Pienso en el final o el arte de perderse en uno mismo

Hace unos días vi la película Pienso en el final (I’m Thinking of Ending Things), de Charlie Kaufman. El filme tuvo un estreno limitado en cines selectos de Estados Unidos el 28 de agosto de 2020 y posteriormente se lanzó a nivel internacional a través de Netflix el 4 de septiembre. Todavía sigue disponible en la plataforma para quien, como yo, decida revisitarla o descubrirla hoy. Por cierto, esta es la última película largometraje que dirigió este peculiar autor.
No obstante, es necesario aclarar que no es definitivo que Charlie Kaufman haya dejado de dirigir. Aunque ha pasado un tiempo desde este, su último largometraje, su carrera sigue activa y su ausencia de las pantallas se atribuye principalmente a las dificultades inherentes de financiar y producir proyectos tan complejos y personales como los suyos. En resumen, su falta de proyectos recientes no se debe a una renuncia voluntaria a la dirección, sino al resultado de los desafíos de producción que conlleva mantener su estilo autoral único en la industria cinematográfica actual.

El asunto es que, al seguir disponible en la plataforma, tuve la oportunidad de encontrarme con este filme y, al terminar, me quedé sentado frente a la pantalla un largo rato, sintiendo esa mezcla extraña de desconcierto y curiosidad. Como espectador, por lo general, soy de los que disfrutan haciendo el esfuerzo; me gusta ese cine que me pide estar atento y que no me da todo digerido. Pero con esta película, me pasó algo particular: sentí que me enfrentaba a un laberinto en el que, a medida que avanzaba, las paredes cambiaban de lugar.
Como muchos se imaginarán, esto me llevó inevitablemente a pensar en David Lynch. No porque considere que sus obras sean equivalentes, sino por la manera en que ambos nos dejan parados frente a lo inexplicable. Con Lynch, uno suele rendirse ante lo que ve, aunque no se entienda la lógica detrás de cada imagen extraña, y eso hace que sintamos que la película nos está contando algo real y profundo. Se me ocurre asociarla a la hipotética experiencia de dejarse llevar por un sueño o lo que nos pasa cuando una música nos atraviesa, incluso sin saber exactamente qué significado tiene. Sin embargo, con Kaufman la sensación es otra: termina perturbando tu paz, empujándote a buscar el sentido. Te llena la cabeza de referencias y metáforas, y luego te deja ahí, con tus propias herramientas, lidiando con esa angustia de quien siente que tiene las piezas del rompecabezas, pero no sabe cuál es el dibujo final que el director realmente quería que se viera.

Por mi parte, como espectador bien predispuesto, siento que en Pienso en el final Kaufman despliega todo su arsenal. Tenemos la secuencia del baile en la escuela secundaria que roza lo sublime, o esa otra incursión en el cine de animación con el cerdito condenado y reflexivo, ofreciéndonos un momento que se siente como un respiro de lucidez en medio de tanta niebla. Son destellos de genialidad técnica que confirman que el director sabe manejar la cámara y el lenguaje audiovisual. Sin embargo, a diferencia de los maestros de la puesta en escena clásica, Kaufman nunca nos permite olvidar que, detrás de la cámara, hay un guionista obsesionado con sus propios fantasmas.
La versión cinematográfica de Pienso en el final es una adaptación, a todas luces riesgosa, de la novela de Iain Reid. Mientras que el libro original se describe como un thriller de horror, Kaufman decide tomar un camino distinto, convirtiendo el viaje de Lucy y Jake hacia la granja de los padres del novio en un recorrido hacia los rincones más recónditos de la mente humana. El filme toma la estructura básica de la historia de Reid, pero la despoja de los elementos de suspenso tradicionales para cargarla con una profundidad filosófica que es, casualmente, uno de los sellos distintivos del realizador.

