Los límites de la tolerancia. Sobre los sociópatas y Frank Underwood.

La televisión desde finales de los 90 para acá estuvo poblada de sociópatas en los papeles protagónicos. No digo antihéroes: digo sociópatas.

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Tony Soprano fue uno de los primeros. Lo mejor de ese acto fundacional tenía que ver con que era autoconsciente. La Doctora Melfi, psiquiatra de Tony, se cuestionaba a sí misma y era cuestionada por su propio analista, por el hecho de tratar con un criminal violento que incluso pone en peligro su vida y su integridad física. La Doctora no podía dejar de recibirlo cada semana; sentía atracción por Tony, que no se manifiesta claramente en el plano amoroso, pero se le parece bastante. La psiquiatra éramos nosotros, observando como el Capo de la Mafia de New Jersey, un asesino, ladrón, estafador y proxeneta nos iba cayendo más y más simpático cada vez.

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Luego llegaron otros. En The Shield teníamos a Vic Mackey, policía de Los Angeles a cargo de una brigada ultra corrupta. Transas con narcos, brutalidad policíaca, asesinatos por conveniencia, y algunos por encargo. Vic Mackey es la maldita policía en todo su esplendor. Todo lo malo resumido en una sola persona. Y sin embargo, vimos decenas de capítulos, sufriendo por el peladito, rezando para que no lo pesquen.

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En Breaking Bad, Walter White fabrica metanfetamina. Es un hombre formado y un profesor de escuela. Él sabe que esas drogas terminan en los jóvenes que pueden ser sus alumnos. Sabe que serán consumidas por los marginados de la sociedad, perpetuando el ciclo de exclusión. Propulsado por su ambición, mata a diestra y siniestra, hasta ser el una figura mítica del hampa (say my name). Disfrutamos cada paso que da, descendiendo a las tinieblas.

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En Sons Of Anarchy, la familia Teller, Padrastro, Madre, hijo, y todos los muchachos, pasan del límite de sociópatas para ser diagnosticados directamente como psicópatas. La muerte y la tortura no son extrañas en estos personajes.

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Este breve recuento es sólo para decir que no es nuevo esto de la atracción de los espectadores por personajes más allá de cualquier restricción moral. Siempre nos gustaron los villanos. No era un paso tan alocado ponerlos de protagonistas y ver el mundo a través de sus ojos. Entenderlos, ver sus rasgos humanos. En la polémica Der Untergang (El hundimiento – 2004), el director Oliver Hirshbiegel humaniza nada menos que a Adolf Hitler, haciéndolo ver amable y cariñoso con su personal civil a cargo. Incluso, y en una decisión muy polémica, que le ha valido las críticas de Win Wenders, omite el momento de su muerte. No muestra su suicidio. Aclaremos que no tiene problema en mostrarnos como los Generales se vuelan la tapa de los sesos, o como Magda Goeebbels envenena a sus hijos. Pero al Fuhrer le da ese instante de dignidad. El código cinematográfico, establece una suerte de pacto: el héroe no muere en pantalla, para que en el imaginario siga vivo.

Nos han fascinado por años los sociópatas. Tal vez sea una cuestión del subconsciente, que estalla en endorfinas viendo a esta gente vengarse o reaccionar con violencia épica. Pulverizando a sus enemigos. No queremos ser como ellos – al menos los más sanos entre nosotros – pero nos gustaría tener su capacidad para atacar cuando nos acorralan. La fascinación, el gancho, el dulce, y aquí viene el truco, es que Tony Soprano, Vic Mackey. Walter White y Jax Teller saben quiénes son y que los motiva.  Tony Soprano se considera un soldado de la vieja casta. La Cosa Nostra “esto entre nosotros” es un pacto entre iguales, formando clanes y evitando que el mundo de los poderosos se los fagocite. Esto es lo que piensa Tony, que puede asesinar, pero no se considera un asesino, sino un soldado. No más culpable que un uniformado que presta servicio en una guerra. Lo que querría Tony es imposible, pero lo ambiciona: la vuelta al viejo orden. Vivir la vida de su padre y de su tío.

Vic Mackey quiere proveer a su familia. No le alcanza la plata. Tiene un hijo enfermo. El medioambiente en el que se maneja es de toxicidad extrema. Sabe que no puede salir de la calle. Es su naturaleza, no puede ir a un escritorio. Ese es uno de sus miedos. Pero entiende el código implícito: o transa o muere. Y es probable que el tiro venga desde la espalda, del arma de uno de sus compañeros. Entre víctima y victimario, elige lo último. Se necesita un héroe para no hacerlo. Él sabe que no lo es.

