Laberinto de Espejos #1: ¿Quién miente mejor? El periodista frente al abismo

El antiguo Parque Japonés tenía la sala de espejos deformantes que, como entretenimiento para su público, desafiaba nuestra percepción, devolviéndonos una imagen que era, a la vez, igual y distinta. Bajo esa misma premisa nace esta columna: un espacio en la R24C dedicado al rescate y la autopsia de obras cinematográficas del pasado que hoy sabemos que se reflejan en otras pantallas. Aquí no solo analizaremos películas olvidadas o fundamentales, sino que las pondremos frente al espejo de otros filmes con los que, de una u otra manera, están relacionadas; ya sean sus remakes o relatos que, naciendo de un mismo origen, o con la misma premisa, o a partir de una idea básica reconocible y compartida, han transitado senderos divergentes. Los invitamos a perderse con nosotros en este juego de reflejos, donde expresiones cinematográficas de distintos tiempos se miran de frente para revelarnos aquello que no conocemos, no registramos o simplemente olvidamos de nuestra experiencia y de nuestro saber como espectadores.

¿Quién miente mejor? El periodista frente al abismo

¿Vieron esas películas que no te dejan igual después de los créditos? Esas que, más que entretenerte, te pegan un sacudón y te obligan a mirar la realidad de otra forma. Bueno, hoy quiero que hablemos de una joya que a veces queda injustamente olvidada en las estanterías del cine: El ocaso de un pueblo (Die Fälschung, 1981).

Imagínense esto: Volker Schlöndorff, el tipo que nos dio El tambor de hojalata, se mandó, literalmente, al medio de las ruinas de una Beirut en llamas para filmar. No hubo sets en Berlín ni efectos digitales; los actores caminaban entre edificios recién bombardeados y milicias reales. Verla hoy es sentir una urgencia que el cine moderno, con tanto croma y pantalla verde, a veces pierde. Es cine con los pies en el barro o, mejor dicho, en los escombros.

El protagonista de esta peli es el enorme Bruno Ganz. Pero, ojo, porque en este relato no se van a encontrar con el típico héroe romántico que llega para poner orden y resolver el conflicto con un final feliz. Ganz interpreta a un periodista alemán, un tipo cínico que llega a cubrir una guerra que no entiende para escribir crónicas brillantes desde la comodidad de un hotel. La película es un cachetazo a ese “periodismo de oficina”: el protagonista descubre que la verdad no tiene bando y que, muchas veces, relatar la guerra es una forma de falsificarla. Su viaje no es hacia la gloria ni los aplausos, sino hacia una honestidad brutal que le termina costando todo.

El reflejo en el espejo: Nicaragua y el ojo de Hollywood

Y en esta comparación es donde el laberinto de espejos se pone más interesante: Solo dos años después, del otro lado del océano, apareció Bajo el fuego (Under Fire, 1983), que acá conocimos como Fuego bajo el volcán.

Es casi como si las dos películas se estuvieran mirando de frente, aunque no recuerdo que esto se haya aclarado en los tiempos del estreno en sala de la segunda. Si en la de Schlöndorff tenemos a Ganz en el Líbano, acá nos encontramos a Nick Nolte (en su mejor momento) como un periodista gráfico (un fotógrafo) en plena Revolución Sandinista en Nicaragua. El dilema es el mismo: ¿puede uno ser un simple espectador cuando el mundo se cae a pedazos?

Mientras que la versión alemana es cruda, existencialista y te deja un nudo en la garganta, la versión de Hollywood le mete ritmo de thriller, un triángulo amoroso y una música épica de Jerry Goldsmith que te eriza la piel. Pero el corazón de ambas historias late en la misma frecuencia, aunque con distintos matices. En una, el protagonista decide dejar de «falsificar» para empezar a ver; en la otra, el fotógrafo decide «falsificar» una imagen por una causa que cree justa.

Resulta fascinante ver cómo dos directores, en contextos tan distintos, se preguntaban lo mismo: ¿a quién le sirve lo que se cuenta?

Hoy, que vivimos bombardeados por fake news y fotos retocadas, estas dos películas se sienten más actuales que nunca. Son espejos que nos devuelven una pregunta incómoda: ¿somos testigos de la realidad o simplemente de sus falsificaciones?

Si tienen ganas de ver cine que se la juegue, busquen El ocaso de un pueblo. Y si después quieren ver cómo Hollywood procesó esa misma angustia, sigan con Bajo el fuego. Les aseguro que esta charla después de verlas va a tener mayor sentido.