La transformación del thriller de terror al relato metafísico se produce tal vez porque el guion altera la función de los elementos narrativos. Mientras que en el libro sirven para construir tensión y miedo, en la película se convierten en vehículos para una exploración introspectiva. Para ello, realiza los siguientes cambios:
- De la amenaza externa al laberinto mental: En el thriller de terror, el miedo proviene de peligros exteriores o de la incertidumbre sobre el comportamiento de otros personajes. En el filme, Kaufman desplaza ese foco hacia dentro, tratando los espacios físicos —la granja, la heladería, el colegio— como proyecciones de los rincones más recónditos de la mente.
- La disolución de la identidad: La novela mantiene la intriga sobre quién es realmente Lucy; la película, en cambio, utiliza esa ambigüedad para cuestionar la naturaleza misma de un sujeto.
- La alteración de la estructura temporal: Mientras que en un thriller convencional la historia avanza paso a paso, Kaufman rompe el orden lógico; el relato parece no tener un tiempo real y flota. Esto te obliga a dejar de buscar una explicación racional para concentrarte en lo que sienten los personajes.
- El uso de la intertextualidad como espejo: Kaufman satura el relato de referencias cinéfilas y literarias (Cassavetes, Oscar Wilde, David Foster Wallace). Esto saca al espectador de la inmersión del género de terror y lo coloca en un plano intelectual, obligándolo a interpretar la película como un juego de asociaciones libres.
En esencia, Kaufman toma la estructura de «viaje a un lugar extraño» propia del horror y la convierte en un viaje hacia la desintegración del yo, donde el miedo a un asesino es reemplazado por miedos mucho más profundos: a la vejez, al arrepentimiento o a la soledad existencial.
Es necesario mencionar que Kaufman nos pide que toleremos sus referencias. En una película convencional, estas suelen ser meros detalles; pero en Kaufman, son exigentes: si no conocés a los autores o las obras citadas, podés sentirte fuera del juego. Él nos pide paciencia para navegar todo ese contenido intelectual, aun cuando no sepamos exactamente por qué está ahí. Asimismo, debemos aceptar que la narrativa se desmorona a propósito: Kaufman desarma la historia adrede para que no nos distraigamos con la trama y nos centremos en lo que él nos quiere mostrar: el desorden y la angustia de una mente humana.

A partir de lo dicho, surge la pregunta: ¿es Pienso en el final una obra fallida? De ninguna manera. Es, ante todo, una obra audiovisual valiente. Kaufman tiene la audacia de mostrarnos el mecanismo de su propia tristeza sin pedir permiso. No es un genio infalible, sino alguien que intenta ponerle forma a lo informe: al miedo a la vejez, al arrepentimiento y a esa soledad que se siente en los huesos.
Quizás el secreto para disfrutarla sea bajar la guardia. No buscar una solución lógica ni intentar resolver el acertijo como si fuera un examen. Como bien sugiere el filme, «quizá la gente linda también sufre» y, tal vez, como espectadores, el cine nos deba invitar a transitar un cielo nublado para poder volar y aprovechar el viaje, aunque no veamos claro el horizonte. Definitivamente, Pienso en el final no nos da respuestas, pero sí nos regala la oportunidad de quedarnos un rato a solas con nuestras propias preguntas.

¿Es Kaufman un realizador respetable y sus obras son parte indiscutible de lo que llamamos «Cine»? Si para alguien el cine es, ante todo, un vehículo para contar una historia con un principio, un nudo y un desenlace bien claros, es lógico sentir que Kaufman «rompe» el cine. Pero si entendemos el cine como un lenguaje capaz de transmitir ideas, emociones y estados mentales, entonces Kaufman no solo hace cine, sino que empuja sus límites y expande sus alcances.
En definitiva, Kaufman no hace cine para ser consumido, sino para ser habitado. Lejos de ser un mal cineasta, es un autor que entiende el séptimo arte como una frontera por expandir. Y eso, para los espectadores dispuestos a dejarse atravesar por la experiencia, es una virtud destacable.



