La vejez no solo está hecha de recuerdos

En la película de culto argentina Esperando la carroza (A. Doria, 1985), quien desenlaza el conflicto e inicia la trama es una vieja. La madre de la familia ha envejecido, tiene un claro deterioro cognitivo, no tiene ingresos propios, su casa ha quedado en manos de uno de sus hijos y lo único que genera ahora son problemas, molestia, estorbo. El humor negro, los diálogos perfectos y las interpretaciones memorables hacen que la tragedia se convierta en una de las mejores películas de nuestro cine; sin embargo, creo que a veces nos olvidamos de que el disparador de todo el cinismo, los secretos y demás malestares que salen a la luz es la vejez. Una película de mediados de la década del 80, en la que no se cuestionaba la mirada negativa sobre esta etapa de la vida que no desentonaba con el clima y pensamiento de la época. 

Hace algunos años Hollywood se dio cuenta de que las personas viven muchos más años, que muchas de ellas tienen buenos ingresos económicos y, por ende, pueden convertirse en nueva clientela para el mercado. Es así como hay un nuevo género cinematográfico dedicado a las personas mayores. 

Contando solo la filmografía de los últimos años de Nancy Meyers, Something’s Gotta Give (2003), It’s Complicated (2009) y The Intern (2015), tenemos varias comedias románticas que tienen como protagonistas a personas mayores (blancas, hetero-cis y de clase alta) que viven su vejez en plenitud, con deseos sexuales, románticos o de aventura, en plena actividad económica y con muchísima vitalidad. La serie Grace & Frankie le dio una vuelta más al ver que las personas mayores se habían apoderado del streaming también. 

Siempre se dice que Europa tiene una población envejecida, pues no es el único continente. De hecho, en América Latina ya manejamos números que indican que el porcentaje de personas mayores por sobre el total de la población ha aumentado considerablemente y seguirá aumentando según las proyecciones. Es más, no solo hay más personas mayores a nuestro alrededor, también viven más años. 

Estos datos nos invitan a reflexionar acerca de la vejez como ese proceso natural intrínseco de la vida y la forma en la que la incorporamos a nuestra realidad mientras aún somos jóvenes. Esto implica entender que hay muchas maneras de envejecer, habiendo factores que podemos manejar y otros que no, pero acaso con la certeza de que nuestros envejecimientos estén relacionados de alguna manera u otra a cómo fueron nuestras trayectorias. Desde esta perspectiva, Mamá Cora queda solo como uno de los tipos de envejecimiento, quizás el más desactualizado y seguramente el menos deseado. 

El cine nacional ha acompañado este cambio en la estructura de la población con una mirada interesante y variada. Puede que no con el mismo volumen (y astucia) que las producciones hollywoodenses, pero con guiones que incluyen a personas mayores que se mantienen activas, generan nuevos vínculos y viven aventuras cada tanto. El ejemplo más emblemático, si bien ya tiene sus años, es Elsa y Fred (M. Carnevale, 2005), en el que una mujer mayor anima a su vecino a vivir la vida más allá de los años. Por su parte, Campanella sumó en su filmografía algunas historias en las que lxs viejxs son algo más que el abuelo de la familia (aprovecho para remarcar que el abuelazgo es un rol social y no una condición que se adquiere de manera natural al envejecer). Si bien en El hijo de la novia (2001) el personaje de Norma Aleandro es una mujer mayor, con deterioro cognitivo, alojada en una residencia de larga estadía, su pareja (Héctor Alterio) no se resigna a dejar sueños sin cumplir a pesar de la edad y lucha para que puedan casarse tal como ella quería. En El cuento de las comadrejas (2019), el director reversiona el clásico de José Martínez Suárez y le acerca a esta generación una historia en la que lejos de mostrar a tres viejxs como víctimas, se exponen con toda astucia y malicia, si se quiere. En suma, esta industria no tiene una Nancy Meyers, pero hay algo flotando que renueva el aire de las representaciones de la vejez en nuestras pantallas. 

No obstante, en el catálogo de Cine.ar hay otro aire. Si bien hay una sección llamada Apta Mayores en la que se incluyen algunas ya clásicas representaciones de vejeces como Sol de Otoño (E. Mignogna, 1996) y El hijo de la novia, el resto de la lista está conformada por películas que, aunque tengan en su centro a personas mayores, no cuentan una historia actual, sino que están centradas en la trayectoria y el recuerdo. 

En la gerontología y psicogerontología se remarca la importancia de la reminiscencia como soporte de la identidad de las personas mayores. El hecho de recordar ayuda a mantener nuestra identidad y esencia a pesar del paso del tiempo, aceptando e integrando los cambios que eso trae. Si encima se trata de personas que han tenido peso en la comunidad general (o solo en una comunidad pequeña), el retrato de su trayectoria colabora en la identidad comunitaria, ayuda a entender el presente mirando hacia el pasado y quizás incluso a sanar heridas.

Sin embargo, siguiendo en la línea de la gerontología más reciente, para un envejecimiento saludable (en su concepción más amplia), más importante aún que la reminiscencia es mantener la actividad en todos los ámbitos, seguir construyendo nuevos proyectos, mantener y formar nuevos vínculos y desafiarse día a día, entre otros factores. En suma, gracias a los avances en los estudios que acompañan el envejecimiento de las poblaciones, hoy sabemos que esta etapa de la vida no solo está hecha de recuerdos, sino que puede (y debería) ser una etapa de creación y novedad. 