Walter White esta hipermotivado. No sólo necesita el dinero, sino que su masculinidad ha sido siempre opacada por la testosterona de otros machos alfa a su alrededor. Su cuñado, sus ex socios, y hasta los dueños del lavadero de autos donde trabaja para completar su sueldo de profesor de química. El cáncer que lo corroe es su propio resentimiento reprimido. Su mujer se le impone incluso físicamente. Walter White da el primer paso por necesidad, y el segundo por ego. Se transforma en otra persona, un ser mítico y terrible, que muta su físico y hasta pelea contra su cáncer.

Jax Teller nació en un mundo violento. No entiende otra forma de existencia, pero entiende, a partir de su paternidad, que no es la mejor vida posible, ni la que quiere para su hijo recién nacido. Quiere salir de esa lógica. Pero ¿cómo se sale de ahí cuando tu único conocimiento es la violencia?. Por supuesto, con violencia.

Tenemos a todos estos hijos de puta, y luego tenemos a Frank Underwood.

Una clase en sí misma.

House of Cards se las ha arreglado para contar 52 capítulos dándonos poco y nada de justificación. Cuentan con un recurso no muy usual: el protagonista mira a la pantalla y nos habla directamente, y sin embargo no nos deja entrever nada. Sabemos que Frank prefiere el poder al dinero. Dice claramente que elegir dinero sobre poder es un error. Ahí tenemos uno de los rasgos característicos. Lo que no sabemos muy bien es para qué diablos Frank quiere poder. El poder por el poder mismo es una frase usual, sobre todo en Argentina, pero en realidad es una simplificación. El poder al que aspira Frank es todo el que le es otorgado a un Presidente de Estados Unidos. La clase política tiene varias motivaciones: quieren ser queridos, admirados, ser recordados (el legado), respetados (la investidura), quieren permanecer en el juego por adicción al mismo. Los más bienintencionados quieren realizar algo perdurable y que ejerza un cambio en la sociedad. Pueden querer dinero, obviamente. Frank quiere ser temido. No como un medio, sino como un fin en sí mismo.

La serie, y el diseño del personaje, no nos muestran a Frank demasiado preocupado por darse un baño de masas. De hecho las desprecia. No quiere que nadie lo admire, ni sus colaboradores ni su staff. No demanda respeto, salvo cuando demanda temor reverencial. No quiere permanecer en el juego por siempre, por eso aspiró a la presidencia, que en EEUU tiene fecha de expiración sin posibilidad de vuelta al ruedo. No le interesa demasiado su legado, puesto que en realidad no se muestra ninguna acción de gobierno que no tenga que ver con una maniobra para permanecer en el poder. No lo mueve una pulsión por la conquista militar. No lo mueve el dinero. No tiene hijos, ni siquiera protegidos. Le importa muy poco el futuro.

Se lo muestra como homosexual, pero ambiguamente, ya que su pulsión por el poder le permite tener relaciones heterosexuales. No se llega a notar que el sexo sea en realidad una necesidad para Frank, ni un juego, ni un gusto. Sabe que, por su profesión, es más bien un riesgo.

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No sabemos realmente ni quien es, ni que quiere Frank Underwood. Sabemos a ciencia cierta que lo motiva el resentimiento. Viene de una familia que pasó penurias económicas, aunque se sabe que tuvieron una granja y NO la perdieron. Esa cuna sin abolengo lo motivó a subir por escalera política. Por eso, tal vez, se casó con Claire, millonaria texana, que lo financió en sus comienzos. Sabemos que decidió su asalto final hacia la presidencia por resentimiento hacia Garrett Walker, quien lo traicionó. Y tal vez ahí debería haber terminado la serie. Con Frank jurando en la Oficina Oval y pegándole al escritorio. Nadie sabe para qué carajos quiere Frank ser Presidente.

