Jugada maestra: ricos y ampulosos

Desde finales de la década pasada hasta la actualidad, un puñado de películas se dedicaron a problematizar el conflicto entre clases. Desde Parasite (2019), Joker (2019) y Nosotros (2019); hasta las recientes películas de Park Chan-wook y Sam Raimi, Su única opción (2025) y ¡Ayuda! (2026), pasando por As bestas (2022) y Saltburn (2023).

Sería tentador arriesgar que la creciente acumulación de la riqueza en cada vez más pocas manos (y, de forma consecuente, el aumento de la precariedad y la exclusión social) tiene su resonancia en el cine. Antes de caer en la unión del cine con cuestiones políticas inmediatas de manera un poco facilista (sin perder de vista, claro, que el cine y el mundo dialogan de forma permanente), diría que lo que estas películas hacen, cada una a su manera, es mostrar lo atractivo que sigue siendo ver la lucha entre personajes de distintas clases sociales, que muchas veces parecen habitar culturas por completo distintas. Lo han hecho desde distintos prismas: la sátira sofisticada (Parasite y Su única opción), el terror en clave fantástica (Nosotros) y en clave de comedia (¡Ayuda!), la simplificación y el reduccionismo psicologista (Joker), y hasta la imbecilidad (Saltburn).

En todo caso, quizás con la excepción de Su única opción, lo que vemos es a uno o más personajes que se insertan en un régimen que les es ajeno, sea para adueñárselo o para minarlo por completo.

Hay algo de esta lógica en Jugada maestra (2026). Remake de una película inglesa de los sesenta, cuenta la historia de Becket Redfellow, potencial heredero de una familia millonaria que ha sido marginado, y se propone asesinar a los parientes que le siguen en la línea de sucesión para reclamar la fortuna. Este hombre, interpretado de forma contenida pero carismática por Glen Powell, sabe (más bien, dado lo que sucede después, intuye) que va a morir, y no muestra ante el cura que lo visita en prisión ningún signo de arrepentimiento. Es algo consecuente con lo que veremos después. Becket va a ser degradado de su trabajo como vendedor de trajes, y con eso decidirá asesinar al resto de sus familiares. Allí es cuando hace su entrada el humor seco de la película, expresado no solo en personajes que dicen o hacen cosas ridículas con la cara impávida (el versículo de la Biblia que el protagonista cita de forma errónea frente al cura es un gran ejemplo), sino también en los asesinatos, que aparecen de forma discreta, casi sin violencia explícita. En este sentido, la primera muerte incluye un chiste muy logrado, cuando escuchamos a Becket sorprenderse de lo poco que le costó llevarla a cabo, después de que lo hubiéramos visto nervioso planeándola.

Justamente, su carácter meticuloso y su modo inmoral de proceder, sumado a la simpatía que genera en los demás, harían pensar que se trata de un psicópata. Sin embargo, la película va a agregarle una bienvenida capa más a su protagonista. Becket podrá parecer un asesino discreto y elegante, capaz de fingir emociones que no tiene y de disimular su culpabilidad ante el FBI, pero en el fondo esconde un lado bastante sentimental. Después de todo, sus asesinatos en pos de alcanzar la fortuna responden a cumplir con la promesa que le hizo a su madre antes de morir, algo que la película subraya a más no poder. Por lo mismo, va a negarse a matar a su tío, quien no solamente le dio un mejor trabajo, sino que ha llegado a respetar y querer.

El problema es que ahí donde Becket aparece como alguien complejo, la gran mayoría de los personajes no tienen esta cualidad. La mayoría de los ricos son representados lisa y llanamente como idiotas superficiales (con la excepción del tío mayor con el que Becket se encariña y al que opta por no matar, aunque luego muera de un infarto, como una jugada del guion para hacer que la trama avance; y del tío que interpreta Ed Harris), y la película no se priva de mostrar un par de estereotipos burdos: el primo que es un rockero rehabilitado y creyente, que resulta ser un hipócrita; el cura piadoso que pide el arrepentimiento de Becket antes de que sea condenado; la mujer atractiva que chantajea al hombre con el que tiene tensión sexual (y no podemos hablar de una femme fatale dado que no estamos en el terreno del cine negro).

De todas maneras, el defecto más grave de Jugada maestra aparece en su último acto. Allí vamos a ver, después de una vuelta de tuerca que permite el triunfo de su protagonista, cómo su voz en off critica a los espectadores y a la gente de buena conciencia y valores definidos. El gesto tiene un lugar de superioridad y pretenciosidad bastante molesto. No por el desafío directo a la moral general y al público, sino por la necesidad de la película de bajar línea desde el púlpito, de creer que debe dejar una enseñanza. Toda una lección sobre cómo empezar con un entretenimiento inmoral y convertirlo en moralina.