Cold War: solo los amantes sobreviven

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“Nie dla wszystkich skrzypce grają”
(“El violín no suena para todos” – proverbio popular polaco)

Escribo esta reseña sin la presión de los Prode cinematográficos, con el diario del lunes en la mano. Cold War, la sexta película del realizador Pawel Pawlikowski, no ganó ninguno de los tres Oscar para los que estaba nominada (a mejor película extranjera, dirección y fotografía). Aunque Pawlikowski si ganó como mejor director en Cannes y su director de fotografía, Lukasz Zal, tuvo su revancha con el premio de la ASC.

Lo anterior es un escaso preámbulo, quizás, para entender de qué se trata Cold War y qué lugar ocupa Pawlikowski como realizador en auge.

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Basada parcialmente en la vida de sus padres, Guerra Fría utiliza como motor narrativo una historia de amor entre Wiktor y Zula, un director de orquesta y una joven cantante promesa, respectivamente. Pero son las tensiones geopolíticas de un continente post-Segunda Guerra Mundial las que mutan la geografía romántica que van atravesando los personajes. Es así como se conocen en el marco de un proyecto de música popular itinerante y campesina (versión soviética de algo que hoy se hubiese televisado y llamado La próxima estrella (roja)). Y van atravesando el continente.

La pareja, en su disparidad etaria, confronta sus objetivos de vida: una carrera en ascenso (Zula) contra el temor de lo conocido y las presiones en aumento del politburó (Wiktor).

La decisión parece zanjarse en la dividida Berlín.

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Los años pasan, van y vienen, y así también nuestros amantes. Encuentros y reencuentros, entre países capitalistas y comunistas, trenes transiberianos, Checa mediante. Las épocas se reflejan en los consumos, y pasamos de la música polaca campesina, al jazz parisino, luego al incipiente rock and roll.

Lo fascinante de la puesta en escena de Pawlikowski no radica en una versión polaca de Forrest Gump (entendida como película donde se recorren eventos cruciales de una historia pop), sino en comprender lo histórico como un proceso, como un devenir. Los personajes secundarios (en especial el Sr. Kaczmarek) afirman las tensiones políticas y de acomodamiento al régimen, en especial para un país como Polonia, que nunca aceptó del todo su condición satelital. Y esto no es menor. Polonia es la puerta de entrada a Rusia y a Europa Occidental.

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Los nazis lo sabían, los soviéticos lo sabían y la Ciudad del Vaticano lo sabía.

Pawlikowski vuelve al blanco y negro, a los encuadres fijos poco ortodoxos, que nos recuerdan a Ida. A veces intimista, a veces irónico. La variación del tono (que en música define la altura de los sonidos, en relación con su frecuencia), por momentos grave, por momentos de una agudeza cuasi publicitaria (es una película de amor, no olvidemos), estructura una composición armónica sobre el desencuentro. Desencuentro de amantes, desencuentro de estados-nación.

Para destacar, la actuación hipnótica de Joanna Kulig (Zula).

La arquitectura de posguerra, símbolo de un antiguo régimen diezmado, funciona como refugio para esta pareja errante, entre presente y pasado.

Aquí, las ruinas también son circulares, pero son devoradas por la nieve, y no por el fuego.

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