La muerte de Robin Hood: sin lugar para los héroes

Robin Hood va a morir. Ya lo anuncia el título, no es un spoiler. Mejor dicho, es un hombre muerto: la procesión va por dentro. Lo importante, para él, será saber morir. La muerte de Robin Hood (2026), el tercer largometraje del director Michael Sarnoski (Pig, A Quiet Place: Day One), producido por A24, desarrolla el final de una contrafigura del mito del justiciero para mostrar a un bandido que se quiere retirar de sus andanzas, una vida de forajido dedicada a la violencia que lo carcome. Por eso, la muerte es lo que él desea y va a encontrar en tres momentos y formas diferentes.

Primero, el acto implícito de la película al matar al viejo héroe y su historia conocida se expone de entrada: un Robin (Hugh Jackman) curtido y entrado en años derrumba su propia leyenda ante una forastera que, en medio de una fogata, le cuenta sobre esa reputación pero no sabe a quién tiene enfrente ni lo que le espera. Después nos enteramos de que él mismo alimentó su propia leyenda de mentiras que ya no quiere hacer creer. Lo que le sigue va a ser una versión cruda del falso héroe en sus últimas batallas, yendo a la muerte real (“una muerte digna”) para terminar probando la muerte simbólica: la vida que le da una segunda oportunidad para dejar su pasado. Esa posibilidad de redención se le presenta como un proceso de sanación física y espiritual en un priorato acompañado de la hermana Brigid (Jodie Comer), pues fue internado para recibir cuidados. Robin se hace llamar Rudolph y para asegurar su nueva vida de reclusión, donde podría encontrar el propósito de hacer el bien, un leproso le dice que nunca debe confesar su vieja identidad por el daño que causaron sus muertes. Pero para él la transformación no se trata de borrar ese pasado sino de procesarlo como una culpa, de cargar esa cruz hasta el final. “Algún día las deudas de sangre se pagan”, dirá. Solo podrá purgarse hasta llegar a la muerte verdadera, la tercera y definitiva.

La película de época quiere resonar en estos tiempos cuando se impone la norma del antihéroe para explotar su oscuridad con empatía en un rango amplio de posibilidades que permite reescribir estos personajes populares; también considerando un contexto donde la “justicia social” no parece emocionar al espectador. El registro violento y las escenas de acción en la primera parte van cediendo ante los paisajes imponentes, sombríos al igual que los interiores austeros. La soledad del alma y la búsqueda de aliviar las penas personales se reflejan no solo en el protagonista sino en la mirada que se pone sobre este mundo caído y bucólico. En el medio sazonando todo con canciones folclóricas que cargan la intención del film. Hay contactos en la atmósfera con los films de Robert Eggers, pero sin elementos sobrenaturales ni cosas muy extrañas.

Por otro lado, vale señalar que la película se termina convirtiendo en un relato moral que se despoja de aventuras, con una historia que pierde tensión y se autopercibe como un aprendizaje. De Robin Hood le termina quedando el nombre. Si bien el tiempo lento le sienta bien, tiende a ser monótona en sus dos horas. Es su estilo, dirán, pero con Pig Sarnoski ofrecía otra experiencia con un recorrido de personaje parecido. Robin “The Outlaw”, como se revelará ante Brigid, pasa de la crueldad y el desencantamiento con las personas como un lobo solitario, a sentir culpa y ternura antes de partir. En el paso de la vida bruta a la sensible, parece encontrarse a sí mismo en una compasión que logra sin mucha fricción o contraste, ni ambigüedad; se pasa del negro al blanco en una película que anuda la tragedia en la posibilidad de la fe aunque esto no tenga tanta profundidad como pretende. Se trata de una posibilidad de salvación individual, desde hacer el bien con los otros y un trabajo con uno mismo. Podríamos ver que Hugh Jackman, viejo Wolverine, sugiere con su interpretación que esa persona está escondida detrás de su hosquedad y malevaje. Lo que se mantiene en el protagonista, en su transformación, es un hombre resignado que logra, al final, estar más cerca de la verdad tanto humana como propia de su pasado que no niega. Su aporte, antes que robar a los ricos para dar a los pobres, es transmitir la sabiduría de todo lo vivido.