EL MAGO DEL KREMLIN: UN CONSIGLIERI PARA PUTIN 

En El Mago del Kremlin (2026), el director francés Olivier Assayas (premiado en Cannes en 2016 por Personal Shopper) adapta el best seller homónimo de Giuliano Da Empoli con un guion de otra estrella literaria como Emmanuel Carrére, habitué del modelo de ficcionalización de biografías y de la realidad, punto donde se relacionan estos autores. A través de un periodista que abre el relato, la película —una obra cargada de explicaciones y referencias históricas— nos aclara que el apodo de «mago», que ya viene del libro, es un guiño a Rasputín. Aunque el film no tenga nada propio del místico que consultaban los Romanov, la última dinastía de emperadores rusos, el paralelismo sirve para presentar a Vadim Baranov (interpretado por un medido Paul Dano), un productor de televisión con ínfulas de Maquiavelo que se convirtió en la mano derecha de Putin durante su ascenso y consolidación en el poder. Al presidente ruso se lo apoda «el Zar», pero la mirada de Assayas ve algo más interesante en este monarca irónico, una figura construida junto a la perspectiva de su propio mago. Será la interpretación de Jude Law la que dote a este Putin cinematográfico con las ambivalencias de un antihéroe.

En lugar de caer en la caricatura geopolítica, la película prefiere explorar un líder que navega entre lo ridículo, lo atractivo y lo temible, quien debe ser el director y actor principal de la política de su país. Lo hace sobre este subtexto: el poder vertical en Rusia se ejerce como si el presidente fuera el Don de una mafia, sosteniéndose en sus atributos personales, su carisma y una red de lealtades y respetos a rajatabla enfocados, ya no en los negocios de una familia, sino en los intereses de la patria. Sin embargo, a diferencia de un capomafia tradicional, el «Zar» debe validar esto con su imagen frente a su población. Allí radica la magia moderna del Kremlin, nos sugiere Assayas. Mientras el presidente encarna el carisma, Baranov actúa como su consigliere de estrategia mediática, especialista en manipular los estados de ánimo del pueblo para hacer funcionar el teatro de lo que él mismo define como «democracia soberana», aunque también demuestra habilidad que va cultivando en la rosca política. Claro que, en este tablero de operaciones —que bien podría dialogar con la paranoia palaciega de The Death of Stalin (Iannucci, 2017) o la frialdad de House of Cards—, quienes se encuentran más cerca del poder también pueden ser los más descartables.

La película trata de ese vínculo que sale del esquema rígido de una relación de poder, en donde Baranov cuenta su vida; es protagonista y testigo al mismo tiempo, sin dejar de ser la película casi un retrato vivo de la teoría política del Kremlin. Un film que avanza tambaleándose entre la biopic, la sátira y el drama-thriller. Se destacan otros personajes importantes como el oligarca, aliado y luego enemigo de Putin, Boris Berezovski, o el vínculo amoroso con Ksenia (Alicia Vikander) del asesor, que le da otra densidad humana a la historia. Su fortaleza radica en ser un largometraje muy bien montado en su estética y con buenas caracterizaciones, que se inclinan por un humor sobrio que contiene el drama como si fuese una expresión del naturalismo de la vida rusa. No se cierra en estereotipos rusos para Occidente.

A falta de una verdadera intriga o de una tensión narrativa que le dé fuerza a la trama, el film se sostiene gracias a su costado de biopic, que se abre muy bien a nivel de ensayo político y no tanto al de relato biográfico. La historia que se cuenta, acelerada desde la caída del Muro, el acecho de los oligarcas rusos, la llegada de Putin y, por último, los conflictos en Crimea y con Ucrania, termina por empaparse de la actualidad. En esa reflexión, se muestra cómo el poder político gestiona el caos mediante la emocionalidad y la construcción de un relato de imágenes potentes. Se trata de un modelo de conducción de la sociedad del espectáculo cada vez más aplicado, que quiere mostrar aquí a creadores originales. En este sentido, la película se vuelve un fresco del mundo global contemporáneo, con las crisis o derivas de las democracias, y de un Occidente que observa a Rusia y no reconoce, en su rechazo, cómo termina imitándola más de lo que cree.