
Para la séptima entrega tenemos una dupla que es, quizás, una de las más potentes de las que hemos planteado hasta ahora para Laberinto de Espejos. Vamos a empezar centrándonos en Estado de sitio (Costa-Gavras, 1972).
¿Por qué funciona tan bien para este espacio? Veo en Costa-Gavras a un maestro del thriller político. En estas obras destacadas, el realizador define su principal premisa: poner en el centro de su película, el debate ideológico y la tensión moral.
De regreso al cine político, periodismo, compromiso y directores “serios” (que ya tratamos en la primera nota de nuestra columna), vamos a rescatar del acervo cultural Estado de sitio (État de siège, 1972), intentando hilvanar un sucinto recordatorio que la ponga en valor para luego realizar su cotejo con otra obra importante del mismo director, el griego Costa-Gavras. En su conjunto veremos, cómo a partir de una coherente y singular mirada de un realizador comprometido con su tiempo, confrontan dos ideas de fuerza: la política en las sombras (Estado de sitio) vs. la búsqueda de la justicia (Missing), ambas en obras de Costa-Gavras.
¿De qué trata Estado de sitio?
Basada en hechos reales ocurridos en Uruguay, narra el secuestro de un agente estadounidense (interpretado por el mítico Yves Montand) por parte de la guerrilla de los Tupamaros.
En su planteo dilemático, el protagonista no es simplemente un “técnico agrícola” (como insinúa su fachada), sino un experto en contrainsurgencia. En este marco, la película disecciona cómo las potencias operan en las sombras de las democracias latinoamericanas.

Su encuadre político nos permitirá un interesante cotejo con Missing (Desaparecido, 1982), otra de las películas de Costa-Gavras, en este caso, situada en el Chile de Pinochet. Nos ofrece un ejercicio fascinante de ver y comprobar cómo un mismo director aborda la intervención yanqui en el Cono Sur desde dos ángulos distintos: el del perpetrador secuestrado y el del padre víctima que busca a su hijo.
Para entender las venas abiertas de nuestra región
Hay películas que funcionan como una autopsia. Costa-Gavras, el director griego que convirtió el suspenso en una herramienta de denuncia, filmó en 1972 esta obra que es, a la vez, un thriller de relojería y un tratado de ciencia política sobre la intervención extranjera en América Latina.

1. La verdad tras la fachada: el caso Dan Mitrione
Filmada en Chile (poco antes del golpe a Allende) pero ambientada en un Uruguay convulso, la película narra el secuestro de Philip Michael Santore (Yves Montand), un supuesto “asesor técnico” estadounidense a manos de la guerrilla urbana.
Lo que empieza como un drama de rehenes se transforma, rápidamente, en un interrogatorio dialéctico demoledor. El protagonista no es un diplomático inocente, sino un maestro de la tortura y la contrainsurgencia. La película tiene la osadía de no mostrar monstruos, sino personas educadas que justifican el horror en nombre de la “libertad”.
2. La estética del realismo urgente
Al igual que Schlöndorff en Beirut (Laberinto de Espejos #1 – El ocaso de un pueblo), Costa-Gavras utiliza una cámara que parece un testigo presencial. No hay adornos. La música de Mikis Theodorakis, compositor e intelectual griego, conocido también por su militancia política, puntúa la tensión de una Montevideo recreada con una fidelidad que asusta. Es cine de «urgencia», hecho por un director que entendía que el cine debía ser un espejo de las luchas populares y denuncia de los mecanismos ocultos de los poderosos.

3. La vigencia: los hilos invisibles
¿Por qué verla hoy? Porque Estado de sitio explica, creo, mejor que cualquier libro de historia, cómo se tejieron las redes de influencia que luego derivarían en el Plan Cóndor. En un presente cuando las democracias vuelven a sentirse frágiles y las soberanías son puestas en duda, la mirada de Costa-Gavras nos recuerda que nada es lo que parece en la superficie de la diplomacia internacional.
El espejo del mismo autor: Missing (Desaparecido, 1982)
Narra la búsqueda de Charles Horman, un periodista e idealista estadounidense que desaparece en Santiago de Chile durante el sangriento golpe de Estado de 1973.
La trama se centra en el viaje de Edmund Horman (Jack Lemmon) a Chile.
Padre de Charles y un hombre conservador de profundas convicciones, viaja inicialmente confiando en las instituciones de su país. Sin embargo, a medida que él, acompañado por la esposa de Charles, Beth (Sissy Spacek), investiga lo sucedido, descubre la complicidad de funcionarios y militares estadounidenses en el arresto y asesinato de su hijo.

El círculo perfecto de la denuncia
A diferencia de ocasiones anteriores, aquí el cotejo no es solo de formas, contenidos o semejanzas temáticas, sino una muestra de la evolución del propio director enfrentado a un mismo monstruo, pero diez años después.
Mientras que Estado de sitio es una película coral, fría y analítica, Missing resulta una herida emocional. En la primera, el personaje de Yves Montand es la encarnación del sistema; en la segunda, Jack Lemmon es el ciudadano común que descubre, con horror, que su propio gobierno es cómplice del asesinato de su hijo.

El veredicto del “Laberinto de Espejos”
Ambas películas forman un díptico esencial sobre la impunidad. Si Estado de sitio nos muestra cómo se planificó el horror, Missing hace lo propio con el vacío insoportable que dejó ese horror cuando se ejecutó. Buenas razones para verlas a las dos.

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