Eastwood y la construcción de la Verdad: Análisis de “Banderas de Nuestros Padres” y “Cartas de Iwo Jima”

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(Originalmente publicada en el Nº 29 de la Revista 24 Cuadros)

 

Michel Foucault sostenía que la “Verdad”, entendida como un hecho empírico, no existía[1]. Explicaba que la esta era un discurso, es decir, una idea argüida desde una determinada posición de poder, que, una vez trasladada a la sociedad, adquiría verosimilitud.

Sin ahondar mucho más sobre esto, podemos evidenciar que desde esta perspectiva no existe una verdad única y total, lo que existen son ideas, percepciones de como los hechos han ocurrido y sobre ello ha de organizarse un discurso. Según el grado poder que detente quien organiza ese discurso, esa idea cobrará mayor o menor verosimilitud dentro de la sociedad y será aceptada como “verdad”.
De aquí entonces que la noción de “Verdad” aparece como algo dinámico en el tiempo y no estático. Lo que hoy es aceptado como “lo que realmente sucedió” en determinada época, puede modificarse en un futuro si es que otro discurso sobre el mismo hecho se instala en la sociedad reemplazando el anterior.

¿Qué es lo que tiene que ver esto con el cine Belíco? Muchísimo. A lo largo de la historia, y sobre todo con el boom del cine clásico norteamericano y el “American way of life” de los años 40’ y siguientes, Estados Unidos ha sido el propulsor de crear “Verdades” a través de diferentes elementos de la cultura y expresiones artísticas donde el cine no ha sido la excepción.  Fue y será el séptimo arte, quizá por su facilidad al acceso de las masas, una de las armas más importantes que los Estados han tenido para llevar adelante su propaganda política.

Dentro de esta noción es que aparece el cine Bélico como un punto central al momento de generar un discurso sobre los conflictos armados y también sobre la idea de nación[2]: ¿Cómo ocurrieron estos conflictos? ¿Por qué motivos? ¿Quiénes son los buenos? ¿Quiénes los malos? ¿Quién Ganó?

No puede ser otro más que Estados Unidos, principal protagonista del escenario bélico del siglo XX, quién dé la respuesta a través de diferentes elementos culturales, dentro de los cuales el cine jugará un papel preponderante. Teniendo esto  como objeto de estudio, es fácil identificar como la mirada (el discurso), ha cambiado a lo largo de los años (la “Verdad” cinematográfica sobre la guerra de Vietnam no ha sido la misma en sus comienzos, que luego de Apocalypse Now, sólo por poner un ejemplo).

Dentro de esta perspectiva resulta interesante analizar un hecho extraño en la historia del cine, como son las dos películas realizadas por Clint Eastwood: Flags of our Fathers y Letters From Iwo Jima. Ambos filmes presentan la particularidad de retratar las dos caras de una misma moneda que fue ese famoso enfrentamiento sobre el Océano Pacífico durante la segunda guerra mundial denominado “La batalla de Iwo Jima”.

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Eastwood plantea de movida algo bastante extraño y rara vez visto en la historia del cine, que es posicionarse para contar una historia desde ambos lados del enfrentamiento.

Esto, al margen de cualquier tipo de discurso que se construya a posteriori, implica un primer punto conflicto más que interesante que se basa en la empatía a generar entre el espectador y los protagonistas del relato. En un primer acercamiento, necesariamente, se rompe la noción de buenos y malos, y comienzan a aflorar los matices. Tanto los soldados de un lado como los del otro aparecen como individuos que pueden caernos mejor o peor pero con los cuales necesariamente es indispensable generar una cierta empatía para poder tolerar el film.

Lo anterior aparece entonces como una propia necesidad narrativa (y también espectatorial) ineludible. Aunque uno de los lados sea malísimamente malo, el espectador va a conectar con él y, en mayor o menor medida, lo comprenderá, sobre todo en el contexto de una narración tradicional.

Una vez mencionado este detalle, para nada menor, sí resulta de interés pasar a analizar concretamente, la mirada (el discurso) que Eastwood plasma sobre el conflicto.

En Flags Of Our Fathers, Eastwood se apoya fuertemente en la idea de cómo se construye la verdad a través del discurso hegemónico. El film narra a través de un racconto la historia de los tres soldados sobrevivientes que protagonizaron la mítica fotografía de Joe Rosenthal “Alzando la bandera en Iwo Jima”. Quienes, luego de que la imagen adquiere notoriedad, pasan a ser considerados el ícono de la victoria estadounidense en suelo japonés y una herramienta de marketing para el gobierno a la hora de buscar financiamiento para la guerra.

