Mumblecore: la Masia de la nueva industria

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¿Por qué el mumblecore?

¿Por qué una nota sobre el mumblecore en un especial que habla sobre una posible actualidad de la industria cinematográfica estadounidense? Estimo que algunos lectores pueden estar preguntándose esto. Siendo sincero, creo que la mayoría ni siquiera saber bien de qué estoy hablando. El mumblecore fue un género que tuvo un fugaz apogeo en los inicios del nuevo milenio y que hoy ya casi no existe por fuera de un circuito muy pequeño.

El interrogante aparece entonces como lógico: ¿por qué una nota sobre esto para hablar del Hollywood actual? A lo largo de la historia del cine uno puede observar cómo todos los movimientos marginales a la industria han hecho un camino bastante similar: aparecen, presentan una ruptura y tienen una suerte de popularidad. Luego la industria observa esto e intenta asimilar dicha ruptura dentro de su discurso. No es nuevo y no ocurre solo con el cine. Es la principal característica que ha hecho que el capitalismo sea el sistema político-social-económico que nos rige desde hace tantos años. Ni más ni menos que esa facilidad para incorporar, dotar de un nuevo sentido las rupturas e institucionalizarlas. El ejemplo más claro son las vanguardias surgidas a comienzos del siglo XX. Movimientos nacidos desde diferentes espacios y con intensiones diversas, pero que confluían en la necesidad de disputar un sentido estético y político en la representación hegemónica del arte y el iluminismo.

El surrealismo fue absorbido y pasó a representar el mundo de los sueños en las películas tradicionales, incluso el Giallo lo resignificó en los 70. Las películas sinfónicas fueron las pioneras de las formas más poéticas del documental y de las secuencias de montaje. El expresionismo alemán marcó la estética y la iluminación del primer cine de terror. Y así uno podría analizar cómo los nuevos cines en los 60 se industrializaron y formaron parte de la nueva representación del establishment en varias cinematografías alrededor del mundo, siendo la punta de lanza y el faro seguido por la generación del 70 que transformó Hollywood hace cincuenta años.

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El mumblecore fue la ruptura más grande que tuvo el cine norteamericano desde la llegada del digital como formato imperante para la realización de películas. Además, fue un movimiento nacido en los albores de la era de internet y las redes sociales. Tuvo una rápida expansión, generó lazos a lo largo de todo Estados Unidos entre directores, dramaturgos, guionistas, actores y actrices muy jóvenes que se nuclearon y en muy poco tiempo cosecharon un caudal significativo de películas. A su vez, este género recuperó muchos de los elementos del New American Cinema de los 60, quizá la forma cassavetiana sea la más reconocible allí, y los actualizó y resignificó, ofreciendo una versión actual de los conflictos cotidianos de la sociedad norteamericana que estaba muy ausente de las representaciones cinematográficas de la época. Toda esa experiencia sería luego llevada e incorporada a la industria cinematográfica y televisiva los años subsiguientes.

Parece paradójico pero este género marginal sea uno de los que más profesionales haya llevado a Hollywood en los últimos años, siendo el que más temáticas ha insertado en la narrativa actual de los dramas y las comedias norteamericanos. Incluso ha tenido vertientes como el llamado mumblegore, que aportaron a la transformación de la narrativa del cine de terror contemporáneo.

¿Qué es y cómo nace el mumblecore?

Como varias cosas que aparecen en la historia, el surgimiento del término mumblecore tiene algo de chiste y algunos elementos anecdóticos imposibles de chequear ciento por ciento. Según se cuenta, la primera vez que se acuñó el término fue en un bar en Austin, luego de las proyecciones de Mutual Appreciation (Andrew Bujalski), The Puffy Chair (Jay y Mark Duplass) y Kissing on The Mouth (Joe Swanberg) en el South by Southwest Film Festival (SXSW) del año 2005. Eric Masunaga, director de sonido de las películas de Bujalski, le dijo al realizador que las tres películas tenían en común que los personajes “murmuraban”, en inglés mumble, al hablar. De allí en más el resto es historia.

La explicación de por qué el mumblecore fue tan atractivo para los jóvenes cineastas no puede explicarse si no es a partir del advenimiento del cine digital y las cámaras hogareñas. Así como en la posguerra las cámaras de 16 mm que se habían desarrollado para registrar lo que ocurría en los campos de batalla fueron la tecnología de punta que llevó la praxis cinematográfica a las escuelas de cine y permitió la gestación de múltiples movimientos alternativos al sistema de estudios imperante, el video irrumpió en los 90 como la antesala de lo que luego se transformaría en esta sociedad de registro permanente en la que vivimos.

