MANDY – EPOPEYA HEAVY METAL

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A menudo sucede que ante el inminente estreno de películas con más de una arista sugestiva, aparecen diferentes tipos de posibles espectadores. En el caso de Mandy podemos diferenciar como mínimo tres: el cinéfilo, que se interesa por las obras arriesgadas y experimentales que buscan romper los cánones del lenguaje académico, el enamorado de Nicolas Cage que lo banca y lo sigue a muerte, haga lo que haga –ya se trate de una obra maestra de culto o del peor cine clase b– y aquel que quedó hipnotizado con la ópera prima de Panos Cosmatos, Beyond the Black Rainbow (2010) –un delirio surrealista de terror lisérgico, oscuridad pop y grandilocuencia de bajo presupuesto– y quiere un poco más de esa droga.

Lo que no sucede tan a menudo es que la película deje conforme a todos los espectadores por igual.

Pues bien, Mandy lo logró. Y con creces.

Panos Cosmatos y Nicolas Cage se ganaron su parcela en el panteón del cine de culto del siglo XXI con una ópera heavy metal de acción y terror en formato anamórfico Panavision.

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No es fácil definir una película como Mandy. Si nos ponemos en simplistas podríamos decir que se trata de una historia de venganza alucinógena, un explotation clase-b con estilo, en que el protagonista recorre el clásico camino del héroe del monomito campbelliano –bañado en mucha, mucha sangre– hasta enfrentar al villano en una batalla final épica.

La realidad es que eso sería quedarnos solo en la superficie de una película con una arquitectura interior monolítica. Si nos detenemos acá, habremos llegado nada más que a la planta baja, el nivel cero de su construcción cinematográfica.

Pero en la 24 Cuadros no nos gustan las cosas fáciles, así que vamos a hurgar un poco más, hasta llegar a lo más hondo de una obra simple pero a la vez compleja. “Simplemente compleja” diría un fanático de los oxímoron.

Comencemos el descenso a las profundidades de Mandy.

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NIVEL 1. Subsuelo. EL CUENTO DE HADAS Y EL CULTO

Resulta que apenas escarbamos un poco más, encontramos los rastros de una película posmoderna, plagada de referencias y homenajes, pero que también juega con la historia y recurre a la ucronía; porque Mandy también se propone como un relato contrafáctico, en el cual un músico frustrado y su secta de fanáticos son asesinados por un vengador enfurecido.

Toda persona que no viva dentro de un termo oyó hablar de Charles Manson, el líder de The Family, la secta que formó a finales de los años 60 y con la cual conspiró para cometer al menos nueve asesinatos. Lo que no muchos saben es que Manson también era músico: supo codearse con algunos miembros de los Beach Boys –sobre todo con Dennis Wilson– e incluso se publicaron varios discos con sus canciones y sesiones de spoken word, el primero de ellos titulado LIE (1970), que salió a la venta mientras él era juzgado y contiene una canción –Cease To Exist– que ya había sido regrabada por los propios Beach Boys e incluida en su disco de 1969 llamado 20/20 y renombrada como Never Learn Not To Love.

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Según contó el propio Manson en el libro Manson in His Own Words (1988), llegó grabar algunas canciones junto a The Beach Boys en su propio estudio: “Yo estaba con Dennis en el estudio de grabación de su hermano, que era más grande que la mayoría de los estudios comerciales… hicimos una sesión, dejando alrededor de diez canciones”, algo que fue rotundamente negado por todos los integrantes del grupo, pero avalado por el ingeniero de sonido Stephen Desper.

La conexión y la frustración de Charles Manson con la música eran claras. El líder del culto estaba convencido de que se avecinaba un apocalipsis con guerra racial incluida –bautizado por él mismo como Helter Skelter, en referencia a la canción homónima de The Beatles– y quería utilizar las canciones para difundir su mensaje al mundo y acelerar el fin. La frustración de no poder grabar ese disco lo llevó, luego de una serie de espantosas coincidencias, hasta la mansión de la actriz Sharon Tate, donde el clan Manson asesinó en un espantoso ritual a la esposa de Polanski y a quienes la acompañaban.

1er. Intertítulo: The Shadow Mountains. 1983 A.D.