El catálogo de Cine.ar (además de aquella sección mencionada) está más inclinado hacia la reminiscencia que hacia la vida activa y creativa de lxs viejxs de nuestro país. Centrado en documentales biográficos, nos acerca películas como Soy lo que quise ser: historia de un joven de 90 (B. Casanova, M. Scarone, 2018) y Cine de pueblo (S. Hermida, 2015), en las que se homenajea a uno de los padres del cine nacional: José A. Martínez Suárez, mientras aún estaba con vida. Ambos retratos marcan su peso en la historia de nuestra cultura, manteniendo una mirada positiva sobre su presente, muy activo, por cierto. En ellos no solo hay pasado, sino un legado que permanecerá en quienes hoy son cineastas y, el hecho de que su trayectoria quede plasmada en dos documentales producidos con tanto cariño y respeto seguramente influirá en las próximas generaciones del rubro. 

Siguiendo con la línea de biopics que repasan historias de vida de personas que han influido en la historia del país, se incluye “Yvonne” (M. Rubino, 2018), en la que vemos un retrato de quien fuera compañera de Alice Domon y Léonie Duquet, las monjas detenidas y desaparecidas durante la última dictadura cívico-militar. Una historia que habla de su vida y de la de todo un país. Aquí el centro no está puesto en la vejez de la protagonista, sino en su historia y lo que tiene para contar de quienes hoy no están presentes. 

Lejos de la historia nacional pero cerca de la de una pequeña comunidad de familia, amistades y amantes del circo está Papelito (S. Giovenale, 2019). Un hombre común que nació con las habilidades necesarias para entretener al público y creó un circo a partir de la nada. El documental es biográfico de un señor desconocido para la mayoría, y también de todas aquellas personas a quienes convocó para su circo, muchas de las cuales continúan hoy con este arte que resiste gracias a ese trabajo artesanal muy alejado de espectáculos como el Cirque du Soleil. Quizás la reminiscencia en Papelito no tenga el foco en la persona sino en un oficio y un arte que se pasa de generación en generación a través de la experiencia misma. Un enfoque nostálgico que tampoco tiene la vejez como protagonista, sino que su protagonista simplemente ha envejecido. 

Un caso distinto es el de Flora no es un canto a la vida (I. Said, 2019), un documental biográfico de humor negro que incomoda, enternece y sorprende, al estilo Néstor Frenkel o, en este caso, al estilo Iair Said. Flora es una mujer muy mayor que habla tan solo de su muerte y sus padecimientos. El director es su sobrino-nieto y quien decide registrar lo que piensa que será el último tiempo de vida de su tía, con la mirada puesta en parte de su herencia, como punto de inicio pero que luego se irá tapando con una variedad de temas y preocupaciones que surgen a partir de este personaje entrañable que es Flora y el resto del entorno de Said. El foco en este documental es casi exclusivamente la vejez, la enfermedad y la muerte. Esa tríada que el budismo nos ayuda a recordar que es parte intrínseca de la vida y también maestra que ayuda a tener una visión más clara. En Flora… no hay tanta reminiscencia ni nostalgia sino más bien un vívido retrato de lo que significa atravesar los últimos años sin saber cuándo llegará el final, pero con la certeza de que vendrá. Lejos de ese envejecimiento saludable del que habla la última bibliografía de la gerontología, Flora nos muestra otra realidad; en este caso, el de una vejez con deterioro, pesar y padecimientos. Con descuido de la salud biológica y alejada de casi todo vínculo, excepto por el de este sobrino-nieto que se acerca para ayudarla con intereses un tanto espurios. Quizás esta sea la película del catálogo más real y que podría colaborar en una reflexión acerca de una de las formas de envejecer, aunque no sea el fin con el que se hizo. Una contracara de aquel envejecimiento ideal (si es que existe tal cosa) que mostraban Elsa y Fred o el mundo de Nancy Meyers, pero un retrato de este proceso al fin. 

Escondido entre los cortos, encontramos Vida nueva (L. Santa Ana, 2013), una historia breve en la que un hombre y una mujer mayores de 70 años que viven en el mismo edificio avizoran una oportunidad para generar nuevos vínculos a partir del festejo de fin de año. Otra vez, sin la sofisticación de Hollywood, se asoma algo que podría parecerse a una perspectiva más novedosa sobre la vejez. 

Un catálogo no tan prolífico en la temática y más centrado en la reminiscencia, algo en la nostalgia y poco foco en el nuevo paradigma de las teorías del envejecimiento saludable, activo y demás adjetivos positivos. Sin ánimos de hacer una crítica adversa a esta selección, quizás necesitemos más historias de vejeces activas y entusiastas en nuestras pantallas nacionales, habida cuenta de que existen quienes las están viviendo de esa manera, a pesar de los desafíos propios de hacerlo en un país con población envejecida sin una totalidad de políticas públicas y condiciones generales que acompañe este fenómeno de la mejor manera; al menos por ahora. 

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