Sally Field, el paso del tiempo y las criaturas luminosas

Hay actores a los que uno vuelve casi sin darse cuenta. No porque una plataforma los rescate periódicamente, sino porque forman parte de la memoria sentimental del cine. Sally Field pertenece a ese grupo. Y viendo Criaturas luminosas en Netflix resulta inevitable pensar tanto en la película como en la actriz que la sostiene.
La Field de hoy no es exactamente la misma que deslumbró en Norma Rae, Places in the Heart, Not Without My Daughter o Eye for an Eye. Aquella poseía una ductilidad extraordinaria y una intensidad emocional que parecía capaz de llevarla a cualquier territorio. Había algo imprevisible en sus interpretaciones. Con los años, parte de esa versatilidad camaleónica se ha transformado en otra virtud: una serenidad interpretativa que sólo otorgan la experiencia y el oficio. Basta recordar su papel como la mamá de Forrest Gump. Ya no necesita grandes estallidos dramáticos para conmover. Le basta una mirada o un silencio.

Eso es precisamente lo que aporta a Criaturas luminosas, dirigida por Olivia Newman. Field interpreta a Tova Sullivan, una viuda que trabaja limpiando un acuario y que sigue cargando con la herida jamás cerrada de la desaparición de su hijo décadas atrás. Su rutina se ve alterada por dos presencias inesperadas: Cameron, un joven errante que busca respuestas sobre su pasado, y Marcellus, un pulpo tan inteligente como observador que terminará entendiendo mucho antes que los humanos cómo encajan las piezas de esta historia.
La premisa podría haber derivado fácilmente hacia la extravagancia o la manipulación sentimental. Sin embargo, la película encuentra sus mejores momentos en la observación de la soledad, el duelo y las conexiones improbables entre personas heridas por la vida. Tova y Cameron son dos personajes separados por generaciones, pero unidos por una misma sensación de desarraigo. Allí reside buena parte de la fuerza emocional del relato.
Y está, por supuesto, Marcellus. El pulpo corre el riesgo de robarse la película. De hecho, viendo su capacidad para unir pistas, observar comportamientos y resolver enigmas, uno termina pensando que el célebre pulpo Paul, aquel oráculo del Mundial de Sudáfrica 2010 que acertaba resultados de fútbol, era apenas un aprendiz al lado de este sofisticado detective submarino. Si Paul adivinaba partidos, Marcellus, directamente, resuelve dramas familiares.

La película también se beneficia de una atmósfera melancólica muy bien construida. El acuario, el paisaje costero y las escenas nocturnas acompañan de forma adecuada un relato atravesado por secretos y pérdidas. Sin embargo, donde la película gana en sensibilidad, pierde a veces en profundidad.
Uno de sus problemas más visibles es el tratamiento de los personajes secundarios. Varios de ellos parecen tener historias interesantes que nunca llegan a desarrollarse plenamente. La comunidad que rodea a Tova, por ejemplo, aparece apenas esbozada. Resulta interesante la sugerencia de que, tras la desaparición y muerte de su hijo, algunos habitantes del pueblo contribuyeron a generar sospechas y rumores injustos alrededor del caso. Esa dimensión más oscura —la facilidad con que una comunidad puede condenar, señalar o especular frente a una tragedia sin resolver— apenas recibe unas pinceladas cuando podría haber enriquecido de forma considerable el conflicto principal.
Algo parecido ocurre con otros personajes que entran y salen de la historia cumpliendo funciones narrativas concretas, pero sin alcanzar la complejidad que el material parecía prometer. Da la impresión de que el guion prefiere concentrarse en el recorrido emocional de los protagonistas antes que abrir espacios para explorar las zonas grises de quienes los rodean.

Las debilidades se vuelven más evidentes en el tramo final. Durante buena parte del metraje, la película construye con paciencia los misterios vinculados al pasado de Tova y a la identidad de Cameron. Pero cuando llega el momento de resolverlos, todo parece acelerarse. Las revelaciones se encadenan con una rapidez que reduce parte del impacto dramático acumulado. Los conflictos de arrastre, las heridas familiares y las incógnitas que acompañaron a los personajes durante décadas encuentran una resolución sorprendentemente ordenada y conciliadora, al alcance de los tentáculos de Marcellus.
No es que el desenlace resulte insatisfactorio; al contrario, funciona desde lo emocional. El problema es que parece demasiado sencillo para una historia que había trabajado con cierta complejidad las consecuencias del duelo, la pérdida y la incertidumbre. Y es justamente allí, en este tramo de la historia, donde se revela la verdadera función de Marcellus. Antes de regresar al mar, deja la pieza clave que permite destrabar el nudo afectivo que une a Tova y Cameron. La revelación llega para ambos casi al mismo tiempo, permitiéndoles cerrar heridas que arrastraban desde hacía años.

Aun así, cuando aparecen los créditos finales, uno se descubre pensando más en las fortalezas que en las debilidades. Es cierto que la película acomoda algunas piezas con excesiva prolijidad, pero en tiempos cuando abundan las miradas cínicas y desencantadas, Criaturas luminosas decide optar por un gesto actualmente contracultural: confiar en la empatía, algo que dialoga con una idea que Lucrecia Martel ha planteado en distintas ocasiones respecto de la necesidad de volver a imaginar porvenires posibles y no más que catástrofes inevitables. Si bien la película no siempre escapa a la corrección sentimental, al menos se anima a pensar que las personas pueden encontrarse, comprenderse y reparar algunas heridas. Y para obtener ese logro cuenta con la madura solidez de una actriz de la talla de Sally Field, que hace que resulte más fácil creerle.
Al final, lo que permanece no es tanto el misterio resuelto, sino la presencia de Sally Field que camina entre los tanques del acuario, cargando silenciosamente el peso de una vida entera. Puede que haya perdido algo de la impetuosa versatilidad de sus años más jóvenes, pero ha ganado una cualidad mucho más difícil de conseguir: la capacidad de transmitir humanidad sin esfuerzo aparente. Y eso, en el cine, sigue siendo un talento extraordinario.



