Laberinto de Espejos #3

Para esta tercera entrega, traemos una dupla que es, quizás, una de las más potentes que hemos planteado hasta ahora en este espacio. ¿Por qué se supone que funcione bien? Porque ponemos frente a frente dos formas de entender la tragedia que son polares: la épica de las ideas contra la supervivencia del corazón.
España en la sangre: Entre el fusil y el varieté
Hay temas que el cine ha masticado mil veces, pero pocos duelen tanto como la Guerra Civil española. Y supongo que, en nosotros, los argentinos, de una manera más profunda; es una herida que parece no cerrar nunca porque, en el fondo, fue un ensayo general de mucho de lo que después aconteció a nivel mundial. Hoy mismo, vemos reverdecer conflictos y preguntas de fondo que se hicieron en aquella época y que, en su momento, no encontraron respuesta cabal por un cierre de facto de la cuestión y una censura efectiva que duró décadas. Desde la R24C les propongo mirar estos dos reflejos de esa guerra tan lejana/cercana que no podrían ser más distintos, pero que nos hablan de una dura verdad histórica compartida.
El barro y la utopía: Tierra y Libertad
Empezamos con un rescate necesario: Tierra y Libertad (1995), del maestro Ken Loach. Si esperan encontrarse con una película de guerra con explosiones a lo Hollywood y con héroes de mármol, sigan de largo; no es eso ni por asomo, lo que van a ver es cómo Loach nos mete en la trinchera de verdad: aquella donde el barro nos llega hasta las rodillas y está plagada de discusiones políticas que duran horas, generando, incluso, «grietas» internas que terminaron debilitando la experiencia de la Segunda República.
La historia sigue a un pibe inglés, comunista e idealista, que se va a España a pelear contra el fascismo y termina en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Lo que hace Loach es magistral porque no solo nos muestra el frente de batalla; nos muestra la guerra dentro de la guerra. Esa tensión donde los ideales chocan con la maquinaria del poder. Es una película cruda, filmada casi como un documental, que te deja con un nudo en la garganta al ver cómo, a veces, los propios compañeros pueden transformase en el peor rival. A mí, que tenía una mirada bastante romántica del accionar de los republicanos, esta película me abrió la cabeza.
El espejo del absurdo: ¡Ay, Carmela!
Y acá es donde giramos el espejo y nos encontramos con una imagen totalmente distinta: ¡Ay, Carmela! (1990), dirigida por Carlos Saura. Si con Loach el protagonista es la ideología, acá los protagonistas son tres artistas de varieté muertos de hambre: Carmela (la destacada Carmen Maura), Paulino y el mudo Gustavete.
Ellos no están en el Frente por elección; están ahí porque se perdieron en la niebla y terminaron en el bando franquista por error. Para no acabar fusilados, tienen que hacer lo único que saben: actuar.
El contraste es desgarrador. Mientras que en la película de Loach se discute sobre la colectivización de la tierra y se muestra el arrojo de dar la vida por una causa, en la de Saura se discute sobre cómo hacer reír a los soldados que posiblemente mañana vayan a matar a los tuyos y, de paso, sobrevivir en el intento.
En este espejo de la supervivencia, Paulino es el tipo que se somete y se adapta para salvar el pellejo; mientras que Carmela es el corazón puro que no puede evitar que le duela la injusticia, aunque eso le cueste la vida.
¿Qué es capaz de devolvernos el espejo?
Resulta fascinante verlas juntas y darse el lujo de hacer un análisis comparativo:
- Ken Loach nos da la perspectiva «macro», la del joven que cruza Europa por un ideal y se choca con la traición política. Es un cine de puño cerrado.
- Carlos Saura nos da la perspectiva «micro», la del laburante del espectáculo que solo quiere que termine la función para poder comer un pedazo de pan. Es un cine de lágrimas en los ojos.
Lo que en una es un debate asambleario sobre el futuro del mundo, en la otra es una parodia grotesca sobre un escenario de pueblo donde hay que sortear una tragedia al menor costo posible. Pero al final del camino, ambas películas concluyen lo mismo: en una guerra civil, la primera víctima es siempre la inocencia.
Como cierre, la siguiente reflexión final: si quieren entender la política de esos años, vean a Loach. Pero si desean entender el alma de la gente que quedó atrapada en el medio de esa lucha fratricida, vean a Saura. En la suma de las imágenes de esos dos espejos, está la España completa.



