La casa de Papel: un fenómeno inexplicable

LACASADESTAQUE

Este es el texto más irresponsable que alguna vez haya escrito en la revista. Lo digo de movida, porque quiero que quede claro. No terminé de ver La casa de papel. Y no la terminé de ver porque me resultó un espanto. Ahora bien, como la están viendo todos, y esta es una página y revista que queremos que se lea, me veo en la obligación de escribir una reseña. Nuestros lectores de siempre ya lo saben: no somos haters. Pero, a veces, hacemos excepciones.

Hay furor por las series españolas en Argentina. De alguna manera es entendible. Se abocaron al melodrama de época, con producción cuidada. Así, Gran Hotel, Velvet y Las chicas del cable son increíblemente populares en Netflix, fenómeno que replica y hasta supera al de su país de origen. El melodrama es un género que la televisión de aire argentina fue descuidando. Los enlatados turcos y hasta coreanos ganaron lugar y ya no tenemos una Extraña dama, ni un Más allá del horizonte. Ese lugar fue ocupado por las producciones citadas en Netflix y los mencionados enlatados exóticos en la TV de aire. Las series españolas en el gigante de streaming pueden interesar más o menos al público, pero sin ninguna duda están facturados con una calidad superlativa, asunto no menor en el disfrute audiovisual. Se podrá cuestionar su guión: siempre fueron mal mirados los productos populares por las élites ilustradas que desprecian los géneros, pero jamás la altura con la que están ejecutados.

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En un segundo plano, se encuentran Bajo sospecha, un policial más bien clásico, protagonizado por el galán de Gran Hotel, Yon González y Merlí , que es catalana, pero como todavía no se han independizado, la ponemos en la misma bolsa. Estas dos no son melodramas y tienen estructuras de menos capítulos. Son, de alguna manera, series, mientras que Velvet y Gran Hotel son claramente telenovelas.

Y, finalmente, en este verano llegó La casa de papel. Soy consciente que es un furor, pero realmente no entiendo por qué. Creo que la razón principal es el momentum que viven las series españolas. Mucha gente, que no se acostumbra a los subtítulos y no le gusta la traducción, prefiere verlas en el idioma original. Más aún, hay muchas personas que no empatizan para nada con las series americanas, inglesas o nórdicas, y opta por relatos más cercanos a sus sensibilidades y cultura. El asunto es que justo se vienen enganchar con un relato que roba tanto a series y películas americanas que da vergüenza.

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Una banda de asaltantes entra a un lugar con mucho dinero y les pone a todos los rehenes mamelucos idénticos a los que tienen ellos. La película se llama Inside Man (El plan perfecto) y es de Spike Lee. Este robo descarado continúa con la trama de la policía afuera, la política y los servicios de inteligencia, tal como pasaba con Denzel Washington y Jodie Foster. Entre los rehenes hay una hija de una persona poderosa. Parece azaroso el hecho, pero no lo es, como pasó en la fallida serie Crisis, con Delmott Mulroney y Gillian Anderson, subtrama de la que se “homenajeo” este detalle en La casa de papel. Los asaltantes discuten sus nombres clave, otro calco, pero a Perros de la Calle. Los policías que quieren entrar a sangre y fuego, lugar común de cualquier heist movie (películas de robos) pueden venir desde El Negociador, pasando por Duro de Matar. Por supuesto, tenemos algo de Tarde de Perros en el plan de “opinión pública”, sazonado con una pizca de El cuarto poder (de Constantin Costa–Gavras con Dustin Hoffman y John Travolta).

Y porque no, si hablamos de mentes omnipresentes, que tienen calculado todo al detalle, en el papel del jefe calculador, aquí llamado “El profesor”, se nos viene a la mente Mario Santos, de Los Simuladores. Para los cínicos: Los simuladores tuvo su remake española. A su vez, también tenemos las máscaras de Dalí, que tienen un tufo tan intenso a las máscaras de Los Presidentes, de la banda de asaltantes de Punto Límite, que hay que ponerle Poett para dejar de olerlo. Finalmente, la reunión de asaltantes en los pupitres, se parece a la de Ronin (John Frankenheimer).

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Arriba de todas estas citas y homenajes –no me atrevo a hablar de robo porque acá tenemos onda y no le vamos a decir ladrones a quienes roban a otros ladrones- tenemos una voz en off tan mal escrita que causa molestia física. Y a Pedro Alonso, que había encarnado a un villano en Gran Hotel, repitiendo el papel como Berlín, siempre constipado y con tono de superioridad, que lo hace, francamente, difícil de soportar al hombre. Úrsula Corberó, como Tokio, es el sex relief de la serie, que subido al mandato que toda serie moderna tiene, después de Game of Thrones, debe mostrar atributos para delirio de la ciberplatea.

De movida se nota que la estructura alternara un presente del robo con flashbacks al entrenamiento. Inside Man hacía lo mismo, pero entre el robo y los interrogatorios. Las series confían, de Lost para adelante, en tener a disposición varias líneas temporales para profundizar el misterio y tener un escape visual.

Bueno, ya dije demasiado. Yo no soy de dar consejos, a nadie lo apuñalan en corazón ajeno. En lo particular, no pude soportar el recalentado de este guiso, la cantidad de citas, y sobre todo, lo intangible, la pretensión estética de NO ser, sino parecer algo.

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