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La manera de obtener imágenes se simplificaba y los conocimientos técnicos para poder hacerlo también. A diferencia del formato analógico, no era necesario conocer los procedimientos técnicos y químicos de producción de la imagen para registrarla. No es obligatorio saber de sensibilidad, diafragma u obturación. Si uno apreta rec la cámara digital hace lo suyo, y sus funciones automáticas van improvisando sobre el modo en que se registra el material. Además, estos dispositivos grababan sonido directo sincrónico. El sueño de los padres registradores seriales de cumpleaños hecho realidad.

A lo anterior, también se le sumaba la posibilidad de editar con mayor facilidad. La imagen ya no se revelaba, se transcodificaba en un archivo digital y luego se editaba con softwares incipientes de edición, pero de manejo más sencillo que el de la tradicional moviola.

Para quienes estaban comenzando a hacer cine, la posibilidad de ensayar nunca había estado tan al alcance de la mano. Asimismo, para quienes poseían algunos conocimientos teóricos, el digital también ayudaba a lograr las propias producciones.

Si bien la explicación técnica es importante para entender el inicio de este movimiento, no es la única. La verdadera clave del mumblecore estaba en las temáticas que se lograban retratar. Historias protagonizadas por personas “reales”, con problemas “reales” y jóvenes que representaban conflictos en primera persona. Algo así como un resabio de la Generación X y un primer millennialismo que encontró en el video lo que otras generaciones buscaron en otras artes.

El cine de Hollywood venía un poco golpeado luego de casi estrellarse en los 80 con los delirios de la generación del 70. La idea de un cine cada vez más grande y espectacular, con menos libertades y riesgos artísticos que disminuyeran el éxito de la taquilla, se consolida en los 90. Menos realizadores, menos películas, pero más dinero al sistema de estrellas. El blockbuster que hoy son los superhéroes nació allí.

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Los festivales de cine intermedios vinieron a ocupar esa suerte de trinchera para las películas marginales. Además, cumplieron la función de nuclear a los cineastas nóveles y presentarlos ante los cazadores de talentos de la industria. Ese lobby se potenció y se mantiene hasta nuestros días. A su vez, los incipientes sistemas de distribución digital de películas y los mercados alternativos del VOD que aparecieron luego les dieron circulación y difusión a las obras gracias a internet.

Con ese panorama dentro del sistema de producción, con herramientas técnicas accesibles y frente a una cinematografía que olvidaba el drama intimista de personajes, el mumblecore apareció para reinterpretar y actualizar las consignas del New American Cinema de los 60. Gracias a los festivales de cine, los cineastas se conocieron, surgieron sociedades, y el movimiento proliferó y se retroalimentó durante 6 o 7 años. Eventualmente, desapareció como fenómeno más o menos popular y quedó relegado a cierta marginalidad en nuestros días.

El paso a la gran industria

Lo que explica que estemos hablando en este especial sobre el mumblecore son las características que definieron este movimiento y que le dieron un sustento durante sus años de esplendor. Las películas mumblecore se caracterizan por ser relatos más bien breves (entre 60 y 90 minutos), abordar conflictos mundanos y cotidianos (vínculos amorosos y familiares en la modernidad, el desempleo, el vacío postadolescente, etc.) y por plantear un abordaje dramático que tiene la interpretación y la construcción del personaje como elementos centrales de la narración.

Es un cine de actores, pero de performance medida. De tono medio. No es que los personajes sean muy completos o lo que conozcamos de ellos sea muy interesante. Es la forma en que se desarrolla el trabajo actoral lo que genera un vínculo y una empatía con los espectadores. Son películas muy rudimentarias, con una fotografía más bien modesta o nula y con un sonido aún más limitado. Solo pueden ser atractivas en la medida en que sus personajes sean frescos, humanos y expresen cierta cercanía con lo que los espectadores perciben y viven diariamente.

Los personajes mumblecore tenían los mismos problemas, las mismas preocupaciones por el futuro, las mismas inseguridades relacionales, y les gustaban las mismas bandas y las mismas cosas que a los espectadores a quienes se dirigían. Eso fue fundamental para una industria que buscaba hablarle a todo el mundo de la misma manera.

