Lee Cronin’s The Mummy: exploitation carente de alma

Lee Cronin’s The Mummy (La posesión de la momia en Argentina, estrenada a mediados de abril de 2026) cuenta la desgracia que la familia Cannon padece durante su estancia en Egipto y los corolarios de este infortunio al regresar a los Estados Unidos.
Charlie (Jack Reynor) es corresponsal de una cadena de televisión estadounidense que se traslada al país africano con su esposa Larissa (Laia Costa), próxima a parir, y sus hijos Katie (Emily Mitchell/Natalie Grace) y Sebastian (Dean Allen Williams/Shylo Molina). Katie suele jugar sola en el jardín de la casa. En una de esas ocasiones, una desconocida (Hayat Kamille) rapta a la niña. Los padres acuden desesperados a la policía, pero los detectives Ismail (Husam Chadat) y Zaki (May Calamawy) no ofrecen mucha ayuda. Por lo tanto, el caso queda sin resolver.

Ocho años más tarde, los Cannon residen en Albuquerque con la abuela Carmen (Verónica Falcón) y Maud (Billie Roy), la hija pequeña de la familia. Allí reciben una llamada desde Egipto y les comunican que Katie ha aparecido. La niña ha sufrido terribles secuelas físicas y psicológicas como fruto del secuestro. Los Cannon trasladan a Katie a la casa a fin de recobrar su salud. Sin embargo, mientras su cuerpo se deteriora, la niña manifiesta conductas agresivas. Charlie, con la ayuda de la detective Zaki, se dedica entonces a investigar el secuestro. Lo que descubre trasciende las explicaciones racionales.
Este resumen apunta a ofrecer menos spoilers que el título que las distribuidoras eligieron para difundir la película de Lee Cronin en Argentina. Aunque lo cierto es que tampoco hace falta rascar mucho para entrever hacia dónde se encamina la historia. En este sentido, The Mummy es una combinación de dos relatos con larga tradición en el cine: la maldición de la momia y la posesión diabólica. En sus mejores momentos, The Mummy parece un fanfic de El exorcista de William Friedkin. Katie es una versión exploitation de Regan poseída por Pazuzu.

Como buen cine exploitation, The Mummy no ahorra en derrapes. Lo menos interesante es el desarrollo de los personajes. La entera familia Canon está compuesta de personajes de cartón reciclado que hemos visto ya en otras miles de películas: los típicos individuos blancos con problemas de clase media arribista que por lo general constituyen el perfil predilecto de los productos con el sello Blumhouse. Por su parte, la detective Zaki y la secuestradora encarnan el clásico estereotipo yanqui reservado, en este caso, para el egipcio: personajes de piel terrosa, de ojos desconfiados y pocas palabras.
Tampoco la estructura narrativa es demasiado consistente. El trasfondo familiar es mero cut & paste del modelo Picapiedras que se repite sin cesar desde los años 50. Por su parte, la investigación que emprenden Charlie y la detective Zaki se desarrolla a las apuradas y sus resultados no ofrecen ninguna sorpresa. Intenta ser una pesquisa en plan La Profecía, de Richard Donner, pero el propósito inicial queda empantanado en un mazacote de clichés tomados del policial y el terror clásico.

Quizá lo más atractivo es el gore. La película se pasa de rosca con mostrar la descomposición del cuerpo de Katie con lujo de detalles. Este aspecto es, por cierto, muy divisivo. The Mummy coquetea competentemente con el splatter. Hay escenas bastante macabras que tal vez no sean muy saludables para todos los estómagos.
Esta cualidad —la habilidad de generar repugnancia— me parece el punto más fuerte de The Mummy. Lee Cronin se luce en este apartado con la composición de las escenas y el empleo de los efectos especiales, aunque descuida las demás áreas que deberían sostener la totalidad de la película. Como consecuencia, The Mummy se salva a ratos por la audacia de jugar a ser cine exploitation. Sin embargo, buena parte de su metraje se diluye en el terror genérico y sin alma.



