Los ilusos #26: crotos, sí. Vagos, jamás

Hola, ¿cómo están? Espero que muy bien.

Esta semana debo confesar que la columna casi no sale. De hecho, amagué mucho entre martes, miércoles y jueves sobre qué escribir y para qué hacerlo. Esta revista no se caracteriza ni por la puntualidad ni por la rigurosidad de una línea editorial. Publicamos de todo y a todos/as. Algún día quizá deberíamos tener a alguna persona un poco más organizada gestionando esta yunta. De momento hay que conformarse con quien escribe.

El asunto es que ocurrieron varias cosas desde la última columna hasta el día de hoy. Por un lado la continuidad del BAFICI, festival del que no esperábamos mucho y que nos ha dado aun menos. Algo voy a decir sobre esto, pero solo a los efectos de corregir algunas de las recomendaciones de la semana pasada y aceitar otras. También pasó un nuevo 24 de marzo, una fecha un tanto especial para este país y que en lo personal me moviliza mucho. Pensé en tocar el tema, pero la verdad quería eludir algo clickbaitero del estilo “5 películas para pensar la dictadura”. Si bien rápidamente abandoné esa idea, hay algo que me gustaría dejar en claro sobre el tema, arrogándome la facultad de hablar también en nombre del director de La 24 y del resto de los y las redactores y redactoras: esta revista no admite ningún tipo de discusión posible con negacionistas. Si alguno/alguna que está leyendo esto siente un deseo inconmensurable de sumarse a las filas del impresentable de Gómez Centurión, deje de leernos. No nos interesa en lo más mínimo establecer un diálogo con ustedes.

Buscando sobre qué escribir aparecieron entonces algunos hilos posibles para que esta columna tuviese un poco de sentido. En primer lugar, algunas ideas vinculadas al estreno de la última película de la Liga de la Justicia y el corte de Zack Snyder; luego, algunas impresiones sobre el panorama del cine independiente nacional en el marco del BAFICI (con una que otra adenda a las recomendaciones); y, finalmente, esta vez sí, un libro.  

Previo a comenzar, lo mejor del BAFICI:

Novedades: Zack Snyder’s Justice League, ¿las películas son de quienes las hacen?

Bueno, finalmente se estrenó el corte de Zack Snyder de la Liga de la Justicia. La historia es conocida. El director estaba a cargo del desarrollo creativo y narrativo del universo extendido de las películas de DC. Luego del estreno de Batman V Superman y los problemas de producción que tuvo la película, la cosa se empezó a tensar y todo se fue bastante al chori con la producción de Escuadrón Suicida y luego Justice League. Tanto Snyder como la gente del estudio eran un poco obtusos para trabajar y había tironeos por todos lados. Una tragedia personal que sufrió el director, el suicidio de su hija adoptiva, fue utilizado como la excusa perfecta para correrlo del proceso final del rodaje de la película y su postproducción.

Aprovechando la salida de Snyder, el estudio llamó a Joss Whedon, otrora mente creativa detrás de las primeras dos películas de los Avengers en el Universo Marvel y que ya había participado en reescrituras del guion del film, para que rencausara el asunto, filmara unas escenas adicionales y cerrara la película.

Todo eso pasó y lo que vino después fue un fracaso absoluto, que llevó al estudio a recular en chancletas todos los planes que tenían para el futuro de la franquicia y a tomar un camino mucho más errático y confuso.

La salida de un nuevo corte de Batman V Superman, con 40 minutos más de duración, que contentaba muchísimo más al público y que hacía que la película tuviera muchísimo más sentido, y el moderado éxito que tuvo la primera película de Wonder Woman fueron la semilla que creció en un grupo de fanáticos, que bajo el hashtag #ReleasetheSnydercut empezaron a insistir en que el estudio le diera la posibilidad a Snyder de terminar su visión sobre ese primer gran arco argumental del universo cinematográfico de DC. Finalmente esto ocurrió gracias al lanzamiento de HBO MAX, la mega plataforma que nuclea a Warner y At&t, entre otras señales, que vieron un buen negocio en que el realizador de Watchmen pudiera finalizar su película y usarla como uno de los lanzamientos insignia de su servicio de streaming.

