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Anniversary: distopía en tiempo presente

Encontrar, observar, darse cuenta o enterarse de un patrón es un poco agotador. El efecto revelador de entender la forma en la que muchas cosas están puestas en orden una atrás de la otra, conformando un movimiento, una moda o un sentido, a la larga, se vuelve un castigo. Es una sensación de estar viendo algo todo el tiempo, aunque no queramos, y es imposible dejar de hacerlo. Todas las cosas que se nos presentan empiezan a pasar por ese mismo tamiz.

No somos los únicos, los mejores, los más inteligentes ni los primeros en integrar una vanguardia. Pero nuestras obsesiones recurrentes de los últimos años terminan por modelar nuestra línea editorial, lo queramos o no. Fue el weird, fue y es la manera de imaginar el futuro y, ahora, cada vez más, estamos prestando atención a cómo las estéticas de internet y fenómenos culturales virtuales se apoderan del relato cinematográfico: las estéticas core, los espacios liminales y el terror analógico que conforman esta nueva hauntología que embruja el presente. Ahora bien, aunque suene contradictorio, no es que esa línea editorial exista como el resultado de un proceso reflexivo, una imposición o un deseo que prime de manera ordenada; sencillamente, películas como Anniversary se nos cruzan y no sabemos qué hacer para evitarlo. No hay premeditación alguna, solo obsesiones comunes.

Por supuesto, Jan Komasa no es alguien ajeno a estas páginas. En 2020, a partir de Hater, la que quizá sea su obra consagratoria, nos llamó mucho la atención, paramos la oreja y le dedicamos más de un artículo o mención. En esa película, un joven lumpen, mentiroso, con problemas para relacionarse con las mujeres (todavía no usábamos de manera popular el término incel), descubre, tras ser expulsado de la facultad de derecho por plagio, que tiene talento para la política y se vuelve un troll pago en una agencia de comunicación que funciona como fábrica de noticias falsas y termina operando para hundir la campaña de un candidato progresista a la intendencia de Varsovia, mientras alimenta el conflicto en los dos bandos desde las redes hasta provocar un incidente de violencia real.

Cuando Komasa narraba la historia de Tomasz (Maciej Musiałowski), estaba mirando y pensando en espejo a Cambridge Analytica, Steve Bannon, 4chan y Reddit; pero no tenía idea de lo que iba a ocurrir años más tarde. Todavía Giuliano da Empoli no había escrito El mago del Kremlin, no se había lanzado ChatGPT y el progresismo intelectual no estaba impresionado con el tecnofeudalismo de Varoufakis. Fernando Cerimedo recién estaba armando La Derecha Diario y las “granjas de trolls”, en ese entonces adjudicadas a Marcos Peña, se llamaban Lavonne Smythorsmith y mandaban caricias significativas desde Hurlingham.

Pocos años después, Javier Milei llegaría a la presidencia amparado en un esquema un poco más berreta, pero parecido al de Hater, de la mano de un misterioso e ignoto asesor digital formado con Jaime Durán Barba, que no pudo terminar una carrera de grado, con poca tolerancia a la frustración y bastantes problemas de autoestima, que comandaba una patota digital y tenía tatuajes asociados a la mafia rusa.

Anniversary, una de sus películas de 2025 (la otra es Heel o Good Boy), podría leerse en continuidad con el universo de Hater y también vincularse con alguna que otra obsesión de sus películas anteriores, como Corpus Christi (2019), película que no por nada tuvo como uno de sus títulos en español Pastor o impostor.

La historia empieza con una celebración por los 25 años de casados de Ellen y Paul Taylor (Diane Lane y Kyle Chandler, respectivamente). Ellen es una profesora universitaria liberal en Georgetown y Paul es un empresario gastronómico. Ella sería una suerte de intelectual de centroizquierda y a él la verdad que la política no parece interesarle mucho; más bien es un hombre de familia y un apoyo emocional para su esposa, que luce como una mujer fuerte y bastante imponente. El clan Taylor tiene cuatro hijos que, como toda familia progre media, tienen intereses variados: Cynthia (Zoey Deutch) es una abogada ambientalista; Anna (Madeline Brewer) es una comediante lesbiana al estilo de Hannah Gadsby; Josh (Dylan O’Brien) quiere ser un novelista de best sellers de fantasía; y Birdie (Mckenna Grace), la menor, quiere dedicarse a la biología.

El disparador es que Josh trae a esa fiesta a su nueva novia Liz (Phoebe Dynevor), quien luego se revelará como una exalumna de Ellen que dejó Georgetown después de que la profesora la cuestionara con dureza por un trabajo en el que defendía la conformación de un partido único como herramienta para favorecer a la sociedad en su conjunto.

Liz acaba de escribir, con ayuda de Josh, un libro llamado The Change. El libro, por lo que se describe, es una suerte de El secreto, pero para la política. Un manual new age en el que se discute la organización a través de los partidos y se sugiere que el mundo sería mejor si fuéramos un modelo autocrático, sin las divisiones estúpidas propias de un sistema bipartidista. La película salta en el tiempo, de aniversario en aniversario, y nos enteramos de que The Change es un suceso y Liz es una oradora de relevancia a nivel mundial. Una corporación, Cumberland, auspicia “la doctrina” de la publicación y la promociona buscando instalarla dentro del establishment local.

Paro acá, pero lo que sigue es una espiral al estilo Years and Years (Russell T Davies, 2019) en la que toda una familia comienza a desmoronarse mientras Estados Unidos se ve cada vez más sumergido en algo parecido a una dictadura moderna.

La falla o el problema más grande que tiene la película está en el tono. Por momentos Komasa quiere ser irónico y satírico, como hace en sus otras películas, pero lo solemne permanece y se impone. Es como si hubiese una desconexión entre la puesta en escena y la dirección de actores. Mientras que Komasa demuestra que quiere ir hacia la exageración y la comedia negra, los actores y su interpretación se resisten. Mi sensación es que, si esta película fuera polaca o no estuviese contenida en la estructura de la pequeña industria norteamericana, funcionaría mejor en ese aspecto.

Un dato de color en este sentido: con guion de Lori Rosene-Gambino sobre una historia que escribió junto a Komasa, Anniversary se filmó en Dublín en 2023 y Lionsgate la estrenó en Estados Unidos a fines de octubre de 2025. Fue un fracaso: recaudó menos de 700.000 dólares, y el agente del director llegó a acusar al estudio de haberla “enterrado” por lo incendiaria y provocadora de la trama.

Aun así, pese a estos detalles, la forma en la que está armado el relato permite poner el eje en un aspecto central: el problema en sí no es la autocracia, sino cómo todos van tolerando de a poquito correr los límites hasta que ya es muy difícil volver hacia atrás.

Más que un mensaje hacia la ultraderecha, la película intenta confrontar con el progresismo blando y cuestionar, en épocas de redes sociales y consignas vacías, la hipocresía y falta de compromiso real con ciertos mensajes o discusiones sociales. En una familia muy politizada, el padre no quiere hablar de política; la madre, que hacia afuera se presenta como liberal, es autoritaria; y la abogada con convicciones solo quiere tener un buen pasar económico.

En Hater, Komasa estaba mirando un pasado reciente para proyectar un futuro inminente. Anniversary nace del mismo momento, casi como una continuación: Komasa la anunció en junio de 2020, pocos meses después del estreno de Hater, como un proyecto sobre su “mayor pesadilla personal”: un grupo de personas que se quieren, enfrentadas a un “virus social”. La historia ya le dio la razón una vez; esperemos que esta vez no ocurra lo mismo.

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