La revista de cine, hecha por cineastas · Desde 2007

Instagram · Facebook · X · Spotify


, ,

Buddy: terror, comedia y estéticas de internet

Barney es un dinosaurio,
que vive en nuestra mente.
Y cuando se hace grande
es realmente sorprendente.

Si fueron niños en los 90 o a comienzos de los 2000, esta canción les tiene que resonar. Un dinosaurio violeta, con forma de peluche, que, al ser invocado por los niños para jugar con él, adquiría tamaño real. El show se llamó Barney y sus amigos y tenía una estructura bastante habitual: una secuencia de apertura, un momento en el que Barney tomaba forma real, una secuencia de aprendizaje en particular seguida de canciones, que podía consistir en manualidades, juegos matemáticos y demás ejercicios de aprendizaje inicial, y una secuencia de cierre en la que el protagonista cantaba su otro hit muy famoso:

Te quiero yo, y tú a mí.
Somos una familia feliz.
Con un fuerte abrazo
y un beso te diré
mi cariño es para ti.

En ese cierre, los niños y los otros personajes del show abrazaban a Barney, quien se volvía a convertir en un peluche hasta el próximo episodio. La secuencia se repetía, capítulo a capítulo, siempre con una misma estructura narrativa y una estética televisiva muy marcada: el trabajo en set con decorados, aplicación de multicámara y un cambio de plano por switch.

Valentina Tanni describe lo que se ha llamado como vaporwave en Estéticas liminales. Vaporwave, backrooms, weirdcore o cómo la cultura de Internet está enrareciendo la realidad (Caja Negra, 2026). En lo sonoro, es una música de clima onírico y nostálgico, construida sobre samples de soul, muzak, jingles publicitarios y bandas sonoras de videojuegos de los 80 y 90, ralentizados, estirados y repetidos en loop. Sus referencias culturales provienen de esas mismas décadas y de la experiencia de la vida online: interfaces de Windows 95, consolas de videojuegos, televisores de tubo, shoppings y logos de marcas. Su nacimiento no está del todo claro, pero suele datarse en 2011, a raíz de la salida de Floral Shoppe, el disco que la artista Ramona Andra Xavier publicó en Bandcamp bajo el seudónimo Macintosh Plus y que se dice que fijó el seteo del género. Según la autora, el nombre, de origen incierto, juega con “vaporware”, término con el que en la industria tecnológica se designan determinados productos anunciados que nunca llegan al mercado.

En sí, el vaporwave es tanto un subgénero musical como una expresión artística más compleja, que incluye el diseño y la creación de imágenes con una iconografía retro y kitsch; y desde ahí es posible pensar en obras que se construyen con una estética enrarecida, apoyada en el uso o la simulación de soportes de registro retro, como el VHS, el video o la televisión en Betacam previa a la llegada del HD, el Full HD y el Ultra HD.

En otro fragmento de su obra, Tanni se explaya sobre determinadas estéticas terminadas en core (tendencia): weirdcore, dreamcore, traumacore, corecore, algunas de las más extendidas entre las estéticas de internet. Emparentado con el surrealismo por el collage, las superposiciones improbables y la búsqueda de lo onírico, el core se aparta de esa vanguardia en un aspecto fundamental: acá el sueño ya no funciona como vía de liberación, sino como un refugio inquietante, donde lo familiar se vuelve extraño y terrorífico. En estos montajes, lo que importa no es tanto cómo se “ven” las imágenes como los sentimientos que transmiten. Dentro de esa familia, podría decirse que el traumacore es una forma casi terapéutica de canalizar sufrimientos, abusos y emociones reprimidas, en la que el hecho traumático nunca aparece de manera explícita, sino evocado a través de símbolos.

De todas estas cosas abreva Buddy (2026), una joya muy particular y perturbadora dirigida por Casper Kelly y escrita por el director junto con Jamie King.

