Crónica del 33° Festival Internacional de Mar del Plata.

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Aunque la edición 33 del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata será recordada por las visitas ilustres de Jean-Pierre Léaud, Léos Carax y Pierre Richard, será imposible olvidar que el recorte presupuestario le sacó dos días a la grilla de películas, que eliminó el Programa País para los estudiantes de cine y que terminó con la publicación del diario del festival, entre otros ejemplos del ajuste. Sin embargo, eso no fue lo peor que ocurrió en Mar del Plata. En la fiesta de clausura, ninguno de los premiados ni los integrantes del jurado pudieron hablar frente a los micrófonos del teatro Auditórium. Unos días antes, en la jornada de apertura, el secretario de Cultura, Pablo Avelluto, había sido abucheado cuando daba su discurso. Por lo visto, la represalia por los silbidos a Avelluto se materializó en un grave acto de censura.

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De todas formas, nada de esto debería empañar el trabajo de la nueva directora artística, Cecilia Barrionuevo, y de Marcelo Alderete y Pablo Conde, programadores del festival desde hace varios años. Solo al verlos presentar las funciones, cada uno con su estilo (la amabilidad y el profesionalismo de Barrionuevo, la incredulidad por compartir oxígeno con Léaud de Alderete, los fervorosos gritos de medianoche de Conde), permite reconocer la pasión y el trabajo que le dedican año tras año al festival. Por lo tanto, de ahora en más, este texto se dedicará a hablar sobre películas, a través del recorrido cinéfilo heterogéneo de este cronista por las salas marplatenses. Porque ya lo dijo el poeta que se tiró del noveno piso: ¿Qué se puede hacer, salvo ver películas?

 LOS GANADORES

Después de 15 años de venir al festival, es la primera vez que mi película preferida de la Competencia Internacional se queda con el Astor de Oro, el galardón más importante de Mar del Plata (si es que en verdad importan los premios en los festivales de cine, pero esa es otra discusión). Entre dos aguas, del español Isaki Lacuesta, continúa la historia de La leyenda del tiempo, pero 12 años más tarde. Esa película estaba protagonizada por Israel y Cheíto, dos hermanos gitanos (en la realidad y en la ficción) de 13 y 14 años.

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En Entre dos aguas, Isra recién sale de la cárcel y Cheíto regresa después de estar muchos meses embarcado con la Armada. La primera escena de la película es un parto real, el de Manuela, la tercera hija de Israel. Después de presenciar el nacimiento de su hija, que vemos en cámara sin ningún filtro, Isra se da vuelta y los policías le ponen las esposas. Por escenas como esta, cuesta discernir qué es realidad y qué es ficción en lo que filma Lacuesta, que narra con una crudeza avasallante y al mismo tiempo no resigna la puesta en escena ni obliga a sus personajes a pronunciar diálogos inverosímiles, como ocurre en muchas de las películas de José Campusano, un director que maneja el mismo tipo de registro que el español. Entre dos aguas es la película que Campusano siempre imagina que está filmando, pero que nunca pudo lograr.

No es casualidad que el jurado del festival le haya dado a Israel Gómez Romero el Astor de Plata al mejor actor, porque su trabajo en Entre dos aguas es magistral. Los flashbacks de La Leyenda del tiempo nos permiten ver cómo aquel niño creció en pantalla. En el catálogo del festival ponen como ejemplos a Antoine Doinel y a Boyhood, pero la primera persona que se me vino a la mente cuando estaba mirando la película fue Thomas Turgoose, el niño protagonista de This is England (2006), que también tiene tres miniseries (This is England ’86, ’88 y ’90). Isra tiene su misma furia contenida, ahora ya adulto, y en cada escena de Entre dos aguas deja su huella, ya sea quebrándose en llanto porque no consigue un trabajo digno, discutiendo con su hermano o contando que soñó su propia muerte.

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En una sintonía estética similar a Entre dos aguas está What You Gonna Do When the World’s on Fire?, del italiano Roberto Minervini. Aunque acá veamos un documental observacional, en varias escenas el director les sugirió a los personajes que hablen de algún tema en particular. Esto lo sabemos porque en la conferencia de prensa posterior a la proyección le preguntaron a Judy, una de las protagonistas de la película, acerca de cómo fue el rodaje. Ella dijo que fue como improvisar la letra de un rap, que le tiraban un tema y charlaba sobre eso. Entonces, en la película de Minervini se habla de las injusticias que sufren un grupo de afroamericanos en una pequeña ciudad cercana a Nueva Orleans, de cómo crecieron los crímenes de odio y racismo en los últimos años, de la organización de las nuevas Panteras Negras. Quizás la duración de la película le juegue un poco en contra, porque algunas escenas se tornan algo repetitivas. Sin embargo, hacia el final, las imágenes son muy poderosas y se apropian de la memoria del espectador. Por ejemplo, cuando Judy se encuentra con una hermana que fue violada como ella de niña y ahora es adicta al crack. Judy le dice, entre lágrimas, que dejó de drogarse, pero que la entiende y que esnifarse una línea de cocaína para olvidarse de toda esa mierda está perfecto.