(Letras color celeste, suaves, llenas de brillo, tipografía como de cuento de hadas)

El primer acto de la película de Panos Cosmatos narra la idílica vida del leñador Red Miller (Nicolas Cage) y su amada Mandy Bloom (Andrea Riseborough) –ilustradora y cajera en una gasolinera– en su casa de ensueño, una especie de cabaña en medio del bosque entre las Montañas Sombra. Él es un hombre simple, rústico y taciturno; ella disfruta dibujar, leer libros de fantasía medieval y de tintes ocultistas y escuchar bandas heavy metal como Mötley Crüe o Black Sabbath. Pescan juntos en un lago hermoso, cenan mientras miran una película de ciencia ficción clase b. Viven su propio cuento de hadas moderno, simple y solitario. No necesitamos nada más para entender que su amor es mutuo y verdadero.

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2do. Intertítulo: Children of The New Dawn (Hijos del Nuevo Amanecer)

(Letras rojas, diabólicas. Tipografía filosa, amenazante)

Los problemas aparecen cuando Mandy se cruza con Jeremiah Sand (Linus Roache), el líder de una secta llamada Children of The New Dawn –clara referencia a la Hermetic Order of the Golden Dawn, fraternidad ocultista mágico-esotérica, fundada en Londres que tuvo miembros ilustres como H. G. Wells, Bram Stoker, Gustav Meyrink, Arthur Machen, William Yeats y el más sobresaliente de todos: el mago ceremonial Aleister Crowley, La gran Bestia 666–, mientras este viaja a bordo de una camioneta Van con su séquito de fanáticos.

A partir de ese momento, el líder visionario de Los hijos del nuevo amanecer –llamado Jeremiah, al igual que el profeta mayor hebreo, cuyo libro fue recopilado en el antiguo Testamento cristiano– se obsesiona con Mandy y la reclama suya.

Primer punto de giro: La secta de Jeremiah convoca a los Black Skulls, un grupo de motoristas oscuros que parecen salidos del propio infierno, para que los ayuden a reducir a Red y secuestrar a Mandy.

Una vez que la mujer es capturada y drogada con un LSD ultra poderoso mezclado con el veneno de una avispa gigante –todo en Mandy es excesivo, que quede claro–, Jeremiah se presenta ante ella y le cuenta, con grandilocuencia y teatralidad, quién es y qué quiere, en un excepcional soliloquio.

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Es en esta escena donde se devela la clara conexión entre Jeremiah y Charles Manson: “Hallo que Él me permite expresar ese amor de muchas formas, pero una de esas formar es la música. ¿Te gustan The Carpenters? A mí me parecen sensacionales, pero esto es aún mejor”, le dice a una Mandy en pleno viaje de ácido mientras hace sonar un vinilo con sus canciones folk piscodélicas. “Verás, yo estaba listo para estar junto a los “grandiosos”, pero esos idiotas no pudieron reconocer una luz dorada y radiante, aun cuando se proyectaba sobre ellos”. La equivalencia Mason/Beach Boys – Jeremiah/Carpenters salta a la vista.

“He sido bendecido con el placer de muchas mujeres, pero hay pocas que han tenido tu resplandor. Tú eres especial, Mandy. Yo también soy especial. Seamos especiales juntos”, dice Jeremiah en su mejor monólogo.

Veamos qué dice la letra de la canción más famosa de Charles Manson, la misma que grabaron los Beach Boys con otro nombre:

Linda chica, linda, linda chica
deja de existir
solo ven y di que me amas
renuncia a tu mundo
vamos, puedes hacerlo

Soy tu tipo, y puedo ver
caminas al andar
te amo, linda chica
mi vida es tuya
puedes tener mi mundo

La sumisión es un regalo
Ven y dáselo a tu hermano
Amor y comprensión
Es uno para el otro

Soy tu tipo, soy tu tipo
Yo soy tu hermano

https://www.youtube.com/watch?v=1ihTE5cxUCQ

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A esta altura ya no quedan dudas de que Jeremiah y los “hermanos” de la Children of The New Dawn son una caricatura de Charles Manson y The Family, gente que ya de por sí era bastante caricaturesca.

NIVEL 2. Segundo Subsuelo. EL SACRIFICIO Y EL PERIPLO DEL HÉROE

Pero Mandy no se deja engatusar por las palabras del líder del clan y se le ríe en la cara de forma cruel, lo que despierta primero la desesperación y luego el odio de Jeremiah.

