Pina: bailarina heavy metal

Hace pocos días asistí a un ciclo de cine organizado por el Centro Cultural Guido Miranda de Resistencia (Chaco). Allí tuve la oportunidad de ver Pina (Wim Wenders, 2011), un documental enfocado en la obra de la bailarina y coreógrafa de danza contemporánea Pina Bausch. La película se rodó en 3D y se estrenó en los años en que, luego del éxito de Avatar (James Cameron, 2009), este formato se convirtió, en la mayoría de los casos, en una trampa para incautos. Sin embargo, consistió también en una herramienta de experimentación para grandes directores como Werner Herzog (Cave of Forgotten Dreams, 2010), Martin Scorsese (Hugo, 2011) o Alfonso Cuarón (Gravity, 2013).
La intención originaria del documental era conseguir que Pina Bausch hablara. Por desgracia, ella partió de este mundo antes de iniciar el rodaje. Nos quedamos entonces con el testimonio de sus discípulos, los miembros del prestigioso Tanztheater Wuppertal. Cada uno de ellos aparece delante de la cámara sin decir nada. Los oímos hablar sin embargo. De manera imprevista, Wenders nos convierte en ángeles similares a los que pueblan su obra cumbre, Las alas del deseo (1987): accedemos a los pensamientos más íntimos de los bailarines.

En todos aquellos monólogos interiores descubrimos una idea recurrente. Pina no hablaba: bailaba. Las palabras para ella no eran suficientes. Por esa razón enseñaba a hablar al cuerpo. Aunque no solo eso: Pina desarrolló también una nueva sintaxis del movimiento que representó una revolución. Demostró que no solo la música puede bailarse. También se puede coreografiar el ruido del tránsito, las conversaciones, el silencio. Comprobó también que todos los cuerpos son aptos para la danza, no solo aquellos con anatomía de ballet, sino también los otros, los enormes, los desgarbados, los viejos. Más aún, probó que no solo el cuerpo vivo baila: incluso la materia y los objetos danzan, y así hizo bailar a la tierra, el agua, las mesas, las sillas, las puertas.
El documental de Wenders recoge fragmentos de las coreografías más célebres de la compañía: Café Müller, Kontakthof, Vollmond. Al verlos, uno puede adivinar de inmediato las influencias que las coreografías de Pina Bausch han ejercido en el mundo audiovisual. Sin sus exploraciones, serían casi impensables videoclips como Let Forever Be de The Chemical Brothers (dirigido por Michel Gondry), Elastic Heart de Sia, o el más reciente Jealous Lover de The Rolling Stones. En el cine, su poderoso influjo alcanza películas tan dispares entre sí como Possession (Andrzej Żuławski, 1981) y Prospero’s Book (Peter Greenaway, 1991).

Por fortuna, pude ver Pina en el formato 2D simple y efectivo de siempre, sin necesidad de recurrir a aquellos lentes fastidiosos. Debo confesar que llegué unos minutos más tarde a la proyección. Para entonces, transcurrían los primeros compases de La consagración de la primavera de Ígor Stravinski. Cuando me acomodé en la butaca, la melodía bucólica con la que iniciaba la obra viró de golpe en una secuencia de percusión salvaje y, de inmediato, comencé a sacudir la cabeza como si escuchara Metallica. Lo divertido fue que, en la pantalla, las bailarinas del Tanztheater Wuppertal repetían un movimiento parecido. Pina Bausch no expresaba lo etéreo, lo ingrávido, lo conceptual, sino todo lo contrario: lo terrenal, lo pesado, lo corpóreo. Pina no era aire: era heavy metal.