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Esta forma de trabajar fue a su vez muy importante para estimular y llamar la atención de toda una generación de jóvenes intérpretes que vieron en estas películas la posibilidad de plantear un nuevo paradigma de construcción de personaje. Los mismos directores de estas películas y sus amigos con frecuencia intervenían representando papeles en estas tramas. El ejemplo más paradigmático de esto quizá sea Hannah Take the Stairs (2007), una película dirigida por Joe Swanberg, escrita y protagonizada por Greta Gerwig, en la que actuaban Andrew Bujalski, Mark Duplass y Ry Russo-Young. Todos cineastas mumblecore.

Imagínense si a ese cúmulo de buenas intenciones se le agregara una buena cámara, un director de fotografía y un presupuesto modesto, pero considerablemente mayor a los escasos 5 mil o 10 mil dólares que costaban estos films.

A diferencia de otros movimientos, el mumblecore no pereció por la falta de interés en sus películas o por la ausencia de nuevos realizadores. Sus miembros (cineastas, actores, actrices, técnicos, etc.) fueron llevados a la industria cinematográfica y televisiva, siendo quienes determinaron el paradigma del drama de personajes intimista en el Hollywood actual. El esquema de producción y distribución de estas películas fue a su vez tomado como modelo para la producción futura.

En este mundo de plataformas y de una producción audiovisual que desborda por todos lados, el mumblecore y su esquema de producción fueron una respuesta barata, novedosa y con un manejo hábil de la narración cinematográfica que permitió aumentar la generación de contenido en poco tiempo.

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Repasemos algunos nombres:

Jay y Mark Duplass dieron el salto a dirigir películas de las llamadas “indies”, pero industriales con Cyrus y Jeff, Who Lives at Home. Ambas películas costaron entre los 7 y 7,5 millones dólares (para tener una idea, The Florida Project, de Sean Baker costó solo 2). Luego de eso los hermanos crearon y produjeron series para HBO (Togetherness, Room 104, On Tour with Asperger’s Are Us, Animals, etc.) y con su productora también desarrollan en la actualidad muchísimo contenido producido para o comprado para ser distribuido por Netflix (Wild Wild Country, Blue Jay, Paddleton, Horse Girl, Evil Genius, etc.).

Lena Dunham pegó el salto en 2012 con su primera película “indie” como guionista, pero con plata, Nobody Walks, y ese mismo año estrenó Girls en HBO. Esa serie duró seis temporadas, terminó en 2017 y fue, por ejemplo, una de las cosas que terminó de catapultar a Adam Driver a la fama absoluta. Tras el final de Girls, la actriz, guionista y directora desarrolló Camping, una serie a la que no le fue tan bien pero que estaba protagonizada por Jennifer Garner.

Ry Russo-Young, directora de Nobody Walks, dirigió algunas películas con mayor presupuesto y luego pasó a trabajar para las grandes cadenas de televisión y plataformas (Netflix, Starz, Hulu, etc.). Su última película, The Sun is Also a Star (2019), es un drama para adolescentes que costó 9 millones de dólares.

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Joe Swanberg, quizá el más prolífico dentro del movimiento, hizo muchas películas de escaso presupuesto hasta entrada la década pasada, pero todo cambió después de Drinking Buddies, una película que costó un millón de dólares y que estaba protagonizada por Olivia Wilde (en ese momento una joven promesa de House), Anna Kendrick (que ya había sido nominada al Óscar por Up in the Air) y Jake Johnson, actor que hoy es bastante conocido y que de allí en adelante sería una suerte de fetiche para el realizador. Para que se den una idea, esta película compitió en 2013 por el premio a mejor película de la Competencia Internacional en Mar del Plata, es decir, en un festival Clase A, en que los años subsiguientes se proyectaron películas como Moonlight, Jauja, El club o Aquarius (está bien, ese mismo año también estuvo en competencia la inenarrable Fantasmas de la ruta, de Campusano, pero bueno contemos solo las buenas). Después de Drinking Buddies, Swanberg realizó algunas películas más y desembarcó en Netflix para dirigir y generar nuevo contenido. En el monopolio rojo dirigió capítulos de Love (serie creada por, entre otros, Judd Apatow) y Soundtrack, y desarrolló la serie Easy, que todavía está vigente y que tuvo caras como Elizabeth Reaser, Zazie Beets y Dave Franco. Además, dirigió Win It All (2017), un film exclusivo para la plataforma.