Toda esta secuencia de viaje de LSD y ritual de cooptación sectario es narrada de forma magistral por Cosmatos, que utiliza filtros, sobreimpresión de imágenes, distorsión de las voces y enrarecimiento de la banda sonora, fundidos encadenados –como en las inquietantes imágenes donde mezcla la cara de Mandy con la de Jeremiah hasta transformarlos en un único y nuevo ser, a través del fundido encadenado–, sobre un montaje sumamente preciso, que logra generar disonancia cognitiva y una sensación altamente lisérgica en el espectador.

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Jeremiah, furioso porque esa mujer impía no lo aceptó como su amante, profeta y salvador, tomará venganza contra Mandy, pero antes hará sufrir a su pareja en una secuencia que se vale de algunos elementos de la mitología cristiana para dotar de dramatismo a la ejecución. Red no solo está afuera “crucificado”1, atado a un madero con una corona de espinas de alambre de púas alrededor de la boca, sino que también es herido en un costado del cuerpo por Jeremiah con la punta filosa de lo que el “hermano” Swan (Ned Dennehy) llama “la espada manchada del caballero pálido, directo de la guarida abismal”, que no es otra cosa que un émulo de la Lanza sagrada o Lanza de Longinos, un arma que se supone que quedó manchada para siempre con la sangre de Jesús luego de que un centurión romano –Longino– la utilizara para herir al Mesías en un costado de su cuerpo y así asegurarse de que estaba muerto.2

Red, crucificado y con una herida crística, observa con dolor e impotencia como queman a su amada. Para Jeremiah y su secta, Mandy es una rebelde pagana, una impía, una bruja que no confesó sus pecados, no quiso aceptar al verdadero Dios –Jeremiah, según la enfermiza cosmogonía de la secta– y tampoco se arrepintió, y como tal debe ser sometida al Malleus Maleficarum –el “Martillo de las Brujas” del que se valieron las mentes más enfermas y machistas del renacimiento para asesinar a miles de mujeres– en forma de fuego purificador que no entiende de razones.

“Entre más oscuridad haya en la puta, más resplandece la llama”, dice con placer el hermano Swan.

A partir de esta secuencia, la película se parte en dos: una primera mitad que narra una historia de amor relajada, con un ritmo lánguido pero necesario para crear el clima de la segunda mitad que, paulatinamente, comienza a oscurecerse hasta convertirse en una venganza que explota en hemoglobina, locura, gore y surrealismo violento y lisérgico, con un ritmo que casi no concede respiro. Si como espectadores sentimos empatía por el protagonista y todo su dolor y furia, es porque el ritmo de la narración y las imágenes propuestas por Cosmatos nos predispusieron para ello.

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Entonces le creemos a Red en el momento en que se rompe, aun cuando la imagen que estamos viendo es la de Nicolas Cage en calzoncillos mientras llora y traga una botella de vodka para mitigar el dolor. Consumida su alma por el mismo fuego que le quitó lo único que le importaba, la mujer que lo ataba a su forma “humana” de leñador feliz y manso, solo le queda volver a lo que suponemos que es su antigua –o más bien verdadera– forma: un guerrero vikingo, pagano y primordial, capaz de crear su propia arma de batalla y utilizar las drogas para convertirse en un semidios invencible.

Red visita a su amigo Caruthers (Bill Duke) para recuperar a “The Reaper” –una ballesta que Caruthers le guardaba en su tráiler–, como una parada obligatoria en el “periplo del héroe”, aceptando el arma y el conocimiento necesario para comprender los poderes oscuros a los que se enfrentará y continuar su camino.

Segundo punto de giro: Red decide vengar a sangre y fuego la muerte de Mandy, y para eso forja su propia arma mítica, mezcla de hacha nórdica y segadora, plateada, brillante y de estilo medieval, conocida como guja o glaive –casi idéntica a la que utiliza uno de los protagonistas de Krull (Peter Yates, 1983), película que el propio Cosmatos reconoce como una de sus influencias para Mandy–3, a la que parece imprimirle su propia alma para dotarla de poder místico y convertirla en canalizadora de su dolor.

COMIENZA LA ODISEA HEAVY METAL

3er. Intertítulo: Mandy

(Letras rojo furioso, tipografía espinosa, enrevesada, puro black metal nórdico)

Sin dudas, la estética de la película es un elemento clave –Benjamin Loeb fue el encargado de la fotografía, y se filmó con una cámara ARRI Alexa con lentes anamórficos, para lograr el tono visual adecuado– también a la hora de crear ese clima onírico, de irrealidad y pesadilla constante, de estado de conciencia alterado que no nos permite saber a ciencia cierta si esas Shadow Mountains donde todo transcurre es en realidad una tierra mitológica, un universo alternativo, un mundo post apocalíptico, o todo eso junto.

