Obsesión: I put a spell on you

Desde hace un poco más de una década, el cine de terror viene atravesando un fenómeno que es, a la vez, extraño y muy positivo. Desde 2014 hasta la actualidad (desde el estreno de esa obra maestra absoluta que es Te sigue, por situar un comienzo), todos los años se viene estrenando al menos una película de género que cuenta con un hype desmesurado. Es decir, una película que, más allá de si en última instancia resulta buena o mala, cuenta no sólo con una porción del público que la valora con vehemencia y habla sobre ella, sino con el beneplácito de la crítica.
Lo primero no debería extrañarnos: el terror podrá no ser el género que mayor cantidad de gente lleva a las salas, pero sin dudas debe ser el que mayores fanáticos tiene, que ven, comentan y recomiendan este tipo de películas (incluido quien esto escribe). Pero sí es el género que ha sido menospreciado por la crítica que, históricamente, y en su gran mayoría, lo ha considerado como un cine menor, banal e intrascendente. Por eso es curioso cómo desde mediados de la década pasada hasta aquí, el terror fue ganando una aceptación cada vez mayor de parte de los críticos, que lo ven ahora como un cine significativo y atendible.

Basta citar la gran cantidad de films de horror de 2014 en adelante que ostentan puntajes bien altos en la página Rotten Tomatoes, y los casos de dos películas puntuales (Sinners y ¡Huye!) que fueron nominadas a los Óscar y hasta lograron ganar alguno.
Por eso este fenómeno un tanto desconcertante tiene una singularidad positiva y bienvenida: la posibilidad de que un género injustamente valorado ocupe un lugar de prestigio. Lo cual es, además, la prueba más clara de que el terror sigue siendo el tipo de cine que goza de mayor nivel de libertad creativa.
Obsesión es otra prueba extraordinaria de la buena salud del género. Su trama es simple y digna de un high concept, esto es, de aquellas premisas que pueden resumirse en pocas líneas y que de por sí ya resultan atractivas: un muchacho llamado Bear, enamorado de su amiga de la infancia, usa un objeto mágico para que ella lo ame. El deseo se cumple y de a poco este amor se torna cada vez más peligroso.

A primera vista, podría pensarse en Obsesión como una película que vuelve sobre un motivo narrativo recurrente como es el de “tené cuidado con lo que deseás”. La idea de un objeto mágico que cumple deseos con consecuencias catastróficas, un tópico presente en el cuento La pata de mono de W.W. Jacobs (Curry Barker no se inspiró en él, sino en el especial de Halloween de Los Simpson que lo parodia), remite a la literatura fantástica, y la misma película tiene conciencia de ello cuando muestra a Nikki, la amiga de Bear ahora afectada por el hechizo, que recita una versión incestuosa de Hansel y Gretel en una fiesta. No sería poco adecuado pensar que ahí podemos entender la dinámica perversa de la relación entre ella y Bear. Antes, ella lo veía a él como una suerte de hermano menor, pero que ambos estén ahora en pareja no implica un amor definido, sino una relación abusiva y violenta.
Sin embargo, el hecho de que sea Bear la víctima es algo que puede ponerse en duda. Si bien él estará sometido cada vez más al control y a la personalidad violenta de Nikki, es ella en verdad quien está siendo controlada. La chica no está sino actuando siempre en contra de su voluntad, y el amor que expresa por él nunca termina por ser legítimo, al ser en verdad fruto de un hechizo. La escena que mejor expresa esta falsedad es la que los muestra a los dos durmiendo, y al intentar irse Bear, una Nikki lúcida y con su personalidad obsesiva “dormida” le pedirá que la mate. Bear va a negarse, menos porque le preocupe ser un asesino que además mata a quien ama, y más por lo mucho que lo ofende que ella prefiera morir antes que estar con él.
Quedará claro ahí que en el fondo Bear va a preferir el amor tóxico hasta lo perverso de su amiga antes que una amistad sin posibilidad de romance.

Barker nos mostrará entonces que el amor entre sus protagonistas nunca será verdadero ni llegará a concretarse por completo. Todos los momentos románticos de Obsesión se verán frustrados de una forma u otra. Es así como la actitud pusilánime de Bear hará que no pueda decirle a Nikki lo que siente ni al hablar por teléfono, ni al despedirse de ella cuando la lleva en auto hasta su casa. Cuando ambos están por coger por primera vez por iniciativa de la chica, ahora poseída, su personalidad verdadera despierta y se asusta ante el hecho. Incluso, el plano en que los vemos teniendo relaciones está musicalizado con una música de terror, aun cuando lo que se ve no tiene nada que busque asustar.
De igual modo, cuando el noviazgo entre los dos empieza a formarse, su director va a retratarlo mediante una secuencia de montaje de las cosas que hacen juntos, pero esta secuencia es tan breve que sólo puede anunciar que pronto toda esa relación se volverá horrorosa.
Por esa misma condición efímera y de horror con la que se ve el vínculo entre Bear y Nikki, Obsesión es una película que desconfía por completo del famoso mito romántico del “amor eterno”. En el film, esa eternidad tiene connotaciones siniestras. Nikki no podrá terminar de despertar del todo del hechizo que la posee, y en ese estado sólo quiere que Bear la ame por siempre. Él, por su parte, aun estando aterrorizado por una Nikki cada vez más psicópata, no quiere deshacer el deseo. Apenas busca modificarlo al llamar al servicio de atención al cliente del objeto mágico. Que este hechizo sólo pueda romperse si él se suicida o la mata a ella, señala que ese amor no tendrá la condición de eternidad que dicho mito conlleva, sino que será hasta la muerte literal, causada por uno de los dos.

Pero la cualidad de “eternidad” también aparece reflejada en una de las cosas más extraordinarias de la película, que es su forma de crear climas de terror. Barker va a prescindir casi en su totalidad de los sustos fugaces o efectistas. La belleza del terror en Obsesión surge a partir de alargar los elementos de la puesta en escena hasta lo insoportable. El miedo surge muchas veces de escenarios en apariencia normales o cotidianos que, a partir de la presencia de Nikki, se impregnan de una incomodidad creciente, hasta que se convierten en algo pesadillesco (un mérito, por otro lado, de Inde Navarrette, que puede pasar de ser simpática cuando aún no está afectada, a ser por completo desagradable cuando está hechizada). Es así como podemos ver una escena en la que ni siquiera ocurre algo horrible, como aquella de la cena en un restaurant entre ella y Bear, volverse amenazante a partir de una pregunta que él le hace para saber si ella miente, con la reacción defensiva de ella cada vez más intensa. Ocurre también con los planos, cuando Barker filma la sonrisa impostada con los ojos achinados de Nikki durante un tiempo que parece larguísimo, en un plano secuencia, que finaliza con la cámara que toma las piernas de la chica salpicadas de pis. Este plano ocurre cuando aún la chica no ha enloquecido del todo, y deja en claro que el tipo de amor que ella va a profesar por Bear hará no solamente que atente contra cualquiera que se interponga entre ellos, sino contra ella misma.
Esta idea de un amor autodestructivo que recorre toda la obrano puede sino hacer de ella una película despareja pero cargada de una visceralidad y una energía maravillosas. Una cuyo cierre resulta destructivo, no tanto porque termine de forma fatal, sino porque antes insinúa la posibilidad de una felicidad compartida que no termina por hacerse realidad. Ese final podrá ser sombrío, pero, de seguir con esta misma intensidad, el futuro de Curry Barker sólo puede ser luminoso.



