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Los ilusos #65: lo viejo que no termina de morir, lo nuevo que no termina de nacer.

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien.

Escribo esto un poco a las apuradas, desde Mar del Plata, mientras se está celebrando la edición nro. 41 del festival y la tercera entrega de Fuera de Campo (otrora Contracampo). Las disculpas anticipadas del caso a Miriam, nuestra inestimable correctora ad honorem. Nada de lo aquí escrito ha tenido la suerte de sufrir el embellecimiento de su trabajo.

A esta altura esta columna parece ya una suerte de bitácora personal. No creo que la lea mucha gente. No pienso que le importe a mucha gente. No sé tampoco por qué debería. Sin embargo, está en internet. Y si está en internet es porque quizá, desde un lugar muy chiquitito, ignoto y modesto, sea posible plantear alguna conversación. Y si eso no es posible, quizá sea un consuelo poder decir, dentro de muchos años, que por lo menos lo intentamos.

Una pequeña aclaración. Esta edición tiene correlato con las anteriores. Mientras mi cabeza me sacudía con cosas muy confusas que intentaba ordenar, las repasé y me di cuenta de que muchas de estas cosas las había escrito el año pasado y el anterior. Me gustaría ser más optimista y no mostrarme derrotado, pero lamentablemente pienso que el diagnóstico se repite y se profundiza.

Lo viejo que no termina de morir

Me interesa poco y nada tratar de hablar acá sobre la gestión del INCAA, Pirovano y La Libertad Avanza.

Creo que a esta altura es casi ridículo tratar de tener un diálogo o plantear un contrapunto. El juego es claro y muy perverso: la gestión oficial se muestra dialoguista, abierta y dispuesta a discutir temas incómodos como el modelo de financiamiento y ejecución del presupuesto del INCAA. Pero la realidad es otra: la misión es profundamente ideológica. Para esta gestión el INCAA no debería existir. La ley de fomento no debería existir. La ENERC no debería existir. El Festival Internacional de Cine de Mar del Plata no debería existir. Al menos no como existían y eran concebidos hasta diciembre de 2023.

Los debates políticos con estos sectores, más allá de la buena voluntad de sus interlocutores, son muy torpes y poco inteligentes. Sentar a Pirovano en un stream o podcast que solo va a ver/escuchar el sector audiovisual con el único objetivo de intentar que confirme nuestra postura se transforma más en una suerte de rage bait que otra cosa.

Pero además, esconde un problema muy grande: de nuevo, la discusión no es política, es ideológica. Cada vez que lo sientan a Pirovano como en este supuesto “debate” en Barricada TV, le dan la oportunidad de entrar en el terreno menos interesante de la discusión: los anticipos de subsidios, la generación de públicos, la cantidad de trabajadores del INCAA, toda una serie de cuestiones inconducentes.

Esto tiene otra dificultad. Somos víctimas de la propia lógica discursiva e intelectual que propone el discurso oficial. Lo único que sucede luego de estas charlas es el abrazo de la gente que participó, la foto para las redes sociales y las felicitaciones por haber domado a los funcionarios.

Seguimos sin entender que estamos dentro de un clúster, hablándonos entre nosotros, celebrándonos entre nosotros, amargándonos entre nosotros. No funciona así. Pensar así nos remite a un escenario letal, donde la autocrítica no tiene ningún tipo de espacio. Ojo, todos somos víctimas de esto. Hasta quien escribe.

Las imágenes de la última edición del festival son una muestra de ello. Estamos enojados y furiosos por lo que le han hecho al evento, como si esto fuera un fenómeno aislado. Como si no formara parte de una degradación aún más grande e importante. Pero, por sobre todas las cosas, como si esa degradación hubiese comenzado el 10 de diciembre de 2023 y no fuera un proceso que ya venía, como mínimo, desde 2017.

La “muerte” del festival de Mar del Plata fue algo que orilló la discusión estos últimos días, luego de que una maniobra extorsiva cubriera las redes sociales oficiales. Allí, Pirovano y los dos delincuentes que gestionan el festival, Jorge Stamadianos y Gabriel Lerman, comenzaron a apretar a la propia comunidad cinematográfica explicando que el festival podía perder su estatus de clase A por no cumplir los estándares de la FIAPF ante la baja rotunda de espectadores de las últimas dos ediciones.

Por supuesto, a los dos cacos y su jefe Pirovano no les sirve perder este estatus. No se van a quedar sin sus viajecitos a mercados y sin poder poner esto en su currículum para seguir lucrando unos dolarucos cuando se termine la pesadilla. A partir de allí, para esta edición, decidieron hacer algo para llamar la atención y contener la hemorragia: bajaron el precio de las entradas, pusieron promociones y empezaron a publicar de la forma más estúpida posible las funciones agotadas.