Greta Gerwig quizá sea quien terminó siendo la cara más conocida de este movimiento. La actriz, nacida en Sacramento, estaba más decida a dedicarse a la dramaturgia que a la actuación y tenía poca experiencia cuando hizo una participación en LOL (2006), la segunda película de Joe Swanberg. Luego de eso participó en varios proyectos mumblecore y escribió, dirigió y protagonizó junto con Swanberg, quien era además su novio en ese momento, la película Nights and Weekends (2008). Ese mismo año Greta participó en films de Ti West y Ry Russo-Young. En 2010 vendría su primera colaboración con Noah Baumbach y el primer rol “indie” con plata de su carrera: Greenberg. Dos años más tarde, con Frances Ha, también de Baumbach, Greta tendría su primer protagónico importante. Lo curioso del film de Baumbach es que se trata de una película mumblecore más estilizada. Es decir, con una técnica mucho más cuidada, pero sin perder la frescura y la improvisación del género. Estos elementos serían los que luego Gerwig, ya como directora, llevaría a su oscarizado cine en Lady Bird (2017), que costó 10 millones de dólares, y con su versión de Little Women (2019), que costó 40 millones de dólares.

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Los casos de Andrew Bujalski y Aaron Katz quizá sean los más particulares, pero, si bien ninguno de ellos se volvió muy conocido fuera del circuito, ambos filmaron películas con más presupuesto, mucho más cuidadas y con alguna que otra estrellita del medio.

Bujalski, el padre de esta criatura, siempre tuvo un estilo mucho más dedicado y visual que el de sus colegas. Funny Ha Ha, Mutual Appreciation y Beeswax (2009) son sin dudas las películas más parecidas al cine de Cassavetes que tiene el movimiento, además de estar rodadas en 16 y 35 mm, lo que hace que la textura de la imagen sea diferente y se sienta mucho más cercana al cine independiente que conocemos. Luego de estas aventuras dirigió Computer Chess (2013), una película pequeña pero que le valió el reconocimiento en los grandes festivales internacionales. Luego hizo junto con la productora independiente Magnolia Results (2015), una comedia con Guy Pearce, Cobie Smulders y Kevin Corrigan –incluso Giovanni Ribisi tiene una pequeña participación–. En 2018 dirigió Support the Girls, una película protagonizada por Regina Hall y Haley Lu Richardson.

Katz por su lado luego de Dance Party, USA (2006) y Quiet City (2007) dirigió dos películas muy chiquitas pero bastante mejor filmadas, Cold Weather (2010) y Land Ho! (2014), y metió en 2019 Gemini, una “indie” con plata en la que actúan Zoë Kravitz, John Cho y Michelle Forbes.

Los tangenciales y los viejos que copiaron la estética

El éxito del mumblecore no se explica solo a partir de los miembros del movimiento que se insertaron en la industria y trasladaron esa manera de narrar a las grandes compañías y al cine de bajo costo. La frescura del movimiento también influyó en cineastas que venían de la producción analógica, tanto independiente como industrial, y que vieron en el digital una gran posibilidad de hacer películas más “financiables”. Al mismo tiempo, muchos cineastas que no eran ni se sentían mumblecore tomaron este modelo de producción y parte de su estética y lo insertaron en su narrativa. También la existencia de jóvenes técnicos en las películas que venían de participar en proyectos del género hizo lo suyo a la hora de profundizar ciertas estéticas visuales y sonoras.

Experimentados marginales como Larry Clark o Jon Jost exploraron el cine digital con muchas reminiscencias del mumblecore, y esto es lógico porque su manera de narrar ya tenía que ver con lo que este movimiento planteaba, siendo incluso preexistente. Marfa Girl (2012) de Clark y Comming to Terms (2013) de Jost son ejemplos más que notorios de esta mezcla.

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Pero no fueron solo los outsiders de siempre quienes encontraron en el mumblecore una manera de hacer películas. Gus Van Sant exploró de forma tangencial estos terrenos con Elephant (2003), Paranoid Park (2007) y Restless (2011).

James Ponsoldt y David Gordon Green hicieron películas por esa época, y la influencia del movimiento se puede apreciar. En el caso de Gordon Green en All the Real Girls, un film del 2003 con Paul Schneider y Zooey Deschanel, que transita varios de los caminos del mumblecore. Lo mismo ocurre con Off the Black (2006) y Smashed (2012), de Ponsoldt.