If Beale Street Could Talk también retrata las injusticias de la comunidad afroamericana, pero de un modo completamente distinto. Barry Jenkins arriesga menos que en Moonlight, su película anterior, pero el resultado es igual de efectivo. Un joven negro, a punto de ser padre, es acusado de violar a una mujer. Es inocente y, claro, nadie le cree. A pesar de que Jenkins apela al melodrama durante casi todo el film, generalmente lo hace con elegancia, humor y honestidad.

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Las dos películas argentinas que estuvieron en Competencia Internacional fueron Muere, monstruo, muere, de Alejandro Fadel, y Vendrán aguas suaves, de Iván Fund. Ambas cuentan un relato fantástico, pero de maneras muy distintas. Fadel plantea el enigma de unas mujeres decapitadas y de un asesino que parece sobrenatural, mientras que Fund filma la historia de un pueblo donde todos los adultos se quedaron dormidos y solamente están despiertos los niños. Muere, monstruo, muere es perversa, sombría, enigmática; mientras que Vendrán aguas suaves es demasiado luminosa, de nenes rubios que caminan por las vías del tren como en Stand By Me, pero sin el tren que los esté por pisar. Al final de ambas películas se devela algo que está oculto desde el comienzo: en una llega de un modo grotesco, penetrante, gutural, mientras que en la otra es pulcro, transparente, anodino. No hace falta decir cuál es cada una.

Para seguir con el repaso de la Competencia Internacional, quiero mencionar a Skate Kitchen, la de las pibas que andan en patineta. Lo más atractivo de la película de Crystal Moselle es ver cómo se construye la relación fraternal entre ellas y cómo disputan un espacio (público y simbólico) dominado por varones. En los momentos de conflicto, la película cae en algunos clichés de las películas de adolescentes, pero el final no deja de ser dulce y sororo. Yara, de Abbas Fahdel, también cuenta la historia de una teenager, pero con una realidad distinta y en un lugar bien alejado de las calles de New Jersey, donde transcurre Skate Kitchen. Yara es una chica huérfana que vive con su abuela en un pueblito perdido en las montañas, con casas abandonadas porque sus dueños no volvieron de la guerra. Un día pasa un chico e interrumpe sus quehaceres diarios. Se hacen un par de chistes, se gustan. El chico vuelve a pasar y así construyen una pequeña historia de amor. Fahdel le dedica tiempo a las escenas. Se preocupa por los detalles de la cotidianeidad de Yara y por las huellas que dejó la guerra en los personajes (y en las personas también, porque acá la barrera entre la ficción y el documental también es difusa). Es una de esas películas que tardan un poco en digerirse. En su momento, sentí un poco el tedio del relato y de sus tiempos muertos. Diez días más tarde, mientras escribo estas palabras, solo me invade la nostalgia de esa chica triste en el medio de la montaña.

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Casi me olvido de In Fabric, de Peter Strickland, una de las mejores películas de todo el festival. Una mujer va a un local de ropa y la recibe una extraña vendedora que suelta frases rimbombantes como “el titubeo de su voz pronto será un eco en los recovecos de la tienda” o “el talle es solo la ecuación de la actualidad”. La compra de un vestido rojo es el punto de partida para que empiecen a pasar cosas raras. Muy raras, porque en In Fabric hay un parto inefable, un viejo voyeurista de maniquíes y un lavarropas poseído. Sin embargo, detrás de ese gabinete de excentricidades, hay una gran película sobre la explotación laboral.

MADE IN GERMANY

Después de ir a muchos festivales de cine, aprendí que no siempre hay que perseguir la novedad, que muchas veces se trata de encontrar aquello que uno jamás hubiera visto en otro lugar. En esta edición de Mar del Plata, no tengo dudas de afirmar que mi descubrimiento fueron las películas de Wolfgang Staudte, un prolífico director y guionista alemán de la posguerra. La retrospectiva de Staudte proyectó 12 impecables copias de 35 mm y fue curada por el carismático Olaf Möller, historiador y crítico de cine, que presentó cada película con muchísima información para poner en contexto al espectador.

El primer acercamiento a Staudte fue con Destination Death (1964), una comedia negra que cuenta la historia de un grupo de alemanes que integran un coro y quedan varados con su micro en un pueblito croata habitado por viudas que aún llevan el luto por sus maridos muertos en la guerra. La hostilidad de las mujeres con sus visitantes provoca que los alemanes tengan disputas internas y expongan cuál fue el rol de cada uno durante el nazismo. Los diálogos afilados, su puesta en escena elegante y la fuerte autocrítica a la sociedad alemana son las principales virtudes de esta película que todo el mundo debería conocer.

