Las corrientes: una historia para perderse

Las corrientes, la última película de la directora argentina Milagros Mumenthaler, aborda el misterioso viaje físico y emocional de una joven mujer. El interés de la realizadora en el universo femenino se puede observar desde sus primeros trabajos. De todos los antecedentes, su corto Amancay contiene el germen desde el cual parte la película. En él, una chica regresa a la casa que solía compartir con su novio, quien falleció hace poco tiempo. En una escena, lo que parece ser un baño placentero por el río se convierte, a partir de planos a la distancia e imágenes bajo el agua, en un paseo solitario y atemorizante. Sin razón aparente, la mujer sale espantada por el ruido de la corriente que se amplifica en sus oídos. Las corrientes, maravillosa y extraña, recoge esa escena ambigua y cautivante de años atrás para darle un nuevo espesor en la historia de Catalina.
Lina tiene alrededor de 30 años y es una diseñadora de moda en Argentina. Vive en un departamento muy bien acomodado, tiene un esposo exitoso en su trabajo y una hija de pocos años. En los primeros minutos de la película, recibe un premio en Ginebra, lo tira a la basura y salta de un puente al río Ródano que divide la ciudad. Cuando vuelve a Buenos Aires ya no es la misma. Parece tener una percepción más sensible de la realidad. En su mente los sonidos se amplifican, el tacto aumenta, e imagina situaciones que no suceden. Desde su zambullida en el río, no puede ver, tocar ni escuchar el correr del agua porque le recuerda al ruido de la corriente que casi se la lleva. Hay una escena en la que ella se reúne con un psicólogo y le comenta que ese sonido, similar al de la lluvia, la hace pensar en el universo. “¿Cómo te ves vos en el universo?”, le pregunta el psicólogo. Entre lágrimas, ella responde que no sabe, que intenta no ser tan “efímera” en él.
El dilema de Lina no tiene demasiada explicación. La película nos ofrece algunas puntas para pensar más adelante, recién cuando la protagonista se reencuentra con una amiga del pasado. En ese momento, Lina relata lo que le sucedió: se perdió por la ciudad, se detuvo en un local cautivada por un pañuelo bordado, luego se tiró al agua y casi se deja llevar al fondo. Comenta, sorprendida, que en la oscuridad se sentía bien pero que buscó la superficie cuando se le apareció la imagen de su hija en la mente. En su relato, expresa una contradicción, como si en el momento se hubiese visto arrastrada por dos fuerzas en tensión: una la incitaba a salir del agua, la otra a quedarse. A partir de ahí, su persona se encuentra en un espacio intermedio entre el estar (en su presente, el que construyó con su familia y su trabajo) y el no estar (su mente vuela hacia otros lados la mayor parte del tiempo).

La película continúa con algunos rasgos propios de la obra de la directora. Por un lado, el relato se construye fuertemente desde el espacio donde tiene lugar la acción. Las salas oscuras de cortinas cerradas por las que circula Lina nos sumergen en el estado en el que se encuentra la protagonista; al igual que esa hermosa ventana de marcos rojos que tiene sobre la cama, por la que ella parece extender sus pensamientos hacia el afuera. Esto se entrelaza con la atmósfera que rodea a todas las mujeres de Mumenthaler, entre una quietud exterior y una fuerte interioridad de los personajes. Pero, además, en sintonía con lo que le sucede a Lina, Las corrientes despliega una puesta en escena que tiende al extrañamiento. En la secuencia mencionada anteriormente esto se ve de manera muy clara. La música Something Wild in the City,de Morton Feldman, se mezcla con el relato en voz en off de la protagonista y con su vagabundeo por la ciudad. El abrigo celeste brillante que lleva puesto, el aspecto viejo de los pasajes, el detenimiento en el pañuelo bordado y la iluminación cálida del local recubren de cierto misticismo la realidad.
Se podrían establecer varias correspondencias con distintas mujeres de la historia del cine: Katherine de Viaje a Italia, de Roberto Rossellini, es una de ellas. Al igual que Lina, Katherine parece dividida en dos planos. Uno se corresponde al plano terrenal, en el que se encuentra al borde del divorcio con su marido. El otro parece estar caracterizado por una “hipersensibilidad” en relación con el mundo que la lleva a extrañarse ante fenómenos de la naturaleza y objetos inanimados que cobran vida frente a sus ojos (la escena de las estatuas en el museo es, probablemente, una de las mejores escenas del cine). Katherine transita la muerte de su matrimonio, pero es el choque con la muerte real, los amantes de Pompeya enterrados bajo la ceniza y detenidos en el tiempo, lo que posibilita la reconciliación de la pareja.

La protagonista de Las corrientes logra conciliar sus dos partes, su hija y el agua, hacia el final. Pero no es capaz de hacerlo sin antes volver sobre su pasado. Este aparece en esa escena bellísima de la subida de Lina y su hija al faro. El movimiento de las luces la sumerge en un trance y, de repente, comienza a imaginar situaciones en las que todos sus conocidos se encuentran felices y en compañía. El último lugar en el que se para la luz es la casa de su mamá, la cual no habíamos visto hasta entonces. Cuando Lina la visita nos enteramos de que no se veían hacía mucho tiempo. Ella se fue antes de tener a su hija, construyó una vida totalmente diferente (social y económicamente mejor posicionada) y no volvió. No se dan a conocer las razones, pero se muestra que la mamá posee algún tipo de enfermedad, ya que no sale de su casa y conserva el lugar en el mismo estado en el que estaba cuando la protagonista se fue. La secuencia, que representa eso detenido en el tiempo y olvidado por el personaje, hace pensar que, quizás, este es su Pompeya. ¿Será que lo que le sucede a Lina es que ya no puede reconocerse a ella misma? ¿Será que esa separación de cuerpo y mente que la atraviesa es porque ya no puede encontrarse en su historia y camino recorrido?
La película construye un sentido abierto y eso es lo mejor que tiene: dejar que el espectador se sumerja en un misterio que fluye, se transforma y crece al igual que las corrientes.



