Laberinto de Espejos #5: Del encierro al vuelo, rescate cinematográfico entre dos manicomios de celuloide

Espejos deformantes: rebeldes de bata blanca y encierros políticos
Bienvenidos al «Laberinto de espejos», este amigable espacio donde venimos husmeando en archivos históricos de la cinematografía, intentando rescatar joyas olvidadas y películas que el tiempo y el cambio en las modas dejaron a la sombra. Hoy traigo a la columna una película española del 2007 que pasó sin pena ni gloria por las carteleras y merece una oportunidad: se trata de El hombre de arena, dirigida por José Manuel González-Berbel.
Para que nadie se sienta confundido cuando revelemos el nombre de la película que vamos a elegir para confrontar en este laberinto, voy a recordarles de entrada una cosa: el orden con el que vamos a organizar esta charla no responde a jerarquías, sino al cumplimiento de la premisa principal de esta columna: rescatar aquello que quedó en el olvido o pasó desapercibido y, recién después, establecer una comparación.

Para quienes ya estén ansiosos por saberlo, la película en el espejo será One Flew Over the Cuckoo’s Nest (1975), un título cuyo significado literal en español es Alguien voló sobre el nido del cuco y que en Argentina la conocimos como Atrapado sin salida, un film dirigido por el consagrado Miloš Forman.
Aclarado el punto, quiero comentarles que la gracia de juntar en una misma entrega a El hombre de arena con la obra maestra de Forman es un ejercicio hermoso de espejos deformantes. ¿Qué une y qué separa a estas dos historias que transcurren entre paredes acolchadas y batas blancas?
Para empezar, las dos comparten un arquetipo sagrado: el del catalizador del caos. Pensemos en Mateo, el personaje que interpreta Hugo Silva en la cinta española: un trotamundos libre, medio poeta, un espíritu indomable que termina encerrado en un psiquiátrico de Mérida a finales de los sesenta simplemente por tocar la gaita en plena hora de misa, víctima de una infame Ley de Vagos y Maleantes del franquismo. Si lo miramos bien, es exactamente el mismo ADN que el de Randle McMurphy de Jack Nicholson en Alguien voló sobre el nido del cuco. Ninguno de los dos encaja en el molde del enfermo mental; su gran «pecado» clínico y social es la alergia absoluta a la obediencia ciega. Son chispas de vitalidad que entran a un depósito de pólvora institucional.
Allí es donde se cruzan de lleno: el hospital como metáfora política y social. Mientras que Forman usó el psiquiátrico de Oregón para retratar las costuras y los controles sutiles de la Norteamérica de los setenta, el filme de González-Berbel toma un sanatorio extremeño y lo convierte en un minucioso espejo de la España gris, opresiva y censora de la dictadura franquista. Dicho mal y pronto, en las historias retratadas en las dos películas se termina utilizando la excusa de la psiquiatría como sustento para la acción de encerrar, a todos los que no encajan, en la amplia bolsa de “la locura” y así asegurarse de apagar eficazmente cualquier rebeldía que quiera manifestarse. Como si tildarlos de ‘locos’ fuera la forma tranquilizadora que encuentra el sistema para castigar a los que se resisten a ser domesticados.