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Ins Grab kann man nichts mitnehmen (1941) significa algo así como “No se puede llevar nada a la tumba”. Es un corto simpático sobre un tipo que quiere suicidarse, hasta que llega un amigo a convencerlo de que lo haga, que lo mejor que puede hacer es morirse. Se proyectó junto a Los asesinos están entre nosotros (1946), la primera película alemana sobre el nazismo después de la guerra. Möller contó que este film inauguró el subgénero de “películas de los escombros”, donde las mujeres tenían un rol protagónico fuerte. Aquí tenemos a una mujer que regresa de un campo de concentración y encuentra que su casa está ocupada por un hombre que había sido médico en el Ejército. La mujer le da asilo y de a poco se construye una relación entre ambos. Sin embargo, ellos no son los únicos que volvieron de la guerra. También hay otros, que intentan pasar desapercibidos, pero tuvieron un papel crucial durante el nazismo. Es difícil pensar en una película así con el cadáver de Hitler todavía tibio. Se nota que a Staudte no le temblaba el pulso.

En la proyección de The Threepenny Opera (1963), una adaptación de una obra de teatro de Bertold Brecht, Möller contó las idas y vueltas que tuvo Staudte para lograr dirigir este film, que es una comedia musical en colores sobre ladrones, prostitutas y vendedores callejeros. A pesar de no tener la contundencia de las películas anteriores, The Threepenny Opera sirve para demostrar la versatilidad de Staudte y su oficio para llevar adelante un proyecto complicado.

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La última película que vi de Staudte se llama Leuchtfeuer (1954), que significa “Faro”. Möller la describió como “un ventilador prendido que tira mierda para todos lados”. Y no es para menos, porque es una de las historias más oscuras que recuerde. En un pueblito insular, el invierno está matando a sus habitantes. No pueden salir a comercializar sus productos ni a buscar comida. Ante la inminente catástrofe, a los isleños se les ocurre una solución drástica: que el encargado del faro, un hombre honesto y eficiente, deje de iluminar a los barcos que se acercan, para que alguno naufrague y evite que los isleños se mueran de hambre. La última media hora de Leuchtfeuer saca a relucir toda la maestría de Staudte, que narra con una tensión insoportable el desenlace de un conflicto humano que no puede tener salidas esperanzadoras.

MEZCOLANZA RETRO

Otra de las retrospectivas que pasaron por el festival fue la de Maya Deren, una de las pioneras del cine experimental. Se proyectaron en copias de 16 mm casi todos sus films. Sin dudas, su película más emblemática es Meshes of the Afternoon (1943), un corto que sirve de nexo entre Un perro andaluz, de Luis Buñuel, y Mulholland Drive, de David Lynch. Deren es la protagonista de ese corto y de At Land (1944), que sigue la línea del trabajo anterior, con un montaje innovador y un relato fragmentado, al igual que Ritual in Transfigured Time (1946). En los cortos A Study in Choreography for Camera (1945), Meditation on Violence (1949) y The Very Eye of Night (1958) se puede ver que Deren se aleja del cine más narrativo para sumergirse de lleno en su amor, la danza, porque los tres son ejercicios visuales sobre movimientos coreográficos.

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Tal vez la obra de Maya Deren haya influido a Toshio Matsumoto, director de la inclasificable Funeral Parade of Roses (1969). Podría decirse que es una relectura experimental de la tragedia de Edipo Rey, interpretada por drag queens japonesas, pero sería injusto reducirla solo a eso. En Funeral Parade of Roses conviven una mezcla de géneros. Es un documental, una comedia, una animación en stop motion. Pero, sobre todo, es un drama. Aunque en la superficie haya un actor con una barba falsa que se llama Guevara, se hagan chistes con Jonas Mekas (¡Monas Jekas!) y se filme un duelo entre chicas y drags, lo esencial en el film de Matsumoto se encuentra en los testimonios de los actores mirando a cámara, cuando cuentan por qué son gays y qué significa para ellos su orientación sexual. Esos momentos de honestidad brutal, genuinos y tiernos, son los más rupturistas de la película.

La proyección en 35 mm de La mamá y la puta (1973), de Jean Eustache, contó con la presencia de su protagonista, el mismísimo Jean Pierre Léaud. Después de contar que filmaron prácticamente sin retomas y que Eustache lo obligaba a aprenderse al pie de la letra largas líneas de diálogo, Léaud se retiró aplaudido y con toda la sala del teatro Colón de pie. Esto también ocurrió en las funciones de Los 400 golpes, Besos robados y La muerte de Luis XIV, porque su presencia caló hondo en el corazón del cinéfilo que poblaba las calles marplatenses. La mamá y la puta es una película inmensa, no solo porque dura tres horas y media, sino también porque es una de esas obras que quieren abarcarlo todo. En cualquiera de sus escenas es fácil encontrar una declaración de principios acerca de las relaciones humanas. El triángulo amoroso que interpretan Jean-Pierre Léaud, Françoise Lebrun y Bernadette Lafont transita por todos los estados anímicos posibles y es una lección cinematográfica sobre cómo se tiene que filmar el amor.