Esa falta, u opacidad, en la motivación, es lo que hace que House of Cards se me vuelva difícil de tolerar. Y eso es calculado. La serie está diseñada para que tengamos ese rechazo. Todo sucede en la asepsia más absoluta. Despachos, oficinas, habitaciones de hotel, de casas, que no parecer ser habitados por seres humanos. Son monstruos, vampiros, iluminados siempre por una luz fría, jugando eternamente entre el azul y el amarillo. El azul es el color más asociado con lo intelectual y menos con sensual. Tiende a generar inercia, pero cuando predomina, indica fría determinación. El amarillo es el color de la precaución. Los reptiles venenosos y los anfibios lo usan para ahuyentar a sus predadores. Está asociado con la deshonestidad. Es el color que más recordamos y, usualmente, el que más despreciamos. Estas características lo vinculan con la obsesión.

Las texturas, el mobiliario, todo parece recién comprado desde un catálogo, jamás usado. No hay decoraciones personales. Es difícil: no son personas. El ejemplo más cabal de esto es Claire, la coprotagonista. Cada tantos capítulos le permiten algo que no le permiten a Frank: mostrar un rasgo humano. Esto sirve solo para que luego se muestre tanto o más monstruosa que Frank. La frialdad con que Robin Wright interpreta a Claire es pasmosa. No se ha visto jamás un personaje así, mantenido por tanto tiempo. Nuevamente, Claire está siempre tan impecable que parece lista para entrar a un quirófano y operar a mano limpia, sin mancharse de sangre ni transmitir una bacteria.

Mientras Frank sufría su transformación final, todavía comía. Era el rasgo humanizante que los guionistas eligieron. Este rasgo estaba corrompido. Desayunar costillas de cerdo a la barbacoa era un exceso. Cuando se transformó, dejo de comer, salvo esas convenientemente asépticas manzanas cortadas en gajos, que come con el café a la mañana. Claire se permitió, una vez, una ensalada. Y era manipulación. Juntos, cada tanto, se fuman un cigarrillo. Uno sólo.

House of Cards es una serie singular. Basada en la homónima inglesa, carece del tono terrible aunque socarrón de esta. El Frank Urquhart inglés era siniestro, era un homicida, pero era una parodia autoconsciente. Frank Underwood es grave como la puesta en escena. Tal vez se nos escapa, por razones idiomáticas, las características del lenguaje de Underwood. Es una tonada del Sur profundo de Estados Unidos, tan particular y florida como podría ser la de un cordobés en Argentina. Imagínense que Frank Underwood habla, en equivalencias americanas, como Luis Juez. Disfruta y explota cada sílaba. Tal vez para oídos acostumbrados sea un rasgo importante. Urquhart en cambio tiene el elegante vocablo british “stiff upper lip”, que lo diferencia de la clase trabajadora. Es torie, es decir conservador.  Frank Underwood es demócrata. Pero solo porque tenía que ser de algún partido. A House of Cards no le importa decirnos en que cree Underwood. Según su particular filosofía, solo cree en el poder por el poder mismo.

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Les decía: esta serie se me vuelve intolerable. No porque sea mala, sino por lo difícil de disfrutar. La brutalidad de Underwood y la frialdad de Claire son una combinación violenta. La puesta, perfecta para esta intencionalidad, se vuelve más y más repulsiva. Arriesgo un final, ya que me parece muy claro.

Spoliers de 4 series aquí abajo.

De las series protagonizadas por sociópatas de las que les hablé, solo Breaking Bad termina más o menos como su protagonista ambicionaba. Walter White muere, pero su familia tiene el porvenir económico asegurado y su reputación como genio criminal, es decir su ego, permanecerá en la historia. Tony Soprano, en ese fundido a negro histórico, se nos presenta condenado a vivir con miedo, con angustia. Ese miedo es el miedo a morir, lo que lo llevo a analizarse desde el primer capítulo. Vic Mackey vivirá su peor pesadilla: estar sentado en un escritorio hasta su retiro, sin poder vivir la acción, que era su motor. Jax Teller será condenado por sus hermanos a morir en su ley, cuando solo quería escapar de ella. La paz con la que lo hace no le quita importancia al hecho de que todo salió mucho peor de lo que esperaba.

Frank Underwood terminará sus mandatos, al menos uno. Y luego se retirará como Ex Presidente. El cargo con menos importancia de la política. Un honor vacío, ceremonial, con relevancia nula, condenado a dar discursos en bibliotecas, viendo el juego desde afuera. Nunca sabremos que lo motivó, pero sabremos que sus años afuera del despacho serán la muerte en vida. El poder por el poder mismo, como siempre dicen, sólo es un triunfo si uno muere en el poder. Sino, el mundo de la gente de a pie te espera, con los brazos abiertos y los puños cerrados.

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