No me interesa en absoluto ponerme a discutir sobre la cantidad de encefalogramas planos rodeando las redes sociales discutiendo al respecto de si Snyder es Dios, si esta película es un triunfo de la democracia republicana mundial o si se trata de un renacimiento del “arte” como nunca antes fue visto por la humanidad. Vivimos en una sociedad muy cercana a la idiocracia. Yo me esfuerzo, muchas veces vanamente, por no ser un idiota más. Lo que sí creo que resulta interesante es pensar cómo juega, aún dentro de la propia industria cinematográfica, la importancia de un “autor”, en sentido muy amplio, a la hora de definir las producciones.

Por las dudas lo aclaro, considero que un autor es cualquier persona que se precie como tal. Por supuesto, es un término conflictivo. Desde los 60 a esta parte, el posestructuralismo y el estudio de la lingüística en el cine han intentado desterrarlo por completo, muchas veces con razón. El eje central de esta discusión, que quizá alguien más avezado en el estudio de la semiótica audiovisual o en la teoría fílmica pueda explicar mejor, está en el hecho de que es imposible que un cineasta tenga el control total de la construcción de sentido y discurso de su obra y, al mismo tiempo, de la forma en la que esa obra fílmica será leída por los espectadores.  Desde lo político, el destierro de los autorismos ayudaría también a bregar por un cine más “libre”, popular e impersonal.

Estas lecturas que, en mayor o menor grado, pueden ser correctas, resultan poco prácticas al momento de pensar la producción y el autoanálisis de la obra. Es ineludible que cada realizador tiene un tema que le interesa, rasgos distintivos y formas particulares de hacer una u otra cosa. Si el cine es un lenguaje, con capacidades de expresión propias y únicas, que hacen imposible volverlo una lengua, en parte es porque ese empleo de los signos siempre es muy particular y subjetivo. Incluso, en los niveles de producción altamente estandarizados y mecánicos.

En resumen, no existen dos personas que filmen igual un mismo guion, ni siquiera con un mismo guion técnico.

Por supuesto, esto último a la semiótica le importa poco y nada, porque no centra su estudio *solo* en la producción de las películas, sino más bien en su relación final con el espectador en contexto mucho más amplio. Pero es un factor ineludible al momento de buscar entender por qué las películas son como son.

El caso de Zack Snyder’s Justice League en parte prueba que quienes hacen las películas, los directores, siguen siendo quienes tienen el control creativo de la película y quienes manejan su desarrollo. Ese control creativo, como cualquier cosa en la vida, se puede ejercer a los gritos, con consensos, con muchísimos condicionamientos o con un alto grado de horizontalidad, lo que no puede es no ejercerse.

Sobre la película en sí, creo que vale la pena su visionado para quienes se sienten atraídos por el género. Todo se siente mucho más orgánico y está lejos de ser ese adefesio manipulado por un algoritmo que se estrenó en 2017. Se nota de verdad que detrás de la película hay alguien que la pensó, la preparó y la ejecutó. Por favor, esto no significa que ese pensamiento, preparación y ejecución sean buenos o destacables, solo quiere decir que están ahí y que eso es palpable.

A nivel trama hay aspectos importantes que se modifican. Muchas escenas que están puestas en otro orden y el uso del 1,33 tiene una razón de ser en términos compositivos y hasta productivos (rescaldados, trabajo de post, etc). Como lector de DC, me hubiese gustado ver cómo habría seguido el desarrollo de los personajes a partir de estas líneas argumentales presentadas por Snyder. A esta altura eso ya es anecdótico.

Por supuesto, las 4 horitas de puro Zack no vienen a salvar al cine, tampoco son la obra de arte definitiva del siglo XXI. No se emocionen.

Un poco de polémica no hace daño: ¿qué pasa en el cine independiente?

No quiero extenderme mucho aquí, no me interesa seguir hablando tanto del BAFICI, solo tocarlo tangencialmente. Discutiendo la programación con amigos/as llegamos a la conclusión de que esta edición del festival tiene un cierto profiling en clave “edición pandémica”, con muchas películas muy apresuradas, que parecen estar sin terminar y con bastantes defectos técnicos y narrativos. Se nota en las competencias, se nota en los cortos y se nota puntualmente en las películas nacionales.