La restauración digital de Prisioneros de la tierra  (1939) es prácticamente perfecta. El proyecto se financió gracias a The Film Foundation, una organización creada por Martin Scorsese para preservar y restaurar cine de todo el mundo. Como nunca habían elegido una película argentina, llegó el pedido hacia el Museo del Cine, que eligió Prisioneros de la tierra no solo por su importancia para la historia del cine nacional, sino también porque solo quedaban tres copias en 16 mm. A partir de ese momento, empezaron a buscar copias en 35 mm por todas partes y encontraron dos: una en Praga y la otra en una cinemateca privada en Francia. Con todo ese material, y después de tres años de trabajo, se llegó a la copia que proyectaron en Mar del Plata. Si quieren saber más sobre la historia de la restauración, recomiendo esta excelente nota de Daniela Kozak.

Basada en cuentos de Horacio Quiroga, Prisioneros de la tierra es una película con una fuerza arrolladora, filmada en espacios naturales, que cuenta la vida (y la muerte) de un grupo de trabajadores rurales en Misiones. La historia es muy similar a la de Las aguas bajan turbias (1952), pero sin la unión laboral que produjo el peronismo. Si en el clásico de Hugo Del Carril hay un vestigio de esperanza para los trabajadores y para el amor, en Prisioneros de la tierra no hay posibilidades de escapar de la explotación y todo rastro de afecto termina sumergido en la tragedia.

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ONE OF US!

No iba a abandonar la crónica del festival sin mencionar a las medianoches cinéfilas del Ambassador 1. Las funciones de trasnoche son un clásico ineludible. No importa si uno ya vio siete películas en el día, si no ingirió comida alguna, si está borracho y apenas puede mantenerse en pie. No hay motivos para faltar a Hora Cero, la sección programada y presentada por Pablo Conde.

¿Qué hubo este año en las madrugadas marplatenses? Una de un policía medio loco que canta llorando en el funeral de su madre un tema de Bruce Springsteen, que también es el nombre de la película (Thunder Road), y una de chica superpoderosa y un papá sobreprotector (Freaks), que no tiene nada que ver con la de Tod Browning, pero sale de una licuadora entre un capítulo de La dimensión desconocida, los X-Men y Room (la del nene encerrado). La que sí tiene mucho que ver con Freaks es Chained for Life, que no estuvo en Hora Cero, pero sin dudas obtuvo su certificado honorífico. La segunda película de Aaron Schimberg fue una de las sorpresas del festival. Cine dentro del cine dentro del cine, diálogos filosos de un grupo de actores que remiten a la obra maestra de Browning y una dupla protagónica encantadora (Jess Weixler y Adam Pearson); estos son algunos de los motivos por los cuales quisiera verla de nuevo mientras escribo estas palabras. Ahora googleo su nombre y no encuentro el torrent. Volveré a intentar dentro en unos meses.

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Este va a ser el párrafo final, se los prometo. El texto se hizo muy largo, pero antes de terminar quiero decir que le di una segunda oportunidad a Mandy, pero tampoco me convenció en el cine; hasta diría que la reacción de la sala fue bastante más fría de lo que pensaba, pero no me crean demasiado (al que sí le encantó es a Marcelo, deberían investigar el texto apasionado que le dedicó a la dupla Cosmatos & Cage). También tenía ganas de contar que la pasé muy bien en la adaptación del manga Inuyashiki y en el musical de doppelgängers españolas Quién te cantará, así que podrían releer lo que Fabio escribió acá y acá. Por último, necesito aseverar que Prospect es una película chiquita de ciencia ficción que demuestra que con poco se puede hacer bastante, que BlacKkKlansman es una bomba y deberían fijarse si sobrevivió en la cartelera de algún cine, que Melissa McCarthy la rompe en Can You Ever Forgive Me? y va a ganar un Oscar, que Roi Soleil es una troleada divina de Albert Serra, que Ash Is Purest White es otro peliculón de Jia Zhangke y que los últimos tres títulos que mencioné no formaron parte de Hora Cero, pero no sabía dónde incluirlos en la crónica. Ojalá que el año que viene no haya que abuchear a nadie en la ceremonia de apertura, que no escondan los micrófonos en la entrega de premios, que no cambien a la directora ni a los programadores y que, ya que estamos pidiendo, el presidente del país sea otra persona. Ahora sí, a extrañar al festival hasta noviembre.

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