CINE Y FUTUROS POSIBLES: UN LIBRO DE LA REVISTA 24 CUADROS

Nota del editor
¿Se puede imaginar otro futuro?
“Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, reza la frase que Mark Fisher les atribuye a los intelectuales Fredric Jameson y Slavoj Žižek y que modela toda una serie de escritos compilados en su primer libro de 2009, Realismo capitalista.
Y es esa frase, junto con otro texto de Fisher, “Abandonen la esperanza (el verano está llegando)”, publicado el 11 de mayo de 2015 en su blog K-Punk, la que modela y atraviesa la búsqueda de este nuevo compendio de artículos temáticos de la Revista 24 Cuadros.
Que este segundo libro gire alrededor de ideas, nociones o preguntas que se hizo este autor británico que se suicidó en 2017 no es casual. Fisher no era un intelectual “habitual”. No provenía de la academia tradicional. Si bien era doctor en Filosofía, no se dedicó a ser un catedrático universitario, sino que en su mayoría impartió clases en terciarios. Tampoco escribía para revistas académicas, sino en su propio blog, fundado en 2003, el ya mencionado K-Punk.
A la vez, Fisher fue, en esencia, un crítico cultural y musical y, desde allí, influido por su formación marxista y aceleracionista, desarrolló gran parte de sus ensayos, reflexionando sobre muchísimas cosas que eran incipientes y que luego fueron mainstream: la retromanía y la nostalgia, o la hauntología (concepto que toma de Jacques Derrida) para pensar cómo la cultura aparece “embrujada” o cooptada por elementos del pasado que permanecen hasta nuestros días.
De esta forma, así como en nuestro anterior libro, En busca del cine weird, las ideas de Fisher fueron fundamentales para pensar las formas en que aparece el extrañamiento en el cine a través de las construcciones dramáticas y climáticas de la poética y la narrativa fílmica, en este libro lo que cabe es preguntarse cómo el cine o, mejor dicho, la industria cultural cinematográfica —que también incluye a las series— está pensando el futuro de la humanidad.
La pregunta no es original ni tampoco aparece como una revelación. Creemos que es el tópico del momento y, quizá, nuestro único valor sea animarnos a reflexionar sobre ello mientras los acontecimientos se suceden.
En los últimos tiempos se han popularizado ciertos recortes y entrevistas donde la reconocida cineasta argentina Lucrecia Martel se pregunta sobre el cine, su narrativa y el tipo de historias que el arte en general está representando. En palabras de la directora de Zama:
Nos toca algo que da mucho trabajo y es muy cansador: nos toca inventar el futuro próximo. Así como lo hicieron Julio Verne, Philip K. Dick y todas esas personas que nos abrieron los ojos. Tenemos que inventar un futuro que nos guste. Tratemos de inventar un futuro que no sea solo el apocalipsis de la proyección de la tecnología. Esto es urgente. Si están haciendo música: inventen el futuro de la música. Si están haciendo educación: inventen la educación. Si están haciendo cine: inventen el cine. Hay que inventar de cero. O no tan de cero, por suerte. Pero hay que inventar. Para que haya comunidad primero tenemos que sentir que podemos estar en el futuro. Si no nos imaginamos en el futuro, es imposible inventar nada diferente. Tenemos esa responsabilidad política y hay que tratar de llevarla a cabo con alegría.
La tesis que tiene Martel parece volver, en cierto punto, a la teoría de la profecía autocumplida del sociólogo Robert Merton, según la cual una premisa que puede ser errada se convierte en verdadera por la propia reacción de las personas. En esa línea, si llevamos el pensamiento de la cineasta al extremo, habría una relación directa entre la ciencia ficción posapocalíptica que predijo la llegada de una maquinocracia autoritaria y nuestro presente.
