Fourteen: el viejo mumblecore es el nuevo mumblecore

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Dan Sallitt es un crítico de cine estadounidense, bastante conocido se podría decir. Su trabajo más resonante en el último tiempo, por lo menos para mí, está asociado a la curaduría y la redacción de reseñas y artículos para la plataforma MUBI, el mejor reducto cinéfilo que nos dio internet en los últimos años.

Hace un tiempo no tan lejano, cuando escribía sobre Bacurau, de Kleber Mendonça Filho, mencionaba un poco la diferencia que existe en el acercamiento cinematográfico de quienes provienen del mundo teórico y quienes lo hacen desde la praxis o el oficio del cine. El caso de Sallitt, al contrario del de Mendonça Filho, respeta bastante esa tradición estereotipada del tipo de películas que suelen hacer los críticos, donde el relato y la interpretación son los generadores del hecho dramático por encima de la técnica y el trabajo de la imagen y el sonido.

Como decía también allí, esto se trata de una generalización y, como cualquier generalización, el análisis siempre es más complejo. Lo importante es entender cómo se organizan las ideas que luego se trasladan a la puesta en escena para lograr comprender por qué algo se ve y se siente de la forma en la que lo hace. En general, este tipo de acercamientos privilegian las acciones, las interpretaciones y cierta idea del tiempo cinematográfico en el plano por encima de una puesta en escena concentrada en el valor de la imagen. Son films que suelen renunciar a la idea de belleza audiovisual, con la finalidad de desnudar el cine y mostrarlo “tal cual es”, alejado de cualquier espectacularidad. Ojo, tampoco son películas de encuadre. La diferencia entre estas obras y un film de Tarkovsky, por ejemplo, pasa por la idea con la que se decide trabajar la imagen y el plano. Mientras que este último tiene una noción muy profunda y elaborada de la imagen, sus propiedades y del montaje interno en el cuadro, este otro tipo de cine renuncia de forma deliberada a la búsqueda de belleza para centrarse solo en los personajes y lo que les ocurre.

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Es un estilo de cine muy norteamericano y poco desarrollado en otras latitudes. Desde Jonas Mekas y su obsesión por convertir el lente de la cámara en el ojo humano, pasando por las reflexiones sobre las drogas psicotrópicas y los diversos argumentos filosóficos respecto de la visión humana, hasta el mumblecore del mini-dv de los inicios de los dos mil. Hay ahí casi una línea directa de pensamiento y una forma de hacer películas que ya tiene más o menos 60 años.

No vi el resto de las películas de Sallitt, tiene apenas un puñado, pero arriesgo saber por dónde viene la mano. De lo que sí vi, y mucho, es mumblecore. El género por excelencia del cine burgués progresista estadounidense que consiste justamente en poner a personas frente a cámara a sostener diálogos existencialistas y angustiantes, despreciando cualquier pretensión de abordaje técnico-expresivo de la imagen. Pareciera un insulto, pero no lo es. De hecho, estas películas me gustan mucho y no es curioso que de ellas hayan salido algunos de los mejores guionistas del cine norteamericano de los últimos años. El mumblecore no es tan fácil como parece, requiere de un profundo conocimiento de la actuación, de la interpretación y del hecho dramático. Son relatos que abordan por completo el famoso aquí y ahora, y que se vuelven efectivos en la medida en la que sus intérpretes convencen al espectador y lo introducen en la diégesis del film. Entrar en el mundo de una película como estas es difícil porque no hay nada que la sostenga. No hay fotografía, no hay sonido, no hay encuadre, no hay nada, solo un par de personas conversando.

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Desde hace unos años el mumblecore fue absorbido por el mainstream o por cierto sector cool de la industria hollywoodense. Jay y Mark Duplass, Greta Gerwig, Joe Swanberg, David Gordon Green o Sean Baker son solo algunos nombres que se me vienen a la cabeza. Cada vez hay menos de estas películas, han quedado relegadas al ámbito universitario, pero cada tanto alguna llega. Fourteen entra en esa línea.

El film se estrena esta semana en nuestro país en VOD como parte de la iniciativa Puentes de cine, un proyecto de la Asociación de Directores de Cine (PCI). Narra la historia de dos amigas, Mara (Tallie Medel) y Jo (Norma Kuhling), quienes a lo largo de una década van sufriendo altibajos en su relación y vínculo.

Mediante diferentes fragmentos de esta ventana de tiempo, el director nos introduce a las protagonistas y va dosificando la información para que el espectador logre comprender lo que ocurre. Especialmente con Jo y un trastorno en su personalidad que comienza a aflorar de manera gradual.

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El tono, el registro de las actuaciones y cierta forma de encuadrar son calcados al de un film mumblecore. Sallitt abandona cualquier pretensión de disimular el digital con el que está filmada la película y se concentra de manera muy concreta y directa en las acciones y los diálogos. Hay, de todos modos, alguna innovación en la técnica y en el trabajo de algunos aspectos cinematográficos. La fotografía es bastante cuidada, esto me llamó mucho la atención –tampoco es algo del otro mundo–, y también hay un uso un poco más expresivo en ciertos encuadres (alguito de trabajo de la perspectiva, la fuga y la profundidad de campo). El uso del tiempo y la forma en la que se articulan el paso de los años también es algo que no suele verse en este tipo de films.

En mi caso, este estilo de películas es de mi agrado. Si las actuaciones son buenas, logro entrar en el mundo de lo que plantea la película, y si los diálogos están bien escritos ya estoy hecho. Es el caso de Fourteen, un digno exponente del cine de críticos. Denle una chance si están buscando algo diferente.