Los primeros 20 minutos de la película son los más llamativos y quizá los mejores. El relato abre con la apertura de It’s Buddy!, una suerte de programa infantil que tiene, en sí, la misma estructura de un capítulo de Barney y sus amigos, Jay Jay el avioncito o alguna obra similar: empieza el día en el mundo de los personajes, hay unos niños que juegan y aprenden, algunos animales y determinados roles adultos de servicio muy específicos, como un cartero y una enfermera. Cuando los niños nombran a Buddy, un peluche con forma de unicornio naranja, este se convierte en un muñeco de tamaño real. Buddy canta con los niños y juega con ellos. La puesta de cámara es televisiva, con planos y cortes solapados propios del multicámara. Muy rápido empezamos a ver que algo no está bien. Algunas cosas no salen como saldrían en un programa de TV editado y poco a poco entendemos que lo que estamos viendo es un poco más perverso. Uno de los niños no quiere bailar ni hacer el juego propio del capítulo y, luego de que se rebela un poco, Buddy pierde los estribos y lo asesina. Otros niños empiezan a sospechar y descubren la verdad: el tierno amigo que pensaban que era el unicornio en realidad es un ser monstruoso.

De ese primer seteo salimos al mundo real y ahí vemos a una familia, integrada por Grace (Cristin Milioti), Ben (Topher Grace) y sus dos hijos, que atraviesa una crisis. Ella empieza a convencerse de que, en realidad, tiene un tercer hijo que no recuerda, mientras que a él todo eso le parece una locura. De manera misteriosa, Buddy comienza a aparecer en la televisión y ahí entendemos un poco más: estamos en presencia de una entidad maléfica, al estilo Pennywise, que secuestra personas y las lleva a un “no-lugar” que es su programa de televisión.

De ahí en adelante, uno puede pensar a Buddy como un exponente más dentro de este subgénero cada vez más presente que podríamos llamar como el cine de lo liminal o de estéticas liminales: obras que ocurren en un espacio virtual, ya sea porque ese espacio virtual es el soporte de la acción (por ejemplo, Open Windows, de Nacho Vigalondo, o Searching, de Aneesh Chaganty) o porque dramáticamente suceden, en todo o en parte, en otro plano dimensional o catódico (Backrooms, de Kane Parsons, o I Saw the TV Glow, de Jane Schoenbrun).

Lo interesante de estas últimas obras es que parecen ser proyectos cuya influencia llega de otros medios al cine. Estéticas más cercanas a la forma de contenido de las redes sociales que de a poco comienzan a aparecer más y más en representaciones cinematográficas. Cuando Valentina Tanni describe estas estéticas en su libro, en realidad poco y nada las vincula con el cine, y en parte eso es porque estamos en presencia de un fenómeno que, si bien no es nuevo, sí está dejando de ser marginal para ocupar lugares más centrales dentro de la pequeña y mediana industria cinematográfica.

La búsqueda de Kelly tampoco es antojadiza y, junto con muchas de estas películas, puede pensar su origen en Adult Swim, esa filial para adultos de Cartoon Network que ha sido punta de lanza para mezclar la comedia, el terror y los diversos formatos audiovisuales.

En 2014, Kelly estrenó en esa señal Too Many Cooks, un corto en el que una presentación de una Family Soap (lo que llamaríamos acá una novela de Pol-ka) se repite en loop, sumando y capturando personajes y géneros, a la vez que un asesino serial persigue a los personajes. Too Many Cooks es un pastiche mucho más experimental que Buddy, ya que el formato de corto así lo permite, pero, al igual que en Buddy, el recorrido y el seteo de las escenas son más importantes que sus justificaciones dramáticas.

La película es también perturbadora porque aborda de manera directa, aunque con cierta sutileza, temáticas y tópicos más que esperables por su trama, como el abuso infantil y la violencia de género, a la vez que es profundamente graciosa y divertida. Kelly entiende la idea y los conceptos que está trabajando —o, quizá, los tiene tan internalizados que opera con ellos con muchísima naturalidad— y los abraza hasta el final. No traiciona ni la narrativa, ni el tono, ni la trama de la película, que termina de una forma brillante.

Digna hija de su época, Buddy se nutre de lo retro para mirar con nostalgia, pero de una forma muy crítica, el pasado de este tipo de programas, y también para traerlo al presente. A la vez, desde lo estético, la película es una mixtura de lenguajes que alterna formatos, relaciones de aspecto, estéticas fotográficas, sonoras y de ambientación para construir una verdadera atmósfera weird y extraña, donde esa propia estética narra a la par de lo dramático.

A su vez, para ver Buddy no hace falta tener todo el background teórico que internet y Tanni nos pueden dar. La película es divertidísima e interesante por sí misma. Directo a lo mejor del año. ¡No sea cosa que nos esté leyendo Buddy y me lleve enojado a su ClubHouse!

Seguí leyendo

Comentarios

Deja una respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.