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Según reza el primer intertítulo, la película está ambientada en 1983, pero hay una amalgama entre elementos estéticos y sociales propios de los 80 (bandas, automotores, tecnología) pero también de finales de los 60 (la comuna hippie devenida en secta, la música del líder del culto, el neopaganismo estilo Wicca que se vislumbra sobre todo en Mandy).

El tercer intertítulo augura lo que vendrá a continuación a través de sus colores y su tipografía: letras cortantes, espinosas, casi ilegibles, un émulo de los logotipos de las bandas del metal más oscuro: black metal, brutal death metal, crust o grindcore/goregrind/pornogrind. Quizá la música más extrema y violenta en el mundo.

La película sufre una escalada de locura y ultraviolencia que no para de subir. Se suceden, una atrás de otra, batallas brutales y sangrientas. La coreografía de las peleas está a cargo de Ben Cooke, quien trabajó en la saga Bourne, entre otros, y algunos productores de Mandy también estuvieron involucrados en obras maestras de culto del cine de acción violento como The Raid (Gareth Evans) o Brawl in Cell Block 99 (S. Craig Zahler). Y todo eso se percibe, puntualmente a partir del segundo punto de giro. Hay una (mala) vibra increíble en cada golpe, cada hachazo, cada cabeza rodando, cada choque de sierras eléctricas.

Red derrota uno a uno a sus enemigos –lo que incluye una antológica batalla de sierras eléctricas– y pasa “niveles” como si fuese el personaje principal en un videojuego de plataformas, hasta llegar al corazón de la secta, la guarida en forma de iglesia de los Niños del nuevo amanecer, donde adoran a su profeta Jeremiah Sand. Es una noche negra, sin estrellas, y lo primero que encuentra Red al ingresar a la iglesia es una especie de biblia de tapas negras (recuerden: “Starless and bible black”). La arroja al suelo con desdén y se interna en una especie de refugio subterráneo en lo más profundo del edificio. Tal como lo hicieran Heracles y Orfeo, héroes de la mitología griega, Red –héroe de la mitología cosmatiana– desciende al infierno para enfrentar al Mal. Allí desafía al villano y lo derrota en una inolvidable escena con homenaje incluido al replicante Roy Batty (Rutger Hauer) de Blade Runner (Ridley Scott, 1982). Digno final para una epopeya mitológica.

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Antes de irse, Red prende fuego la iglesia con los cadáveres de Jeremiah y Mother Marlene (Olwen Fouéré) dentro. A su amada la quemaron porque no aceptó a Jeremiah como su dios, y Red los mató a ellos y quemó su Iglesia.

No hay nada más true norwegian black metal que una iglesia ardiendo. La tipografía del tercer intertítulo está plenamente justificada.

NIVEL 3. Tercer Subsuelo. LA DROGA COMO ELEMENTO CATALIZADOR

La droga es un elemento clave en la mitología creada por Cosmatos y en más de una ocasión el objeto que impulsa la narración. Es el factor fundamental por el cual la mayoría de los personajes actúa, avanza y modifica su personalidad y su realidad.

El LSD con poderes psicoactivos cuasi fantásticos creado por El Químico (Richard Brake) es lo que alimenta los delirios mesiánicos de Jeremiah Sand y le permite lavar el cerebro de sus fanáticos.

La misma droga es la que, según le cuenta Caruthers a Red, transformó a unos simples motoqueros en los Black Skulls4, una especie de psicópatas con fuerza sobrenatural, hambre de sangre humana y adicción por los alucinógenos: “Hay historias que cuentan que hubo un grupo de motoristas que trabajaban de repartidores para un fabricante de LSD. Le cayeron mal y les preparó un lote especial. No quedaron bien de la cabeza desde entonces”.

Lo que convierte a Red en un luchador mítico capaz de cargarse a toda la secta sin piedad es el mismo LSD ultraconcentrado. Luego de derrotar con algunas dificultades a los Black Skulls, prueba una gota de esa droga que no solo le produce visiones, sino que también lo transforma en un guerrero imparable, pura voluntad, insensible al dolor, psicótico y atemorizante, igual que los legendarios berserkers vikingos.5

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“Tú eres el guerrero enviado desde el ojo de la tormenta (…) Exudas una oscuridad cósmica”, le asegura El Químico a Red.

