Imposters: entre lo existencial y lo weird

2026 continúa revelándose como un año de gratas sorpresas para el cine de terror. Por un lado, se han estrenado películas que han atraído la atención del gran público, como Send Help, 28 Years Later: The Bone Temple, The Mummy, Obsession o Backrooms. A estas, se añaden propuestas cinematográficas con lanzamientos más acotados, que, como en el caso de Affection, Undertone (Ian Tuason, 2025) o Hokum (Damian McCarthy, 2026), redujeron su estreno a algunos cines o aterrizaron sin escala en plataformas de streaming.

Imposters (Caleb Phillips, 2026) se suma a esta última lista que, por cierto, tampoco para de crecer. Los protagonistas de esta historia son Marie (Jessica Rothe) y Paul (Charlie Barnett), un matrimonio que acaba de concebir un hijo, pero que a pesar de este feliz suceso no atraviesa su momento más próspero. A fin de recuperar la armonía, la familia se muda a una casa de campo. Allí organizan una fiesta a la que asisten amigos y parientes. Esta celebración, que pretende ser venturosa, acaba en desdicha cuando el bebé desaparece de la cuna. Ezra Reid (Yul Vazquez), el comisario de la localidad, conduce la búsqueda. Con la ayuda de los vecinos, el comisario y la pareja rastrillan el bosque aledaño a la casa, pero no desentrañan el paradero del pequeño. Días después, un hombre que deambula por el bosque (y que en apariencia tiene las facultades mentales alteradas) contacta a la pareja. Dice llamarse Orson (Bates Wilder) e indica a los padres una caverna donde podrían hallar a su hijo. De inmediato, renace en Marie la fe en recuperar a su niño. Paul, en cambio, se muestra reticente y augura un resultado macabro. Marie se impone al recelo de su esposo y se interna en la caverna. Allí, contra toda lógica, halla a la criatura sana y salva. Sin embargo, la felicidad del reencuentro poco a poco se deshace en sospechas. Paul no termina de aceptar que el bebé que Marie ha recobrado sea su hijo. Para comprobarlo, Paul se aventura también en la caverna. Y lo que halla no solo pulveriza sus certezas, sino que además trastorna su entera existencia.

Imposters desarrolla el tema del hijo raptado y sustituido por fuerzas sobrenaturales, elaborado también en cintas que se sumergen en el folk horror como The Hallow (Corin Hardy, 2015), The Hole in the Ground (Lee Cronin, 2019) o Lord of Misrule (William Brent Bell, 2023). Imposters coquetea al principio con este género, pero poco después emprende un camino inesperado que la emparenta con filmes de indiscutible tono weird como Primer (Shane Carruth, 2004), Triangle (Christopher Smith, 2009) o Coherence (James Ward Byrkit, 2013).

Imposters es una película pequeña, muy medida, pero a la vez muy bien lograda. Explota con eficacia el escenario rural para desenvolver la atmósfera de inquietud. Charlie Barnett compone muy bien el rol de esposo que tramita una insatisfacción profunda y secreta, mientras que Jessica Rothe demuestra una vez más su inagotable talento en el papel de madre atribulada que (al igual que en Affection) hará lo imposible para recuperar a su criatura. Aunque, por encima de todo esto, es la propia estructura narrativa de Imposters la que triunfa y nos engancha gracias a una historia que comienza como thriller, deriva hacia el terror, y al final pega un salto mortal al weird.

Pero esto es apenas la punta del iceberg. Si analizamos el título, descubrimos que la película postula un enigma. En efecto, la interpretación del término “imposters” [impostores] no se limita al sentido de changeling —la creencia folclórica acerca de niños sustituidos por dobles sobrenaturales— sino que se extiende también a la noción de doppelgänger —el mito popular sobre la existencia de dobles—. De ahí que el vocablo “imposters” se emplee en plural.

En otras palabras, Imposters propone un juego de espejos entre lo uno y lo múltiple. Plantea la vida cotidiana —la juventud, el matrimonio, la adultez, la maternidad, la paternidad— en los términos de una infinita variación de decisiones. En esa progresión, puede ocurrir de golpe que uno se percate de que lleva una vida que le resulta ajena. ¿Qué hacer en ese caso? El dilema radical consiste en decidir si se modifica esa vida de alienación o se persiste en ella.

Imposters plantea con gran ingenio este interrogante y deja abierta la respuesta. Concede a sus espectadores —sampleando a Sartre— la infinita libertad de elegir si, ante una experiencia semejante a la de Marie y Paul, habrían de cambiar por una vida auténtica o bien perseverarían en una vida de impostores.