Yendo más al extremo, podríamos decir entonces que relatos como Terminator o Blade Runner tuvieron una “responsabilidad” directa en la creación de nuestras dinámicas cotidianas. Por ejemplo, un creepypasta muy conocido en internet es el que cuenta que hace unos años un grupo de ingenieros de Facebook desarrolló una inteligencia artificial que tuvieron que apagar luego de descubrir que la tecnología había “entendido” que podía “desarrollarse” a espaldas de sus creadores y generar un nuevo idioma de comunicación y nuevos procedimientos para absorber información sin que se lo ordenen (Skynet). También, hace muy poco, se han vuelto virales opiniones del empresario Mario Pergolini en las que predice que dentro de muy poco, por el módico precio de 400 dólares, todos vamos a poder acceder a robots bípedos que van a realizar la limpieza completa del hogar (replicantes). Parece entonces que el futuro llegó, hace rato.
La discusión, irreductible, nos lleva a preguntarnos qué ocurrió primero: si la obra que predijo al futuro o si la predicción que luego fue alimentada por la obra. No creo que tenga sentido hacerse esa pregunta y tampoco creo que tenga sentido polarizar hasta la literalidad con Martel. Por el contrario, sí creo que, independientemente de qué ocurrió primero, vale la pena preguntarnos cómo las industrias culturales —en este caso las vinculadas al cine— están comprendiendo la época y proyectando el futuro.
También es importante, para pensar esto, volver a Fisher y hacer una suerte de ejercicio de parresía entre su obra y su vida. En “Abandonen la esperanza”, jugando con el título, el autor hace un nuevo esfuerzo por intentar correrse del pesimismo. Allí, la idea de perder la esperanza implica su reemplazo por la confianza. Esto quiere decir: dejar una actitud pasiva (creer que algo vendrá más adelante y será mejor) y cambiarla por una activa (creer que es posible un cambio y actuar en consecuencia).
En ese punto, la “confianza” fisheriana se junta con la imaginación del futuro que propone Martel, porque ambos vuelven a la idea de la profecía autocumplida de Merton. Se actúa porque se cree que se puede cambiar y se confía por el propio hecho de estar ya en movimiento. Así, para ambos, accionar en la búsqueda de un futuro mejor, de otro “que nos guste más”, en algún punto ya sería provocar esa transformación.
Volviendo a la idea de parresía y a la propia vida de Fisher, la tarea de imaginar y poner en práctica un mundo mejor no parece ser tan sencilla como su escritura. No está aquí y, lamentablemente, no se lo podemos preguntar. Que se entienda bien: no estoy tratando de hacer un “chiste” o un comentario “cool” con esto, pero, a los efectos de lo que estamos discutiendo, no parece ser un detalle menor que el autor se haya suicidado dos años después de este escrito, luego de batallar contra una profunda depresión.
Lejos de parecer una actividad lúdica, imaginar un futuro mejor y tratar de ponerlo en práctica parece ser un ejercicio solitario, de mucho esfuerzo intelectual y, quizá, imposible de realizar. Pero, incluso en ese escenario, si la utopía sirve para caminar, quizá ya todo haya valido la pena. Incluso este modesto libro, escrito por plumas ignotas y poco reconocidas.
Por eso, a ustedes y a la memoria de Mark Fisher les dedicamos las siguientes palabras.
Fabio A. Vallarelli,
enero de 2026

¿Se puede imaginar otro futuro? «Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo». La célebre frase, que Mark Fisher atribuye a los intelectuales Fredric Jameson y Slavoj Žižek, articula buena parte de los ensayos reunidos en su libro Realismo capitalista (2009). El cine, que según el propio Louis Lumière era un invento sin futuro, pasó más de cien años tratando de imaginarlo. Y un buen día dejó de hacerlo: una vez que se acabó el futuro, solo nos quedó el apocalipsis en la pantalla. En este volumen, los autores de la Revista 24 Cuadros se sumergen en las distintas formas en que el cine ha imaginado (y todavía imagina) el futuro, y reflexionan sobre un presente en el que todos los relatos parecen haberse agotado.
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Textos de: Marcelo Acevedo, Mariano Castaño, Adriano Duarte, Guido Estañaro, Enrique D. Fernández, Néstor Fonte, Bruno Glas, Pablo Giménez, Roberto Giuffré, Alex Dan Leibovich, Agustina Osorio, Willy Real, Leandro Sánchez Cozzi, Fabio Vallarelli.