Pero si nos ponemos más finos, debemos admitir que aparecen algunos aspectos que las diferencian, y allí es donde se nota la estatura de sus directores. La obra de Forman es un bisturí afilado y cínico, una tragedia sociopolítica que no le regala al espectador ni un milímetro de consuelo y cuyo golpe final lo deja seco en la butaca. En cambio, El hombre de arena toma un desvío un poco más romántico y luminoso. Apoya una parte fundamental de su narrativa en el vínculo afectivo entre Mateo y Lola (María Valverde), una chica marcada a fuego por los abusos recibidos en su infancia. Para la película española, la redención y la resistencia ya no pasan únicamente por el acto político de la revuelta, sino por la trinchera íntima de la poesía, la música y el afecto rescatado en medio de la barbarie.
Comparado con la perfección implacable de Forman, podría criticarse del film español cierto tono algo irregular y una dosis de romanticismo que coquetea con lo melancólico. Sin embargo, rescatarla hoy tiene, a mi humilde entender, un valor enorme. Nos recuerda que el cine europeo de género intentó buscar sus propias formas para hablar de los efectos negativos del autoritarismo (en este caso, lidiando con los fantasmas del franquismo) y lo hizo, muchas veces, a través de las parábolas del encierro.
Los orígenes de los relatos y sus guiones
Mientras que la obra maestra de Miloš Forman pisa sobre suelo firme gracias a la icónica novela homónima que Ken Kesey publicó en 1962, los antecedentes del guion de El hombre de arena navegan por aguas mucho más íntimas y libres de adaptaciones literarias previas. La película española no parte de un bestseller consagrado, sino de un trabajo de escritura original concebido por el propio director, José Manuel González-Berbel. El libreto bebe directamente de la memoria histórica y de los sótanos oscuros del franquismo tardío, utilizando como telón de fondo la realidad silenciada de los hospitales psiquiátricos provinciales de aquella época y la arbitrariedad legal de herramientas represivas como la Ley de Vagos y Maleantes. Se trata de un relato de autor que se gestó como un testimonio poético sobre los estragos del totalitarismo en la subjetividad humana, construyendo su dramaturgia a partir de la atmósfera asfixiante de la España de los años sesenta.
Detrás de la cámara: el director de la película española
El responsable detrás de El hombre de arena es el cineasta español José Manuel González-Berbel. Esta película representó para él su debut absoluto en la dirección de largometrajes de ficción. Respecto a su vigencia actual dentro de la industria, el director optó por un perfil sumamente discreto tras aquel estreno comercial en 2007, sin trascender con nuevos proyectos masivos en la cartelera contemporánea, lo que convirtió a esta ópera prima en una especie de destello aislado, pero profundamente singular dentro del panorama del cine español de comienzos de siglo.
Los títulos también “cuentan”
One Flew Over the Cuckoo’s Nest: el título original en inglés encierra una potente carga poética y folclórica. En los Estados Unidos, «cuckoo’s nest» (el nido del cuco) es una expresión popular de la jerga norteamericana para referirse de forma despectiva a un manicomio o asilo psiquiátrico. La frase proviene de un tradicional trabalenguas infantil –uno de esos que no tienen sentido, solo suenan divertidos–: One flew east, one flew west, one flew over the cuckoo’s nest (Uno voló al este, otro voló al oeste, y uno voló sobre el nido del cuco).
Al aplicarlo a la película, el título elegido funciona como una metáfora agridulce: por un lado, hace referencia a cómo el sistema atrapa, aplasta o destruye a los que intentan rebelarse. Y por el otro, menciona la posibilidad de «volar por encima» del nido, lo que implica una posible escapatoria; el vuelo poético, la chispa de dignidad que se enciende y logra trascender los muros del encierro (tal como ocurre en el final catártico con «El Jefe» rompiendo la ventana para huir hacia la libertad).
El hombre de arena: en el contexto de la película, el título adquiere una dimensión profundamente melancólica y existencial. Remite a la fragilidad de la vida bajo un régimen que intenta desintegrar la identidad de las personas, volviéndolas tan vulnerables, como un castillo de arena azotado por el viento. Al mismo tiempo, encapsula el drama de Mateo y Lola: almas frágiles que intentan sostenerse mutuamente en un entorno diseñado para borrarlos del mapa.
Así que ya saben, si tienen una tarde de lluvia y ganas de debatir sobre los límites de la cordura y el poder, dense una vuelta por el sanatorio de Mateo, antes de volver a aplaudir a Nicholson y a «El Jefe», quien supo encontrar el camino hacia la libertad. Las dos tienen una butaca esperándolos.



