traen a la Unión Europea, porque están más a la derecha que la propia derecha.

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Esto es muy interesante, los países del Occidente buscaron cooptar los territorios que salían de la experiencia comunista con la ilusión de la entrada al mundo capitalista, y el capitalismo se desarrolló en estos países con un nivel de vehemencia tan fuerte que hoy son estos Estados los que corren por tibios a países como Bélgica o Alemania.

De todo eso habla, en mayor o menor medida, The Hater, que tiene como eje narrativo la historia de Tomasz (Maciej Musialowski), un pibe bastante ambicioso, pero con bastante poco talento, que intenta ser exitoso a partir del negocio de la mentira. Todo le sale bastante mal hasta que encuentra un trabajo ideal en un trollcenter, no el que están pensado, otro.

Como empleado en una empresa de marketing digital, Tomasz se sumergirá en lo más profundo de la deep web y las fake news para sacar el mejor provecho de la industria del odio que promueven las redes sociales. La película explora el nivel de decadencia moral en el que está sumergida la población polaca. La violencia y la meritocracia son los rasgos distintivos que elige Komasa para mostrar una Varsovia muy diferente a la de El decálogo. Aquí no hay humanismo, más bien lo contrario, una gran misantropía.

Es interesante como esta película sirve para contextualizar y poner en eje la decadencia moral y política de un país. Para Komasa el capitalismo anhelado por Kieślowski terminó siendo el responsable de la caída en desgracia absoluta del país. Su temple moral y ético, lo único que el régimen había dejado en pie, ya no existe.

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Por supuesto, es imposible imaginar qué diría Kieślowski en el 2020 mirando a su país, y también es muy compresible el anhelo que sentía por ese mundo mejor posible. No deja de ser interesante la respuesta que recibe 24 años después.

Un poco de polémica no hace daño: el INCAA está en cualquiera.

Más que un acápite dentro de la columna, esto es un breve comentario. Durante las últimas semanas se sucedieron dos hechos que elevaron un poco más la temperatura dentro del INCAA y en su relación con la comunidad audiovisual.

Por un lado, tenemos la polémica en torno al estreno de Crímenes de familia, película producida por Nicolás Battle y Magoya Films. Lo más relevante de esto es la denuncia, que nadie aclaró todavía, respecto a que el vice del INCAA habría salteado la lista de estrenos en CineAr a pedido de Netflix, y así lanzar en simultáneo la película en ambas plataformas para llegar a cobrar el subsidio por estreno en salas.

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Por otro lado, está la polémica que suscitó una redacción clarísima del reglamento de la nueva edición del Festival Internacional de Mar del Plata, que dejaba fuera de la competencia argentina a cualquier película no declarada de interés por el INCAA. Se armó tanto revuelo que tuvieron que modificar el artículo, y el propio presidente del festival, Fernando Juan Lima, tuvo que salir, de manera bastante extraña, a aclarar el asunto.

Sobre esta cuestión y algunas cosas más me explayaré en las próximas columnas.

¿Qué estoy leyendo? Kieślowski por Kieślowski (editado por Danusia Stok)

Esta es una de esas veces en la que les recomiendo un libro que efectivamente estoy leyendo al momento de escribir la columna. En este caso, no podía ser de otra manera, hablar del cine de Kieślowski sin mencionar este libro editado por Danusia Stok y publicado en el país por El Cuenco de Plata no tiene demasiado sentido.

Kieślowski por Kieślowski es una suerte de biografía y al mismo tiempo un extenso repaso por toda la carrera de Krzysztof, con comentarios a todas y cada una de sus películas, incluso algunas inéditas a la fecha. Muchas de las cuestiones que mencionamos en la columna aparecen con claridad en el libro: la visión humanista del cineasta, la ilusión de un futuro esperanzador para Polonia con su incorporación en el mundo occidental, su visión del régimen comunista y la poética con la que encaraba y pensaba su obra. Todo aparece allí, y es hermoso leerlo escrito como un testimonio en primera persona.

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El libro se consigue con bastante facilidad, no es extremadamente caro ($950), y vale muchísimo la pena para entender por qué Kieślowski filmaba como lo hacía, los motivos de su alejamiento del cine documental y las temáticas que se reiteran a lo largo de su filmografía. Pero también, como sucede por ejemplo con Mi último suspiro, de Luis Buñuel, es un libro que permite entender muy bien el contexto histórico en el que apareció el cineasta y un testimonio histórico muy gráfico sobre Polonia.

Sin haberlo terminado todavía, lo recomiendo con mucha vehemencia.

Antes de cerrar, dos comentarios.

El primero es recomendarles este pequeño documental que complementa muy bien todo lo que les comenté hoy:

Lo segundo, es que hay una anécdota muy divertida y un vínculo muy directo entre Kieślowski y nuestro querido IDAC. No lo voy a desarrollar acá, les dejo el misterio y veremos si prende.

Y bueno gente, ahora sí, eso fue todo: dziękuję ci por leer y do następnego razu.

 


[1] https://www.abc.es/economia/abci-tres-decadas-crecimiento-ininterrumpido-y-desempleo-inferior-5-por-ciento-milagro-economico-polaco-201910101135_noticia.html