Sobre los cortos, no diré nada. Ya escribí en su momento algo vinculado a la importancia de pensarlos con una poética y lógica propia.

El visionado un tanto apresurado de los materiales me llevó a pensar un poco y a preguntarme si el uso de medios de producción más accesibles no trajo aparejado como triste consecuencia un despojo cada vez mayor de las técnicas cinematográficas a la hora pensar y ejecutar una película.

Varias veces lo he dicho y lo he plasmado incluso en este espacio: la llegada del digital ha equilibrado mucho (no del todo) la balanza entre quienes históricamente podían acceder a hacer películas en la Argentina y quienes ni siquiera podían soñar con ello. Hubiese sido muy difícil en lo personal imaginar que podía hacer películas si no fuera por las cámaras DSRL. Este fenómeno no es nuevo, siendo generosos e incluyendo la tecnología HDV, tiene 20 años. Si queremos pensar en un estándar digital para el cine nacional, el número se rebaja a 10 o 12 años.

Valga la salvedad, por supuesto que el video se utiliza desde mediados del siglo pasado. No estoy hablando de sus orígenes, sino de su utilización en cine, y ni siquiera de los comienzos de esta utilización, sino del momento en el cual la calidad del registro fue “comparable” en términos técnicos y estéticos con el de la película.

Sabidas son las ventajas del trabajo con el digital: mayor capacidad de registro, mayor latitud (si es que se me permite el término), mayor manipulación del material, etc. También son conocidas sus desventajas: problemas para la preservación y las diferencias estéticas muy marcadas con la textura de la película. A esas desventajas le añadiría la posibilidad de que los procesos de trabajo redunden en una gran pérdida de rigurosidad al momento de encarar un rodaje.

Previo al digital, e incluso con sus primeras apariciones más populares para cine en forma de Betacam o Super VHS, el cine era aparatoso y poco maleable. Mover la cámara era muy difícil y además era necesario de cierta paciencia en el manejo del material negativo, ya sea para cargar o vaciar el chasis, por ejemplo. En el caso de  la cinta de video, había que cuidar que esta no se desmagnetice, entre otras yerbas.

Todas estas vicisitudes hacían del acto de filmar/grabar un proceso mucho más meticuloso y cuidado. Llevaba más tiempo establecerse, ubicar la cámara, buscar el encuadre y registrar. Esto era inherente a las propias características técnicas de los materiales. Insisto, incluso en los formatos más hogareños como el Super 8 o las 16mm portátiles, todo era más dificultoso que prender una canon y apretar el botón rojo.

En el número 34 de esta revista hay una nota que se llama “Todo por un franco”, la escribió Castaño y ahí repasa un poco cómo llegamos a este estadío del cine digital, pero sobre todo a una decisión estética respecto de cómo se resolvió emplear ese material para el cine. En un determinado momento, los estudios se sometieron a una disyuntiva: crear una nueva expresividad de la imagen a partir del video, o utilizarlo en una constante búsqueda de la emulación del look cinematográfico tal como era conocido hasta ese entonces. La elección fue obvia. Desde la forma en la que vienen configuradas las cámaras digitales, hasta los programas de edición, todo está pensado para darle continuidad digital a un mundo analógico que ya casi no existe. Podría haber sido diferente, pero no lo fue.    

Algo que me sorprendió del último BAFICI, presente en muchas ficciones pero sobre todo en los documentales, es la ausencia de algunos criterios básicos a la hora de pensar la puesta en escena cinematográfica. Ir a filmar todas las entrevistas importantes para tu película sin un trípode y sin una mínima noción de la puesta en cuadro, no es un criterio artístico o una búsqueda, tampoco una limitación presupuestaría. Es “vagancia”, desconocimiento y un total desprecio por lo que estás haciendo. No admite matices. En el mejor de los casos es ignorancia.

No hablamos de un escenario encontrado. Un suceso que ocurre una única vez y cuya importancia es tal que vale más un “mal” registro que un no-registro. Hago mención a situaciones controladas, que cualquier persona que haya tenido unos meses de educación cinematográfica debería saber cómo encarar.

