Laberinto de Espejos #2

El nombre de esta columna, Laberinto de Espejos, suele asociarse a esa vieja y clásica atracción de feria — o, tal vez, al misticismo de ciertos relatos literarios—. Sin embargo, aquí no buscamos perdernos en un truco de entretenimiento ni marear al lector; nos convoca algo mucho más cinematográfico.

La propuesta nace de una premisa clara: que dos películas se miren de frente. A veces, el reflejo nos devuelve dos obras que parecen idénticas, pero se bifurcan en caminos opuestos; otras, nos muestra cómo dos relatos nacidos en contextos y estéticas distantes terminan compartiendo el mismo pulso vital.

Si en la primera entrega nos sumergimos en las crisis morales de El ocaso de un pueblo y Bajo el volcán, en este segundo cruce el espejo nos devuelve una dualidad fascinante sobre la condición humana y lo divino, contrastando la poesía existencialista de Las alas del deseo con el melodrama romántico de Un ángel enamorado. Una misma esencia, dos reflejos diferentes. Bienvenidos al laberinto.

El susurro de los invisibles

¿Alguna vez sintieron que alguien les rozaba el hombro en un momento de tristeza, aunque estuvieran solos? De eso, y de mucho más, trata la joya que hoy traemos al laberinto: Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, 1987).

Hay películas que se ven y películas que se habitan. La obra de Wenders es de las segundas. Es un poema visual filmado y es una fotografía «de lujo», muy artística y placentera de ver. Un blanco y negro que se destaca por las siguientes características:

  1. Su luminosidad: en Las alas del deseo, el blanco y negro tiene un brillo especial. Las luces (los blancos) parecen irradiar un resplandor, como si la pantalla tuviera luz propia por detrás.
  2. Su textura: Henri Alekan (director de fotografía), el legendario maestro francés, logró que las imágenes se vean suaves, aterciopeladas y con una profundidad que te hace sentir que podés traspasar la pantalla con tus manos con solo proponértelo.
  3. La pericia de Alekan: en el ejercicio de su dirección de fotografía, aplicó algunos trucos del oficio para lograr ese efecto “plateado y etéreo” de su imagen en blanco y negro. Cuentan como un buen ejemplo de esos artilugios visuales: haber puesto una media de seda muy fina delante del lente para que los bordes de las cosas no sean duros, sino que tengan un aura; algo muy coherente con la visión de los ángeles.
  4. El contraste cromático como recurso narrativo: la marcada transición entre el blanco y negro y el color eleva la calidad visual de la obra. Este blanco y negro tan exquisito se utiliza para simbolizar el mundo eterno, elegante y perfecto de los ángeles; en contraposición, el color irrumpe para representar la experiencia humana: una realidad más ruidosa, caótica y tangible.

Ángeles en la trinchera y la necesidad de un café caliente

La premisa es fascinante: ángeles con pilotos que caminan entre nosotros. Pero no son ángeles de estampita religiosa; son seres celestiales de aparente aspecto humano, observadores melancólicos que escuchan lo que pensamos, ven lo que no vemos y presienten lo que va a pasar. Pueden, incluso, consolarnos con un simple roce invisible, aunque tienen terminantemente prohibido intervenir en nuestros destinos.

Lo más lindo de Las alas del deseo es que nos hace valorar las cosas simples. Resulta curioso lo que devela: para estos seres eternos, el verdadero privilegio no sería el no tener límites físicos ni fronteras, para ellos es poder sentir el peso de un cuerpo, el calor de una taza de café o la intensidad de un color, franquicias que tenemos los mortales y que a ellos les está vedado. Es para nosotros y nosotras, los espectadores, un recordatorio de que estar vivo, con sus dolores y sus vueltas, es algo verdaderamente deseable, al menos para el elevado criterio de estos seres supuestamente superiores.

Y es en este filme de Wenders donde, nuevamente, aparece nuestro apreciado Bruno Ganz (sí, el mismo que interpretaba al periodista cínico de El ocaso de un pueblo, de nuestra entrega anterior). Acá hace un trabajo increíble como Damiel, uno de los ángeles (el otro es Cassiel, interpretado por un correctísimo Otto Sander) que se cansa de ser solo un espectador y decide «caer» a la tierra para empezar a sentir. Es el paso de mirar la vida desde afuera a la oportunidad corporal y emocional de protagonizarla.

El espejo hollywoodense: cuando el ángel se enamoró de Meg Ryan

Diez años después, Hollywood decidió que esta historia necesitaba una refrescada para agradar al paladar más rustico y menos sutil del gran público, y nos dio Un ángel enamorado (City of Angels, 1998). Seguramente la recuerdan por Nicolas Cage, Meg Ryan e Iris, ese hit de los Goo Goo Dolls que sonó por todos lados.

Acá el espejo del laberinto nos devuelve una imagen muy distinta, bastante distorsionada de la historia original de Las alas del deseo.

Si en la versión alemana, el ángel caía por amor a la humanidad entera y por el deseo de existir, en la versión yanqui, la trascendente decisión de la criatura celestial se reduce al irresistible empuje de un tremendo metejón, contado como una imposible historia de amor romántico. Nicolas Cage (el ángel en cuestión) no cae por el asombro de la vida, cae por Meg Ryan (el sujeto de su deseo y a posteriori su amor frustrado).

Pasamos de un Berlín gris, cargado de historia y filosofía, a una ciudad de Los Ángeles soleada y llena de gente exitosa. Wenders nos pedía pensar; Hollywood nos invita a llorar (y mucho, porque el final es un golpe bajo diseñado para que no quede un pañuelo seco en la sala).

¿Plagio o traducción simplificada?

Más que un plagio, yo diría que la versión de los 90 es una «traducción para principiantes» de la idea de la película alemana. Tomaron la premisa de la presencia de los ángeles en una gran ciudad, pero le sacaron toda la carga política y existencial para convertirla en un melodrama clásico.

Mientras Wenders busca entender lo que significa ser humano en un mundo roto, Silberling (el director del remake) busca conmovernos con una historia de amor imposible que aceptamos como inevitable todos aquellos que conocimos a la dulce Meg en Cuando Harry conoció a Sally (1989).

Ver hoy Las alas del deseo es como hacerse un regalo a uno mismo: es cine que te pide bajar un cambio, hacer silencio y escuchar los susurros. La versión de Hollywood es un producto muy de su época, ideal para una tarde de lluvia y un disfrute finito, pero la obra de Wenders es, sencillamente, eterna.