Reseña: House of Cards – Temporada 5

Para leer artículos anteriores de House of Cards ir a estos links:

– Temporada 4

– Sobre los sociópatas y Frank Underwood

 

Advertimos que esta reseña contiene SPOILERS.

El otro día, mientras íbamos a ayudar con una mudanza, discutíamos mi hermano y yo sobre el presente de la remake norteamericana de ese gran sleeper hit que fue la House of Cards británica. Siempre es medio idiota alabar el producto original por sobre la remake. Son, o terminan siendo, productos totalmente distintos con nacimientos similares, entonces la forma, suele buscar más una masturbación del ego que otra cosa: “The Office UK es mucho más divertida”, “la versión original de House of Cards es mil veces mejor”, “The Elementary es caca al lado de Sherlock”. Y así. El caso es que ver la versión original de House of Cards, filmada por momentos como una telenovela por sobre el gran enfoque que tiene la remake yankee llama a la comparación. E inevitablemente, podrían pensarlo, pero yo no podría comentar al respecto.

El Rey de Diamantes

En esa charla que manteníamos con mi hermano, ambos coincidíamos en algo: House of Cards no deja de ser entretenida nunca. Tiene un timing excepcional, un ritmo frenético, no en la trama que se desenvuelve con bastante parsimonia, sino en lo que le va pasando. Para el final de la temporada 5, la pareja presidencial (“el doble comando”) de Frank y Claire Underwood (Kevin Spacey y Robin Wright), ha timado, amenazado, insultado o seducido según la necesidad, o directamente asesinado a tanta gente que ya se transforma en una parodia. Se convierten en plot holes. Incluso, ellos, los personajes también de alguna manera reconocen esta realidad: “éste ya no nos sirve más y es un cabo suelto”. Cuando no se embarcan ellos mismos, Doug Stamper (Michael Kelly), al cual ya solo podemos asumir como cyborg a punto de aparecer en la franquicia Alien, asiente y hace la tarea. Es ridículo. El presidente de los EE.UU. tirando a la secretaria de estado por la escalera para evitar que vote en su juicio político en la secuencia más ridícula desde Dorne en “Game of Thrones”. La temporada esta llena de estos momentos que tiran muy abajo el puntaje general. Siempre supimos que “House of Cards” no era “The West Wing”, pero en este instante en particular es “Boss” pero con menos inteligencia en los guiones.

Entonces, termina siendo entretenida porque nos gusta el villano que compone Kevin Spacey que, aún con sus contratiempos, es el hijo in vitro de Karpov, Kasparov y Bobby Fisher embrionado en la panza de Judit Polgar. Por supuesto, Claire no se queda atrás, y en esta temporada saca a relucir sus propias armas.

 La Reina de Corazones

Y es donde más falla la serie. El triunfo de “House of Cards” se encuentra cuando el doble comando, aceitado, esta unido por la cadera para lograr sus objetivos. Ya habíamos presenciado peleas de la pareja durante las temporadas anteriores, y nunca dieron lugar a buenos pasajes. Han construido desde el guión una pareja tan extraña como querible para el público. Verlos separados persiguiendo sus propios e incompatibles objetivos no funciona para el público. Lógicamente sí funciona como disparador de situaciones e incluso como posible final en tanto hay dos o tres formas de “ganarles” a los Underwood. Una es la CIA. La segunda es Petrov. Y la tercera es la pelea marital. Si la idea es que la serie no dure mucho más (ojalá), probablemente se junten las tres razones y, como una ojiva nuclear, se termine el reinado del terror de los Underwood. Pero eso es pasto para otras vacas hoy por hoy.

Lo que nos atiene es la temporada 5, que fue, inobjetablemente mediocre, al nivel de la temporada 3. Gran parte de los capítulos nos ponen temporalmente en el medio de la elección presidencial, y espacialmente, en los búnkeres de Frank y de Conway (Joel Kinnaman) donde se dirimen las jugadas. Dos personajes toman relevancia. Mark Usher (el siempre útil Campbell Scott), el jefe de campaña de Conway que cambia capas a mitad de la temporada cuando su protegido empieza a mostrar señales de demencia, y Jane Davis (Patricia Clarkson que la recordaran por “Six Feet Under”), que empieza trabajando muy cerca de la secretaria de estado (Jayne Atkinson) pero luego demuestra tener una agenda propia y nunca se entiende para quién o qué está jugando.

Ambos personajes, Mark Usher y Jane Davis, parecen manejar de alguna manera a la pareja presidencial para sus propósitos personales y son los que le dan un poco de lustre a una temporada que ya tiene subplots estirados que no le importan a absolutamente nadie. Uno de ellos es el caso que el editor del Washington Herald quiere construir contra los Underwood que, sin duda, a los argentinos les tocara una fibra especial por lo mucho que se parece a eventos nacionales. Otra subtrama que por suerte llega a su fin, al menos momentáneamente, es la del escritor Tom Yates (Paul Sparks). Ojala no intenten revivirla de otra manera. Los escarceos amorosos de Frank y Claire con terceros son un pantano en el medio de la autopista. Nadie ve “House of Cards” para descubrir si Frank es efectivamente gay. Tampoco nadie lo ve por los asesinatos.

As de Nada

Lo peor de esta temporada de House of Cards es que no usaron la realidad para tocar temas importantes. Hace dos temporadas, en la vergonzosa temporada que se centraba en el presidente Petrov, todo el argumento tocaba fibras reales. La temporada no es buena porque la manera en que tocaron esos sensibles temas fue totalmente ridícula y fuera de tono.  Pero el enfoque era correcto en su génesis. Esta temporada podrían haber hecho un análisis del presente político convulsionado de EE.UU. Había una oportunidad ahí y decidieron dejarla de lado para mostrarnos a Claire enamorarse de un escritor en un subplot sin sentido, a Leann Harvey (Neve Campbell) ir y venir con miedo por su relación con el hacker; a Seth Grayson (Derek Cecil) como bola sin manija y sin ningún horizonte. Todos personajes que podrían haber tenido algún valor a la trama general pero que el guión los hace girar sobre su eje como calesitas durante trece estirados capítulos (otra vez Netflix).

En definitiva, sin duda “House of Cards” no es una MALA serie. Pero no debería ya aparecer en ninguna clase de “Top”. Parece mas un premio a su co-creador, David Fincher, y a su actor principal, Kevin Spacey, que algo que se hayan ganado por derecho propio.

Anuncios