Pero aún hay más. Queda otro nivel por descender en lo que respecta a esta droga.

El súper LSD de El Químico no solo cambia a las personas y su percepción del entorno, el espacio y el tiempo, sino que también produce visiones y otorga otro tipo de poderes extraordinarios.

Todo aquel que se valga de la droga obtendrá el don de ver el futuro y tendrá revelaciones asombrosas.

Es lo que transformó a Jeremiah en un “profeta” y le mostró a Mandy un atisbo de lo que vendrá: “Veo a The Reaper, se acerca rápido”, le dice a Jeremiah en pleno viaje lisérgico, porque entendió que Red y su arma –The Reaper– la vengarán en el futuro. Por eso cuando Red prueba solo una gota del lote de los Black Skulls, tiene un viaje místico en el cual se le presenta la imagen de una especie de central radioeléctrica en medio del bosque, morada de El Químico, quien luego de chuparse el dedo lleno del LSD que él mismo preparó, no solo parece leer la mente de Red –¿telepatía?–, sino que también puede “ver” el sitio donde está ubicada la iglesia de Jeremiah, y se lo informa a Red.

¿Se puede disfrutar la película solo quedándose en su superficie, en la planta baja o nivel cero? Indudablemente. Mandy no deja de ser un explotation con diálogos insuperables, una epopeya fantástica y visceral que mezcla relatos de venganza, horror, gore, home invasion, sectas, y géneros varios llevados al paroxismo para el disfrute del espectador, al que no lo alcanzan las referencias, pero aún más para el cinéfilo que ve en Mandy rastros del mejor cine de Kenneth Anger –sobre todo Invocation of My Demon Brother (1969) y Lucifer Rising (1971)–, La montaña mágica de Jodorowsky, un clímax que remite al imponente final de la película de ciencia ficción neozelandesa The Quiet Earth (Geoff Murphy, 1985) y homenajes a Blade Runner, Hellraiser, Krull… y así podríamos estar toda la noche.

Tampoco puedo olvidarme de la impecable banda sonora a cargo del recientemente fallecido Jóhann Jóhannsson, y ese hermoso inicio con la canción Starless, de King Crimson.

Lo que inevitablemente me lleva a lo que creo que es el nivel más profundo de Mandy.

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ÚLTIMO NIVEL. El profundo abismo – LA MÚSICA

Para ser sincero, puede que este nivel exista en mi mente y en ningún otro lado. Es posible que solo sea producto de mi imaginación; una especie de apofenia –tendencia a ver patrones y conexiones en sucesos aleatorios y fenómenos no relacionados– temporal, causada por ver una y otra vez esta película y por mi fanatismo confeso hacia la banda del Rey Carmesí.

Queda a criterio del lector aceptar las teorías que siguen a continuación, o desecharlas como simples locuras sin sustento.

Mandy comienza con un epígrafe que dice: “Cuando muera entiérrenme profundamente, pon dos parlantes a mis pies, pon algunos auriculares alrededor de mi cabeza y que siga el rock and roll, cuando esté muerto”. La frase pertenece al asesino Douglas Roberts, y fueron las últimas palabras que pronunció antes de ser ejecutado el 20 de abril de 2005, en Texas. Resume el espíritu de la película, que más que una ópera rock podría definirse como una ópera doom o black metal.

Pero concentrémonos en Starless, la hermosa –y poderosa– canción de King Crimson que abre la película.

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Starless es el último tema del séptimo disco de Robert Fripp y compañía, llamado, al igual que el protagonista de la película, Red.

Red se llama también la canción que abre el disco.

La segunda canción se llama Fallen Angel (Ángel caído), y la siguiente One More Red Nightmare (Una pesadilla roja más). A partir del violento asesinato de Mandy, la película se siente como una extensa pesadilla bañada en luz roja.

La cuarta se titula Providence (Providencia, según la RAE: Disposición anticipada o prevención que mira o conduce al logro de un fin / Disposición que se toma en un lance sucedido, para componerlo o remediar el daño que pueda resultar).

