Soluna: un eclipse perdido en el tiempo

El “cine argentino” es un concepto poco preciso, una etiqueta inasible que, al utilizarse para catalogar películas que van desde 2 locos en Mar del Plata (Lojo, Marini, 2009) hasta La historia oficial (Luis Puenzo, 1985), termina perdiendo sentido, convirtiéndose en un rótulo apenas orientativo. Sin embargo, hay problemáticas que son transversales a los géneros, los modos de producción y los circuitos de exhibición de cada filme. Una de ellas es la preservación de los materiales y, de su mano, el acceso. Hay películas que ya no pueden verse, siendo nombradas a menudo El apóstol (Quirino Cristiani, 1917), obra iniciática de la técnica de dibujos animados, o El puñal del mazorquero (Leopoldo Torres Ríos, 1919). Dentro de ese conjunto de ausencias, hay un subconjunto vinculado al cine fantástico o de terror, cuya falta hace imposible constituir una genealogía completa del género. Durante muchos años no se contó con copias accesibles de Seis pasajes al infierno (Fernando Siro, 1981), y terminó siendo recuperada por un ripeo de un VHS ejecutado por aficionados en base a una copia alquilada en el enorme videoclub Scarecrow, de la ciudad de Seattle (EE. UU.); o de La familia unida esperando la llegada de Hallewyn (Miguel Bejo, 1971), que el propio director compartió a raíz del rescate de su obra en el documental Otra película maldita (Alberto Fasce, Mario Varela, 2023). Cada tanto, y de la mano con hechos azarosos o voluntades individuales, alguna de estas figuritas difíciles va apareciendo. Ese es el caso de Soluna (Marcos Madanes, 1969), la cual fue incorporada al catálogo de la web Información real de cine gracias a la intervención del hijo del director, que contaba con una copia digitalizada que le había sido cedida por el INCAA, cuyo origen fue un pedido del material desde España, dado que contenía metraje donde aparecía la cantante Mikaela. De hecho, durante mucho tiempo, los únicos fragmentos accesibles de la película, subidos a YouTube, eran las intervenciones de la cantante en el film, popularizados por quienes le rinden tributo e iniciaron, de alguna manera, la cadena de eventos que terminó provocando que hoy en día la película al fin pueda verse.

Después de décadas en las sombras, el material por fin es accesible, con lo cual es más que necesario escribir sobre la película, porque en lo personal considero que revisar, repasar y dejar registro de las cosas hace más difícil que queden sumidas en el olvido total, más aún cuando internet es más volátil e inestable que los soportes materiales.

Soluna está basada en la obra teatral homónima de Miguel Ángel Asturias, y coguionada entre su director, Marcos Madanes, y el autor paraguayo Augusto Roa Bastos. Desde el inicio plantea algunos elementos que fueron criticados negativamente al momento de su estreno, como lo extremadamente meloso de su costumbrismo. Es que todo comienza en una estancia rural, donde los recién casados Mauro (Luis Medina Castro) y Ninika (Dora Baret) se persiguen, juegan y ríen, en una secuencia idílica y soñada. Esta alegría que destilan es señalada por una de las empleadas domésticas, en contraposición a lo amargo (sic) que era el señor Mauro antes de casarse. En varias ocasiones, cual coro griego, quienes brindan servicio en estas casonas irán comentando la acción, como el chofer que indica que esa noche habrá un baile con motivo del eclipse venidero. La cuestión es que, por motivos que son explicados varias veces, pero aun así quedan poco claros, Ninika debe tomar el próximo tren para regresar a la ciudad. Aunque esté recién casada y perdidamente enamorada de su esposo, se sube al tren y parte, sin una fecha explícita de regreso, pero augurando una ausencia larga. A nivel narrativo, luego de esta partida Mauro comienza a anoticiarse de determinadas creencias más paganas que su fe religiosa, y termina acercándose a un chamán que le otorga la “máscara de los eclipses” para que borre a Ninika de sus recuerdos o bien hacer que regrese. Toda la película maneja un tono de dramatismo excesivo por momentos, ¿por qué Mauro querría olvidar a su amada? Es una opción muy extrema, pero, atención, si les gustó Un buen día, aquí hay una prima lejana.

A través de diferentes diálogos, como espectadores nos vamos enterando de que esa pequeña población está expuesta a un sistema de creencias múltiples, y este es el punto más interesante de toda la premisa: por un lado hay una fuerte aparición de las creencias religiosas, en particular, bajo las normas de la iglesia católica, las cuales se ponen de manifiesto por ejemplo en la mostración de una misa como lugar donde se juntan todos los habitantes del pueblo y aceptan ser rotulados como personajes “en pecado mortal”. Luego, los rituales más paganos, encarnados en este chamán, que ofrece soluciones mágicas a las penas de los locales. Como caso particular, entre los asiduos a la fonda se encuentra un personaje no vidente que fue abandonado por su esposa y sus hijos, quien desea beber de las pócimas que proporciona el chamán para volver a ver y enfrentarse a la mujer que lo dejó, aunque cae en la cuenta de que no conoce su rostro pues jamás la había visto. Y a estos dos modos de ver el mundo se suma la propia fuerza de la naturaleza, a través de los animales que se alteran con la llegada del eclipse.

La película introduce muchos elementos que generan curiosidad genuina en el espectador, pero que luego no se desarrollan. Detalles magnéticos al pasar que no desembocan en nada concreto pero que contribuyen a la creación de un clima de extrañamiento general: el hecho de que en la fonda no haya espejos, así los clientes no pueden verse borrachos, la forma de hablar del chamán, que lejos de ser directa y asertiva se aproxima más a los enigmas planteados por la famosa esfinge griega o la poca información que se da sobre el pacto de Ninika, quien aparentemente había hecho algún trato sellado con sangre con un interlocutor que nunca es identificado, pacto del que Mauro está al tanto y al parecer también firmó, y que estaría extinguiéndose la noche del eclipse. Para coronar el clima de desconcierto, llega al pueblo un grupo de gitanos, que desborda simpatía, pero a la vez se mueve en una manada arrolladora, metiéndose en casas a las que no son invitados y llevándose objetos sin el permiso de los propietarios.

Soluna es una rareza total, un eslabón perdido, una historia fantástica con cabos sueltos que terminan contribuyendo a la sensación general de enrarecimiento. Pero lo más importante, es una película que gracias a una serie de circunstancias que se encadenaron por diferentes motivos al fin puede volver a verse, analizarse, ponerse en contexto con otras películas de la época y con el cine fantástico todo, algo no menor en una historia llena de ausencias.