Risa y la cabina del viento: una magia analógica que perdió su encanto al digitalizarse

El reciente estreno de Risa y la cabina del viento en Netflix ha suscitado una ola de entusiasmo crítico y laureles festivaleros que, si bien son comprensibles ante la ambición visual de la obra, merecen una lectura más reposada. Dirigida por Juan Cabral, la película se presenta como una fábula de realismo mágico anclada en la inmensidad de la Patagonia, donde una cabina telefónica, superviviente de un incendio devastador, actúa como conector entre vivos y muertos.
Desde una perspectiva estrictamente técnica, el filme es un logro indiscutible. Cabral, cuya maestría en el lenguaje visual proviene de un pasado brillante en la publicidad y el videoclip, dota a la película de una atmósfera hipnótica. El tratamiento fotográfico no solo retrata el paisaje, sino que lo convierte en un personaje cargado de una melancolía tangible. A esto se suma un reparto de primer nivel, donde se destaca el debut actoral de Cazzu, quien logra una interpretación de una vulnerabilidad sorprendente, acompañada por el siempre solvente Diego Peretti y un Joaquín Furriel que cumple su ingrato rol con sobriedad. Asimismo, la banda sonora —una pieza de orfebrería emocional— eleva el tono poético de cada secuencia, y la presencia simbólica de una ratita como mascota, compañera de la protagonista, funciona como un hallazgo narrativo que dota al relato de una sensibilidad entrañable.

Sin embargo, tras esta fachada de refinamiento estético, la película oculta una serie de fracturas estructurales que impiden su consagración como la obra maestra que prometía ser. El mayor pecado de Risa y la cabina del viento radica en su incapacidad para sostener la coherencia de su propia mitología. El guion, firmado por Cabral y Pablo Minces, sufre de una «esquizofrenia» tonal evidente: mientras el relato explora con mística los mensajes del «limbo», la subtrama del padre de Risa, encarnado por Furriel, se siente como un injerto forzado, ajeno a la estética del resto de la pieza y resuelto con una celeridad dramática que roza la liviandad.
Esta desconexión se agrava al desperdiciar figuras de enorme peso. Por un lado, la participación de Graciela Borges, cuya voz —la de Greta, uno de los espíritus que se comunica a través de la cabina— aporta un matiz evocador, resulta un recurso valioso pero limitado, confinado exclusivamente a la dimensión espectral. Por otro lado, la presencia física de Abigail, interpretada por Silvina Sabater, se siente como una oportunidad perdida: aunque encarna a una guardiana de los restos del pueblo con una solvencia notable —y protagoniza el momento de tensión física más intenso con su irrupción armada para salvar a Risa—, el guion termina por reducirla a un funcionalismo táctico, privándola de un arco narrativo real. Lo mismo ocurre con el profesor de ajedrez, cuya subtrama queda suspendida en el aire, privando al espectador de la catarsis prometida. La película parece tratar a sus personajes como accesorios de una idea, abandonándolos apenas dejan de ser útiles a la premisa central.

Pero es el cierre lo que termina por dinamitar el pacto de verosimilitud alcanzado. La decisión de introducir una llamada a un teléfono celular para clausurar la historia no solo es un error climático; es un acto fallido que degrada la «magia» de la cabina. Al trasladar el poder del objeto comunitario a un dispositivo individual, el director traiciona la esencia de su propio universo fantástico, convirtiendo lo que era un ritual de dolor y sanación colectiva en un simple «superpoder» personal. La muerte repentina de la mascota, gratuita y carente de propósito narrativo, es un golpe bajo al final que acelera el alejamiento del espectador respecto del tono amable que la película había cultivado con tanto esfuerzo.
En conclusión, Risa y la cabina del viento es una película que merece ser vista y disfrutada. Sus aciertos visuales, su atmósfera y el compromiso de sus intérpretes la sitúan por encima de la media del catálogo actual. No obstante, es un filme que se ama a sí mismo más de lo que respeta sus propias reglas. Se trata de un proyecto que pudo haber sido una joya del cine fantástico argentino, pero que terminó sucumbiendo a cierta soberbia de sus propios creadores, quienes, al final del camino, prefirieron la solución fácil de la irrupción de la modernidad tecnológica antes que confiar en la fuerza de su propia poesía.



