Los ilusos #64: un adiós a Adolfo Aristarain

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien.

Yo no estoy bien, estoy bastante triste. Ayer falleció a sus 82 años Adolfo Aristarain y con él se fue una parte de la historia de nuestro cine nacional. Por eso, así, sin pensarlo mucho, vuelvo con este espacio, para dedicarle algunas palabras e intentar, o por lo menos algo parecido a eso, hacerle un poco de justicia a su legado y su historia.

No soy cholulo, no me interesan los famosos, tampoco tener fotos y ese tipo de cosas. Pocas veces me acerqué a saludar a alguna «personalidad» y menos que menos intentar conversar. Una de esas pocas veces fue con Adolfo Aristarain, allá por el 2013 en el marco de una retrospectiva de todas sus películas que se organizó en el BAFICI.

En ese entonces yo tenía 22 años, había visto varias de sus películas en los últimos 4 o 5 años y estaba maravillado. En ese momento tenía una teoría, que todavía sostengo con cierta fortaleza, que es que uno puede ver Tiempo de revancha (1981) y Últimos días de la víctima (1982) casi como un espejo de La conversación (1974) de Coppola. El cine de Aristarain me había conmovido, pero no solo por sus policiales. Me parecía inconcebible que una persona capaz de filmar con la frialdad con la que está hecha La parte del león (1978) pudiera hacer una película como Un lugar en el mundo (1992), Lugares comunes (2002) o Martín Hache (1997).

Si no estoy equivocado, además, en ese BAFICI se pasó La ley de la frontera (1995), una película espectacular que fue un fracaso comercial y que luego se exhibió poco o nada hasta su «restauración» vía GOTIKA y la DAC.

En su masterclass del festival recuerdo que dijo algo que fue de las mayores enseñanzas que tuve para pensar en hacer cine. Según contó y espero estar reproduciendo bien esto, Adolfo filmaba sin guion técnico. Llegaba a la locación, la inspeccionaba, ensayaba con los actores, definía sus movimientos y desplazamientos en la escena y, una vez que tenía ese recorrido, imaginaba cuáles eran los mejores lugares para poner la cámara. A partir de ese día, siempre quise filmar así. Nunca lo logré.

Por supuesto, él había sido un cineasta de carrera como los que ya no existían. Su escuela fue el set, trabajó como asistente de dirección de Sergio Renan, Daniel Tinayre, Juan José Jusid, Román Viñoly Barreto y hasta Sergio Leone. Sabía cómo poner la cámara porque eso fue lo que aprendió a hacer antes que cualquier otra cosa. Su idea era que la cámara debe acompañar a la acción. Que lo más importante es definir la escena desde el movimiento interno y dramático de los personajes y que, una vez arreglado esto, la puesta tiene que ser la que mejor pueda captar eso. Fue la mejor clase de dirección de actores que tuve.

También dijo algo que me pareció muy importante y que, incluso sin estar de acuerdo, entendí por qué lo decía: no filmaba porque nadie ponía la plata necesaria para sus películas. De Roma (2004) en adelante, el cine de costo medio casi que desapareció y él solo podía filmar si podía hacer lo que quería. No podía achicarse porque no sabía cómo hacer otro tipo de películas. No se iba a limitar. De nuevo, es también lo que define su maestría. La mayoría de nosotros no podemos contener la pulsión por hacer o por intentar seguir adelante. En ese afán, seguro traicionemos ideas, cambiemos formas, busquemos hacer producible lo que no se puede pagar. Aristarain sabía lo que hacía, sabía por qué lo hacía y prefirió no hacerlo si no se podía hacer a su manera. Otra vez, es lo que distingue a los genios de los mortales.

Para él el cine era un arte menor frente a la literatura. Quiso escribir y pensó que no tenía el talento necesario para hacerlo y por eso se volcó a las películas. Antes que nada, era un artesano, un hombre de trabajo. No se veía a sí mismo como un artista.

Cuando terminó una proyección de Últimos días de la víctima, luego de las preguntas y respuestas, me acerqué y lo saludé. Le di la mano y le dije que sus películas me habían cambiado la vida. Me miró y se rió como si hubiese exagerado mucho. Me agradeció. Lo volví a saludar y le di un abrazo, que respondió muy amablemente, aunque algo sorprendido.

No lo conocí personalmente, pero creo que muchos sí lo hicimos a través de sus películas. Diría que era una persona amable, cordial, pero bastante cabrón. Imagino que le gustaba tomar, fumar y contar anécdotas. No debía agradarle mucho que lo toquen, aunque debía ser cariñoso con sus afectos. Lo imagino como un gran puteador. Cabeza dura, de izquierda, aunque desencantado con la política y los políticos. En su última intervención pública sobre el tema, cuando le preguntaron por la administración de Javier Milei no dudó: llamó a ganar la calle hasta que caiga el gobierno.

Uno de los pecados más imperdonables de los en ese momento jóvenes del nuevo cine argentino fue faltarle el respeto a su figura. Romper con él sin entenderlo. El tiempo, por suerte, los demostró equivocados y arrepentidos.

No habrá otro como Adolfo Aristarain. Estamos tristes porque se fue, pero, así como cuando se va un ser querido, tenemos que estar felices porque estuvo acá. Porque nos quedan sus películas y porque fue nuestro.

Gracias maestro, por todo lo que hiciste y perdón por no haberte dejado hacer más.