Cineastas como Drake Doremus, Barry Jenkins, Bob Byington, Sean Baker y Alex Ross Perry tienen también en sus inicios una trayectoria muy cercana con la manera de hacer cine del mumblecore y con el tono de estos relatos. Finalmente, Noah Baumbach quizá sea el principal cineasta que ha venido por fuera del movimiento y que lo ha reinterpretado para su propia filmografía.

Insisto, no quiero decir que todos estos cineastas hagan mumblecore ni mucho menos, sí creo que si uno contextualiza la producción de estos directores en el momento en el que este género se estaba iniciando y desarrollando, encontrará muchas cosas en común.

¿Qué pasa si le ponemos un poco terror al asunto?

Baghead (2008) fue la segunda película de los hermanos Duplass. Era un mumblecore “clásico”, en fílmico y un poquito más bonito, en el que cuatro actores se iban a pasar un fin de semana a una cabaña con la excusa de poder arrancar a escribir una película mumblecore luego de haber escuchado a un cineasta en la presentación de su película durante un festival de cine. La película escalaba hasta convertirse en algo de terror completamente inesperado para el género. Además, los Duplass hacían algo muy inteligente porque se animaban a reírse de ellos mismos y de la pose hipster que se enarbolaba sobre el movimiento.

Con Baghead nace lo que se dio en llamar mumblegore, un subgénero dentro del mumblecore, que exploraba el terror, o el denominado “thriller psicológico”, de bajo presupuesto.

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Es muy difícil hablar de un corpus de películas o de una suerte de movimiento muy definido, más bien son expresiones, la mayoría aventuras solistas, que lo que intentan es trabajar el terror desde lo cotidiano con los elementos tecnológicos y ciertas premisas del mumblecore. Cineastas como Ti West, los Duplass, Adam Wingard, E.L. Katz, Patrick Brice y el propio Joe Swanberg han hecho películas que suelen incluirse dentro de este subgénero, que encuentra como rasgo icónico algunas películas como Creep (2014) y Creep 2, su secuela de 2017, y las antologías de cortos de terror de las sagas V/H/S y The ABCs of Death.

Conclusión: ¿Qué le aporta esta gente a la nueva industria y a las plataformas?

Es imposible pensar el presente de la industria sin el mumblecore. La narrativa del cine de bajo costo estadounidense está asociada a este movimiento. Los cineastas que aparecen ahora, incluso haciendo películas más grandes, abrevan de ciertas premisas que fueron puestas en valor por este género a comienzos de siglo. La construcción de los personajes, la preocupación por la sexualidad, los vínculos, la familia, el miedo al mundo adulto, la música, todo está allí.

Resulta difícil contextualizar películas como Liberal Arts, Begin Again, Mid90s, Skate Kitchen o Columbus sin entender el aporte fundamental que ha hecho el mumblecore. Lo mismo ocurre con las series de las plataformas. Los nuevos dramas adolescentes (13 Reasons Why, Euphoria, Betty, Im Not Okay with This, Atypical, Sex Education, etc.) y la comedia actual (Love, Easy, Girls, Master of None) también abrevan de allí.

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El éxito del mumblecore no está entonces en lo logrado de su desarrollo, sino en la posibilidad de trasladar ciertos elementos de sus tópicos a la industria. La mayoría de las películas del género son difíciles de ver, muchas de ellas incluso no tienen nada para destacar. Así y todo, este estilo logró impulsar a jóvenes cineastas y también animó a filmar a las nuevas generaciones, demostrando que era posible hacer películas con lo que estaba a mano.

Por otro lado, los cineastas mumblecore también hicieron escuela al abrir todo un camino al interior de los festivales de cine para que los cineastas debutantes tuvieran difusión y posibilidades de crecer. Fue un círculo virtuoso de descubrimiento y proyección de talentos que aún continúa con cierta vigencia.

Resta pensar entonces si el movimiento tiene otro valor y si puede pensarse por fuera de esta noción de trampolín hacia otros modelos de producción más ambiciosos. Son pocos quienes se han quedado en ese nivel y son menos aún quienes han mantenido la inquietud de hacer estas películas del modo en el que se hacían hace 15 años. La mayoría cuando tuvo la oportunidad hizo otra cosa, a veces parecida, pero más ambiciosa. Lo que es imposible de negar es que son una generación que marcó la manera de contar historias en Estados Unidos. Lo único positivo que debe haber dejado el inefable mini-DV.

Esta y más notas en el próximo especial en PDF de la Revista 24 cuadros