Esta estética de la despreocupación, no es un postulado conceptual o político, es solamente la convicción incuestionable y axiomática de que algunas cosas ya no importan. En algún momento el cine independiente abrazó la idea de que no importan los fotómetros, los gráficos del histograma o los picos del vúmetro. Que un festival de cine lo celebre como lo ha hecho el BAFICI este año es desolador.

Pero no solo es desolador, es, a la vez, una contradicción insorteable por quienes se han pasado años y años cuestionando el modelo de la narratividad en el cine. Dado que, justamente, si se rechaza cualquier idea de trabajo expresivo con la imagen y el sonido, lo único que subyace es el relato. En cierto punto, parecieran ser los mejores alumnos del modelo narración que busca imponer Netflix y que tanto cuestionan.

Me parece importante que el acceso a los medios sea cada vez más irrestricto o, por lo menos, no tan limitado. Cualquier persona con una cámara debería poder hacer su película si así lo desea, pero esto no debería implicar un desconocimiento absoluto de cómo funciona el cine como lenguaje, en términos de Metz, y su capacidad de construir sentido a partir de la forma de trabajar y evocar los signos que hacen a su materia de expresión.

Hoy por hoy, acceder a una cámara es fácil. También lo es acceder a una computadora para editar. Igual de sencillo es exponer bien, conseguir un soporte para colocar la cámara y buscar una aceptable toma de sonido. Si nos limitamos a pensar lo contario, lo que hacemos es limitar las capacidades del cine independiente. A mí no me interesa eso.

Crotos, sí. Vagos, jamás.

¿Qué estoy leyendo? A propósito de Godard: conversaciones entre Harun Farocki y Kaja Silverman

Este libro editado por Caja Negra está compuesto por una serie de artículos en clave de diálogo entre Harun Farocki y Kaja Silverman, donde se encargan de analizar 8 films puntuales y estratégicos dentro de la filmografía de Jean-Luc Godard.

Vivir su vida (1962), El desprecio (1963), Alphaville (1965), Week-end (1967), Le Gai Savoir (1969), Numéro Deux (1975), Pasión (1981) y Nouvelle Vague (1990), integran la selección de películas elegidas por los autores.

Recomiendo muchísimo el acto de mirar las películas y luego leer los textos. Puede ser un gran ejercicio para quienes estén leyendo esto y no conozcan tanto a Godard y a Farocki. En un solo movimiento pueden darse el lujo de tener un pantallazo muy preciso sobre la obra del cineasta francés y, al mismo tiempo, leer al crítico alemán; para mí uno de los autores más interesantes del siglo pasado. Como siempre digo, me gusta muchísimo más el Farocki escritor que el Farocki cineasta.

Y bueno, eso fue todo. Antes de despedirme quisiera pedirles disculpas por haber puesto dentro de la lista de recomendadas para el festival Communists!. Como les dije, no había visto todas las películas, a esta le tenía fe y es una porquería. En el resto, creo que no la pifié tanto, más bien me siento orgulloso de mi lectura cruzada de la programación. Mi error garrafal tal vez haya sido no incorporar Responsabilidad empresarial como una de las películas obligatorias. Había visto 17 monumentos del mismo realizador y no me había gustado nada, nada. Creí que esta película podía ir por ese camino y, si bien en parte lo hace, es muy superior. De hecho, les diría que es justamente lo opuesto a lo que mencionaba más arriba: una puesta en escena mínima e inteligentísima, narrativa y expresiva a más no poder; lo que hace Jonathan Perel es notable. Si pueden verla en algún momento, no se la pierdan.

Iba a escribir algo sobre la película de Llinás, pero la verdad es que me dio un poco de fiaca la discusión. Me da la sensación de que hace falta menos literalidad y un poco más de profundidad para entender algunas referencias. Así y todo, mi principal problema con su largometraje no son los “mártires unitarios” o si Mariano, que me cae 20 puntos, es un gorilón empedernido. No considero que un concierto en un estudio, con un par de filminas de PowerPoint, constituyan una película. Pero bueno, yo no sé mucho de estas cosas.

Ahora sí, nos vemos la semana que viene en algún momento, o la próxima. Ya ni sé.  

Cuídense mucho.