The Drama: Mi gran casamiento feo

En una reseña negativa de Letterboxd, el crítico Juan Pablo Martínez menciona una escena concreta de El drama para hacer un paralelismo entre esta y el cine de Cohn y Duprat. En la escena en cuestión, se hace un chiste con una fotógrafa de bodas que habla con la pareja protagonista y el juego de palabras evidente entre shoot (disparar) y el ruido que hace el disparo de la cámara. Es entendible esta mención. En el momento, el gag tiene un sentido obvio hasta la idiotez, remarcado además por el sonido estridente de la cámara de fotos. La incomodidad de los personajes (no del espectador), derivada de la tensión manifiesta entre ambos, sumado a lo redundante del humor, lleva a que la escena parezca sacada de una película de estos directores.
Este mal chiste no sería lo único en común que tiene la película con el cine (es un decir) de la dupla argentina. A primera vista, varios elementos de El drama también tienen sus puntos de contacto con ellos: protagonistas pertenecientes a una clase social definida con características bien marcadas (pareja de clase media alta formada por un director de museo y una librera), humor negro con crítica mordaz de por medio, contexto del mundo artístico y referencias a objetos culturales.

También, como no podía ser de otra forma, el gusto por exhibir la mezquindad de sus personajes sin el más mínimo pudor de por medio. Uno podría buscar un paralelismo con el cine de estos directores, también, en la ampulosidad con que se presentan varias situaciones, recurriendo a imágenes de shock (como un niño muerto en un accidente de auto, o varios muertos en un casamiento) que funcionan como golpe bajo, o a alegorías bastante obvias (la superposición entre la pareja protagónica que hablan entre sí con una imagen de ella de niña con su terapeuta).
Pero en otro sentido, la última película de Kristoffer Borgli tiene poco que ver con el universo de Cohn y Duprat. La dupla muestra un mundo circunscripto a la argentinidad y sus miserias al que no puede ver sin mofarse duramente, y sin la más mínima intención de comprenderlo. No sólo esto, sino que en el cine de CyD tampoco hay espacio para la ambigüedad o el desconcierto por sus personajes (apenas sí un poco en El hombre de al lado). En todo caso, el resultado de esto es siempre una visión de este mundo como algo chato, sin dobleces. En El drama, en cambio, no habrá una intención de juzgar de forma directa (o tan directa) a los personajes. Los protagonistas son Emma y Charlie, una pareja que está a punto de casarse. Su unión comienza a tambalearse a partir de una revelación de la chica: de adolescente, había pensado en llevar a cabo un tiroteo escolar. Las tensiones entre ambos van a alcanzar a sus amigos y conocidos, e irán haciendo mella hasta estallar en la culminación del film, que no es otra que la boda. Lejos de la mirada burlona con la que Cohn y Duprat miran a sus personajes, en El drama todo lo terrible que pasa no se percibe como gratuito. Por el contrario, las desgracias que van sumándose parten de las actitudes de sus personajes, por más exageradas que resulten, y lo que les ocurre termina siendo coherente con ellos. Un ejemplo de esto aparece en el nervioso discurso de Charlie en la boda. Allí vamos a ver el esfuerzo que hace por poner en palabras el amor que siente por su futura esposa, sin mucho éxito, y, en pos de disculparse con ella, termina confesando sin querer frente a todos que la engañó con Misha, su compañera de trabajo. Esto lleva a que el novio de ella termine por agredirlo, y que Emma termine marchándose.

Esta revelación que Charlie hace, más llevado por la tensión del momento antes que por una necesidad de desahogarse, junto a la mencionada confesión de adolescencia de Emma, habla de la cuestión central que atraviesa El drama, que es hasta qué punto puede una pareja mantenerse junta cuando aparecen las oscuridades, presentes y pasadas, de cada uno.
Que estas oscuridades vayan apareciendo de forma progresiva es lo que dota (volviendo a la comparación con CyD) al universo del film y a sus personajes de cierta ambigüedad, y de un carácter imprevisible. Esta imprevisibilidad aparece en la forma en que Borgli construye con maestría situaciones que parecen ir en una dirección y luego toman otra: Charlie que intenta seducir a Emma al comienzo del film, fingiendo que ha leído el libro que ella lee, y luego descubre que no lo escuchó cuando hablaba porque es sorda de un oído; una cita de la pareja que ingresa a un museo de forma clandestina parece arruinarse cuando suena la alarma, pero el mismo riesgo de la situación los calienta y terminan besándose; más tarde, Charlie le habla a Emma al oído de forma sugestiva (con una intimidad bien creada a partir de primeros planos de sus caras juntas) para comprobar su audición, sin que esto tenga ningún efecto; lo contradictorio de que la revelación de su futura esposa le genere, al mismo tiempo, un rechazo hacia ella y una mayor atracción.
De hecho, es en el momento mismo de la confesión de Emma cuando mejor se evidencia el manejo de un tono que oscila entre lo cómico y lo terrible. Ocurre en medio de una cena que tiene la pareja con Rachel (Alana Haim) y Mike (Mamoudou Athie), donde cada uno admite lo peor que ha hecho en su vida. Las anécdotas de cada uno se deslizan como parte de una conversación despreocupada, donde las bajezas se cuentan con absoluta liviandad, generando una comicidad oscura. De repente, este enfoque se interrumpe cuando Emma revela su intención cuando adolescente de disparar en la escuela. El momento termina con una incomodidad insoportable ya sin rastro de humor, no tanto por su confesión como por el enojo que muestra Rachel, filmado en un asfixiante primer plano, hacia una Emma perpleja que no sabe bien qué decir al respecto.

De todas maneras, esta ambigüedad y este cambio brusco de tono que maneja El drama ya estaban presentes en la forma en que la película se promocionó. Para ser más claro: el primer afiche nos mostraba a Zendaya y a Robert Pattinson juntos en un plano medio, ella con una mueca de picardía sentada sobre el regazo de él, que mira a cámara sorprendido. Sin que se revelara demasiado, esta imagen, sumada la presencia de dos actores populares que fueron o son ídolos juveniles (Pattinson, en sus comienzos, por su protagonismo en la saga Crepúsculo; Zendaya, por Euphoria y por su papel de Mary Jane en la saga de Spiderman) y a un título y una tipografía que sugieren una seriedad irónica o fingida, podían hacer creer que estábamos ante una comedia romántica más o menos amable destinada a público masivo. Nada más lejos de la realidad. Como le sucede a la pareja comprometida que luego se ve arrastrada a un terreno amenazante que los hace dudar del otro, El drama convierte toda expectativa en un lugar de tensión e incomodidad. Vender una película por lo que en verdad no es para ofrecer algo distinto y molestar al público; tomar a dos actores populares y de gran llegada dentro de Hollywood y hacerlos actuar de forma por completo distinta a lo que se espera de ellos (Pattinson, un galán por lo general en el rol de héroe, hace acá de un pusilánime; Zendaya, por lo general en roles que ofrecen cierta identificación, se convierte en un personaje algo amenazante) no deja de ser un gesto subversivo en una obra imperfecta pero fascinante y atractiva. Como bien escribió en su crítica publicada en Catarsis Sofía Nadal (https://catarsiscine.substack.com/p/the-drama-el-caballo-de-troya-del), puede ser incluso la forma de invitar a reflexionar a un espectador casual que entró a ver una rom-com y salió con una película caótica que ofrece más preguntas que respuestas.