Las palabras de Pablo Conde, programador histórico del festival y el director artístico de las últimas ediciones hasta 2023, son claras e ilustrativas en este sentido: https://www.instagram.com/p/DfUdKDvIEFa/?img_index=1

A partir de todo esto surgió una inquietud o un comentario en redes sociales y diferentes espacios: ¿cómo hacer para evitar que el festival muera?, ¿y cómo recuperarlo?

Mi aporte a esta conversación, quizá no muy esperanzador, es que creo que esas preguntas son incorrectas. Me parece que un interrogante más apropiado sería pensar si acaso ya no ha muerto todo y si, en vez de querer sostener la agonía, no es momento de empezar a pensar lo que vendrá.

Por supuesto, mucha gente se agarra la cabeza y se enoja cuando alguien dice algo así. Una persona me recriminaba por X que el festival se dejó de hacer después del 70 y volvió recién en el 96.

El argumento suena razonable, hasta que se le agrega cierta perspectiva histórica al asunto. Cuando Mar del Plata se discontinuó en el 70, el país estaba en dictadura y el festival solo tenía 16 años, más o menos, y no siempre fue como lo conocemos hoy, con un recorrido que no fue lineal ni consecutivo. ¿Se preguntaron o leyeron, por ejemplo, qué pasó durante la fusiladora?, ¿o qué ocurrió en el 64, 67 o 69?

Dicho esto, me parece que es un poco irrelevante tener que hacer un derrotero histórico-político de lo que pasó desde ese momento hasta 1983 en nuestro país. Y quizá tenga menos sentido aún explicar lo que pasó luego del regreso de la democracia hasta su consolidación.

El panorama, hoy, es muy diferente. Mar del Plata se ha realizado de manera ininterrumpida desde 1996 hasta la fecha. Su pérdida o interrupción no implica ni supone su pérdida definitiva y, a su vez, tampoco debería ser un problema, si estamos todos tan preocupados y ocupados por el tema.

Fernando Martín Peña suele decir que, cuando lo convocan para la realización de una actividad, si no le dan el presupuesto necesario que considera justo para hacerlo, no lo hace. Que ese número no se negocia. Podemos discutir eso y sostener que a veces negociar es un mal necesario, y probablemente eso sea lo que haya ocurrido entre 2017 y 2023. Con un festival cada vez más y más chico.

No quiero jugar acá como el presidente a ser quien viene a decir una verdad incómoda frente a una mentira confortable, pero si creemos que los problemas de Mar del Plata empezaron con esta gestión del INCAA, el árbol nos está tapando el bosque. La agonía viene de antes y estos solo son los sepultureros.

Y digo esto porque, antes de salir a defenderlo, primero habría que preguntarse qué estamos defendiendo. Si mañana se termina la pesadilla, ¿cuál es el horizonte de regreso?, ¿2023? Quien piense eso como deseable está muy, muy, muy equivocado.

Este mismo diagnóstico es trasladable al Instituto Nacional de Cine, la ley de cine, la conformación del Fondo de Fomento y la ejecución del Plan de Fomento: ¿qué estamos defendiendo?, ¿qué modelo de fomento estamos defendiendo? Una vez más: ¿a dónde queremos volver?

En resumidas cuentas: cuando planteo como cierto, posible y hasta deseable abandonar la idea de salvar al paciente que agoniza y dejarlo descansar en paz, lo que propongo —nos propongo— como horizonte colectivo es dejar de pensar en un punto de regreso y empezar a pensar en un punto de partida. Dejar de aferrarnos a algo que ya no funcionaba, que ya estaba mal, y empezar a pensar, cuando se termine esta tortura, qué nos gustaría que pase.

Hace poco publicamos un libro que se llama Cine y futuros posibles. No lo menciono para vendérselos en el medio de esta columna —un poco sí— sino porque allí uno de los ejes centrales de nuestro planteo es un texto de Mark Fisher que se llama “Abandonen la esperanza (el verano está llegando)”. La nota del editor que abre la publicación es ilustrativa en ese sentido, pero en resumidas cuentas Fisher plantea dejar de aferrarnos a la esperanza, en tanto significa que un fenómeno exógeno vendrá a salvarnos y cambiar las cosas, y reemplazarla por la confianza, con la intuición de que a medida que nos movemos ya estamos provocando el cambio deseado.

Mi propuesta, entonces, es, ni más ni menos que esa: cambiar esperanza por confianza.

Lo nuevo que no termina de nacer

Contracampo / Fuera de Campo es una iniciativa de múltiples personas vinculadas al sector audiovisual argentino que tiene como finalidad proponer una acción política mientras se desarrolla el Festival de Cine oficial en Mar del Plata.

