Más que una mujer fantástica

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El cine chileno tiene profundas diferencias con la producción argentina. Mientras que en los últimos años la cifra de estrenos nacionales ha ido creciendo, superando desde el año 2011 las cien películas anuales de forma ininterrumpida[1], la factura trasandina, si bien es buena, no se ha acercado ni por asomo a ese número, presentando una cifra de films que no llegan ni a la mitad de las de nuestras latitudes.

Esta diferencia se agudiza también en los costos de producción y el presupuesto de las películas. Mientras que en Argentina los tanques y los filmes de presupuesto medio son la excepción a un cine que cada vez más se la rebusca con menos dinero, en Chile la mayoría de las películas son de costo medio y alto.

Son estos factores, aquí me permito especular, los que tienen una fuerte importancia al momento de posicionar el cine de estos dos países. Al tiempo que en Argentina la oferta es múltiple en temáticas, géneros y estilos, aparece muy reducida en cuanto a títulos “fuertes” insertados en los mercados internacionales. A su vez, la sobrecarga de títulos ha generado en algunos años una suerte de “hartazgo” en los sectores de élite de los festivales de cine. Recordar la famosa frase de Frémaux hace ya un tiempo: “El cine argentino se ha suicidado”[2]. El cine chileno, en cambio, con una óptica elitista y menos popular, ha apostado por realizar menos películas, de presupuesto medio o alto, con fuerte impacto en el exterior y que le permite a sus realizadores insertarse en la industria internacional.

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De este modo, mientras Szifron, Trapero o Campanella todavía luchan por una oportunidad en los grandes estudios norteamericanos, el camino ha sido mucho más fácil para Pablo Larraín y Sebastián Lelio, quienes rápidamente tuvieron su oportunidad.

Con esto no quiero que se malinterprete, la presencia Argentina es muy fuerte en todos los festivales de cine y entrega de premios. La situación que aquí observo es una suerte de estancamiento, posiblemente por nuestra propia pretensión, a ocupar otros lugares más centrales dentro de la industria. Tampoco es un juicio de valor al respecto, más bien es un esfuerzo por intentar comprender cierto fenómeno.

Por todo lo anterior es que no resulta sorpresivo encontrar en Una mujer fantástica una de las mejores y más exitosas películas del pasado año y una firme candidata a ganar el Oscar a mejor película extranjera en la próxima entrega de los premios de la Academia.

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Marina Vidal (Daniela Vega) es una joven trans que se gana la vida como mesera y cantando en algún que otro club nocturno. Su vida aparece despojada, en principio, de todo lo que asociaríamos a una historia que tenga como protagonista a una chica como ella: es feliz, tiene trabajo ordinario y una muy linda relación con su pareja Orlando (Francisco Reyes), quien parece quererla con mucha ternura. Marina no se prostituye, no abusa de drogas, ni vive en la marginalidad. Es sencillamente una persona de clase media, como cualquiera. O al menos así aparenta.

Este planteo inicial es el que usa Sebastián Lelio como punto de partida para complejizar un relato en el que explora las tensiones y los límites de la aceptación de las personas LGBTQ en nuestra sociedad.

Así, la aparente normalidad y aprobación con la que vive Marina se ve conmocionada ante la muerte de su pareja, que desencadena una serie de episodios donde de formas más o menos sutiles ella sufrirá distintos tipos de violencia: verbal, física, psicológica e institucional.

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El mayor mérito del realizador es la dignidad y el cariño con el que se ocupa de mostrar el raid de Marina. No la victimiza, pero no se abusa ni explota su dolor y condición. Hay un límite muy fino en el que la violencia hacia el personaje proviene de los otros pero no de la propia película. Para nuestros ojos Marina es una persona como cualquiera, sensible, con matices y profundidades, contradictoria. Su particularidad es el contexto (atravesar un duelo de un ser querido) y no su condición sexual.

A su vez, la narración es completamente cinematográfica. Con pasajes de una belleza visual envidiable,  que en muchos momentos recuerda a In The Mood For Love de Wong Kar-wai.

La película reflexiona, en definitiva, sobre los límites de la aceptación del otro. Está bien que se casen, está bien que trabajen y está bien que tengamos los mismos derechos. Ahora qué pasa cuando ese otro pasa a formar parte de mi cotidianidad, cuando se convierte en la pareja de mi padre muerto.

Tierna, compleja y sin ningún tipo de mirada condescendiente, Una mujer fantástica es también una película fantástica.

 

[1] Fuente http://www.cinenacional.com

[2] https://www.lanacion.com.ar/1453300-fremaux-en-el-ojo-de-la-tormenta

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