Basado en la novela homónima de James Bradley y Ron Powers, Eastwood propone un revisionismo acerca de como el gobierno de Estados Unidos creó una épica en relación a este suceso, y como la misma fue utilizada para sus propios fines. A su vez, repara en los conflictos y experiencias de sus protagonistas, antes, durante y después del enfrentamiento.

En la película se retrata la manera en que los funcionarios del gobierno aparecen desinteresados respecto de conocer cómo se desencadenaron los hechos, toda vez que sus esfuerzos están centrados en intentar generar un discurso acerca de la valentía de estos hombres, su aparente triunfo en suelo oriental y la necesidad que surge entonces para que la ciudadanía continúe apoyando económicamente la empresa bélica.

Si bien el relato no propone una mirada extremadamente crítica acerca de la figura de la guerra, sí es interesante observar como Eastwood  pone el foco en los personajes, sus experiencias y conflictos internos a partir de los episodios narrados. No aparece entonces una noción solemne de la guerra, sino más bien de los soldados, quienes son vistos como víctimas utilizadas por el aparato de poder del Estado y un discurso de la verdad generado por este.

En relación a este punto hay una escena memorable, donde uno de los soldados cae del barco que se dirige a Iwo jima, sus compañeros comienzan a bromear hasta que se dan cuenta que el barco sigue su curso ya que sus superiores tienen órdenes de no retrasarse en la llegada, con lo cual ese soldado morirá ahogado en medio de lo océano. Uno de los soldados pregunta ¿Qué pasó con eso de “ningún hombre es dejado atrás”? El resto lo mira y no puede responder. Hay allí una muestra de la ignorancia descubierta por un lado, como así  también de la mentira de un discurso estatal.

En Letters from Iwo Jima, Eastwood realiza un planteo similar. Toma como punto de partida el libro Picture Letters from Commander in Chief, compuesto por las cartas escritas por el general Tadamichi Kuribayashi durante la batalla Iwo Jima, para contrastar un discurso acerca del conflicto bélico. Si bien aquí hay una sutileza mucho mayor para retratar el engaño del Estado, por llamarlo de alguna manera, también se indaga sobre el desconocimiento de la sociedad respecto de lo que estaba ocurriendo con relación a la guerra.

A groso modo, el argumento nos cuenta la otra cara de la batalla a través de la historia de un grupo de soldados bajo las órdenes del general Kuribayashi (Ken Watanabe, en un papel brillante), que tienen como principal objetivo defender la Isla de la invasión norteamericana. Aquí, a diferencia de Flags of our Fathers, la estructura narrativa es un poco más imprecisa y no hay un racconto tan rígido, sino que más bien estamos en presencia una mayor cantidad de Flashbacks y secuencias un poco más complejas de ubicar en el tiempo (lo cual no va en detrimento de la película, sino todo lo contrario). En relación al tratamiento del conflicto, también hay una decisión realizativa de concentrarse en los personajes, sus conflictos como individuos y las relaciones humanas. Tampoco encontramos aquí una clara posición anti-bélica, considero que sería demasiado pretencioso pedirle eso a Clint Eastwood, pero al menos la guerra no es retratada como un espacio solemne, ni nada por el estilo. Surge entonces un elemento central de la película, que radica en plasmar los valores y la esencia de la cultura oriental; el sentido de la valentía, el honor y el respeto son elementos característicos de los personajes que observamos. O al menos ese el discurso que impone occidente respecto de la mirada sobre oriente.

A modo de conclusión se puede decir que, analizando ambas películas. se observan una serie de hechos a destacar:

  • En primer lugar, en ninguno de los dos films el porqué de la guerra aparece como un elemento a descifrar; a Eastwood no le interesa explicarnos cómo surge la guerra, quién tiene la culpa, y quiénes son los buenos; en algún punto lo que le interesa al realizador es mostrar a personas, comunes y corrientes, inmersas en el contexto bélico.
  • En segundo lugar, y con relación inmediata a lo anterior, no tenemos un posicionamiento a favor de ninguno de los dos lados, tampoco una visión moralista del conflicto, este sólo aparece dado.
  • En tercer y último lugar, Eastwood plantea una película sobre personas, ni buenas, ni malas, sólo personas, qué, inmersas dentro de una guerra, atraviesan situaciones traumáticas. De alguna forma esta doble visión pone al espectador en una situación en la cual los protagonistas de ambos films no son más que víctimas de un escenario dado.

Puede observarse entonces, sin caer en una visión anti-bélica, un cambio de discurso bastante significativo con relación a otras películas ambientadas en una época similar. Si comparamos este film con la superficial Pearl Harbor de Michael Bay, la diferencia es notable, sólo por citar un ejemplo.

[1] Entrevista a Michel Foucault de 1977,  publicada en el texto “Verdad y Poder”.

[2] Entendida como un grupo de elementos culturales que unen a los miembros que habitan un determinado territorio.

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