Y la última canción es Starless, una obra maestra en sí misma. Recordemos que cuando Red llega a la iglesia de Jeremiah, lo hace bajo un cielo negro y sin estrellas, y lo primero que ve al ingresar es una especie de biblia negra (“Starless and bible black”, sin estrellas y biblia negra, es la frase que más se repite en la canción).

Seguramente, una de las imágenes más recordadas de la película será la expresión de locura de Nicolas Cage, solo en el auto, sonriéndole al fantasma de su amada sentada en el asiento del acompañante. Es el final de un viaje que arranca como una gran catarsis pero que solo le dejó vacío, un infierno de soledad lleno de espectros y demonios del pasado, recuerdos y dolor.

Cruel twisted smile
And the smile signals emptiness
For me

“Sonrisa retorcida y cruel, y la sonrisa indica vacío para mí”, dice el fragmento final de la letra de Starless.

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Mandy dura 2 horas (120 minutos). Starless dura 12 minutos. Si a cada minuto de Starless lo transformamos en el equivalente aproximado a 10 minutos de metraje, veremos que el ritmo de la canción (su calma, su caos, su violencia, sus pausas, su desenlace) concuerda con el ritmo de la película.

Los primeros 3 minutos de Starless son pura calma y poesía, igual que la primera media hora de Mandy. Apenas pasado el minuto 4, la canción comienza a oscurecerse lentamente y coincide con la secuencia del secuestro de Mandy y su intento de cooptación.

A partir del minuto 6 la batería hace presencia para darle fuerza al caos y la oscuridad que viene llegando (minuto 60 de la película, momento en que prenden fuego a Mandy). La canción sigue evolucionando en un clímax in crescendo, hasta enrarecerse y finalmente llegar a una ruptura melódica, disonante en apariencia y oscura en extremo, al igual las escenas de batalla de Red contra los Black Skulls.

Pasados los 9 minutos hay un pequeño momento de relajación que coincide con el break de Red mientras habla con El Químico en su guarida, y luego todo vuelve a explotar en caos y locura, al igual que en la batalla final de la película.

Hacia el minuto 11, la canción suena como una especie de épica triunfante y concuerda con el minuto 110 de la película, escena en la que, finalmente, el villano es derrotado.

Fade out.

Los créditos llegan en silencio. Solo se escucha el sonido de un viento leve. Después de esto no puede haber nada más.

STARLESS

Sundown dazzling day
Gold through my eyes
But my eyes turned within
Only see
Starless and bible black

Ice blue silver sky
Fades into grey
To a grey hope that oh years to be
Starless and bible black

Old friend charity
Cruel twisted smile
And the smile signals emptiness
For me
Starless and bible black

 

NOTAS:

1- Desde finales del siglo XVI se discute la forma del instrumento de ejecución de Jesús, normalmente llamado cruz. Dependiendo de la religión, la creencia y la interpretación de la Biblia y la historia, algunos creyentes –como por ejemplo los Testigos de Jehová– aseguran que Jesús en realidad yació en un madero (crux simplex), atado de pies y manos.
2- Se erigieron varios mitos alrededor de la Lanza de Longinos. El más famoso de ellos dice que por estar manchada con la sangre de Jesús, “quien la sostenga en sus manos, sostendrá, para bien o para mal, el destino del mundo”, y quien se separe de ella estará destinado a la derrota eterna. Se dice que personajes megalómanos como Carlomagno o Hitler estuvieron en su búsqueda, convencidos de que los poderes de la lanza los ayudarían a dominar el mundo.
3- En la película de Yates, “The Glaive” es un arma mística, una especie de estrella ninja gigante con dagas retráctiles, aunque en realidad una glaive (también llamada guja) es un arma mucho más similar a la utilizada por Torquil (Alun Armstrong) en Krull y por Red en Mandy.
4- Los Black Skulls parecen salidos directamente de algunas de las entregas de Hellraiser. Su aspecto, ropa y actitud –incluso el dualismo dolor/placer y el tipo de iluminación y los filtros de color azul que anticipan su llegada– son muy similares a los de los cenobitas creados por Clive Barker para su saga de terror.
5- Guerreros vikingos que combatían en trance, bajo el influjo de la amanita muscaria (hongo alucinógeno) o gracias a la ingesta del cornezuelo del centeno, presente en el pan de cerveza –ambos con alto contenido de ácido lisérgico–, lo que los volvía insensibles al dolor físico y los dotaba de una fuerza sobrehumana que atemorizaba a sus adversarios e incluso a sus propios compañeros de batalla.
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