Se propone como un espacio que intenta recuperar, alojar y sostener las propuestas y discusiones que el festival oficial parece haber olvidado.

A diferencia del evento principal, en Fuera de Campo está presente la alegría habitual de las funciones históricas del festival. Su éxito es también una de las principales críticas que se leen por ahí: cineastas y espectadores que se supone que “vacían” el festival oficial en vez de dar allí la batalla.

Podría decir que tuve tres escuelas de cine en mi formación. La primera es y siempre será el IDAC, la segunda es la Sala Leopoldo Lugones y la tercera es el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. En Mar del Plata hice amigos, conocí a gente que admiro y vi películas que me cambiaron la vida. Ver películas es uno de los impulsos más fuertes para salir a hacerlas. Fomentar la pasión y la obsesión de uno con la de los demás es muy difícil de explicar para alguien que nunca lo sintió. No se puede. En diversos momentos de la vida me ha traído más que alguna que otra discusión de pareja.

Si digo todo esto es porque después de mucho tiempo, en un contexto tan atroz, las funciones de Fuera de Campo me remiten a esos momentos de mis veintis, donde en parte añoraba tener la vida que por suerte pude construir, una en la cual el cine (en sentido amplio) es en gran parte el eje rector de mi trabajo, mi profesión y —gracias a la fortuna— mis ingresos.

Ahora bien, la pregunta que hay que hacerse es si ese lugar confortable alcanza. Si es suficiente. Si se trata solo de ver películas.

No es obligación de Fuera de Campo. Lo dije en su momento y lo sostengo. Es un grupo de gente que se junta y hace algo. Podemos no estar de acuerdo con algo. Puede haber cosas que no nos gusten. Pero esa gente no te debe nada. En todo caso, lo que tenés que hacer es ir y discutirles.

Lo que me preocupa y lo que creo que sigue sin resolverse es que, otra vez, estamos desaprovechando el momento. Todos nosotros. Todos los que alguna vez hicimos una película, vamos al cine, damos clases, escribimos sobre esto. Cineastas, productores, docentes, divulgadores, gestores culturales, políticos.

Vuelvo sobre lo que decía al principio. No me interesa polemizar con la gestión oficial. Profundizo, no me interesa polemizar con el público neófito o circunstancial. Tampoco con quienes fueron despedidos, están endeudados o tienen preocupaciones más genuinas y apremiantes que pensar en el futuro del cine nacional. En todo caso, si tanto hacemos eventos, espacios y encuentros para charlar entre nosotros, charlemos de verdad. Preguntémonos lo que hasta ahora no nos estamos preguntando: nosotros, ¿somos parte del problema o de la solución?

Me adelanto y respondo mi parte. Yo creo que somos parte del problema. Creo que muchos estuvieron muy cómodos, durante muchos años, formando parte de un circuito que exigía muy poco a cambio. Pienso que desarrollamos un sistema en el cual producir siempre fue más importante que preguntarse para quién producíamos o, incluso peor, quiénes producen o por qué siempre producen los mismos.

Pienso que desarrollamos un star system en base a canapés de embajadas y viajes a Europa, que poco tiene que ver con las películas. Un modelo en el que lo único que importa es que alguien te reconozca en una fiesta de 500 personas. Un modelo que excluye a la mayoría de las expresiones cinematográficas de nuestro país, las cuales, paradójicamente, son las que más terminan defendiendo el modelo.

Deseo de verdad que no volvamos ahí. Que, si está naciendo algo nuevo, eso que nazca sea diferente. Deseo que pongamos a las películas por encima de los cineastas. Que el objetivo de hacer una película sea llegar a una sala y no conseguir un viajecito. Que quienes ocupan lugares de importancia y detentan pequeños privilegios (críticos, programadores, delegados de festivales) dejen de ser tan mezquinos intercambiando favores con sus amigos y hagan bien su trabajo. Deseo que, si tanto nos preocupa este individualismo insoportable que nos propone la época, dejemos de querer ser famosos baratos.

De nuevo, estamos en un momento crucial. Esta crisis feroz es una oportunidad. Lo escribí en su momento, allá por 2024 y lo sostengo hoy: Lo único bueno que puede provenir de este terror que es el retiro del Estado de la vida cotidiana y la destrucción del fomento público es la oportunidad de discutir todo de nuevo otra vez durante el tiempo que sea necesario. En la nada, volvemos a ser todos iguales.

Quizá ya soy un viejo, y esto es solo un grito desesperado. Puede ser. Ojalá que no. Que por lo menos a alguien le haga sentido. Aunque sea para que nos caguemos a puteadas. No importa.

Creo de manera ferviente que somos parte del problema, pero también pienso, con la misma convicción, que podemos ser parte de la solución. Ojalá que nos demos cuenta.

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