Bacurau: hemos tomado una poderosa droga psicotrópica y usted va a morir

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Se podría decir de una forma muy simplista que se llega a hacer películas de dos formas. La primera es desde el oficio, o lo que podríamos llamar el cine propiamente dicho: se descubre el cine, se comienza a trabajar en producciones, finalmente uno termina haciendo su propia carrera profesional. La segunda es desde lo que llamaríamos “la academia”, personas provenientes de las ciencias sociales, la filosofía, otras artes y disciplinas similares o tangenciales que terminan haciendo películas. La diferencia a grandes rasgos que uno podría ver de acuerdo con cada uno de estos acercamientos está en la tensión entre el discurso y la técnica del lenguaje cinematográfico y cómo se articula o intenta balancear el desequilibrio entre esos aspectos.

A ojo de buen cubero, no estaría mal afirmar que las personas provenientes del oficio cinematográfico suelen hacer películas en las que la técnica prevalece al relato (entendido este último en términos dramáticos) y al discurso. Más que aquello que se cuenta o su decodificación, se trata de películas que ponen acento en la cámara, el montaje o el sonido; hay discurso claro que sí, pero es más una toma de posición frente a un tema que se expresa según cómo se elige filmar (cómo se encuadra, cómo se ilumina, cómo se escucha, cómo se usan los colores, las distintas formas de presentar a los personajes o los espacios, etc.) que una cuestión más elaborada con relación a qué ocurre en el devenir del relato. En cambio, quienes provienen de otras disciplinas suelen poner el acento más en la interpretación y en el hecho dramático que en la técnica. Por supuesto, esto no es definitivo, es solo un patrón que generalmente se repite.

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Kleber Mendonça Filho es una excepción a todo lo que dije antes. Periodista de profesión, su acercamiento al cine fue mediante la crítica cinematográfica, hizo cortos durante muchos años y recién de grande, a los 40 años, estrenó su primera película, Crítico (2008), un documental con diversas entrevistas a críticos y realizadores que filmó durante 8 años. El paso a la ficción llegó unos años después con O Som ao Redor (2012), película que recorrió muchísimos festivales y estuvo en la competencia internacional de Mar del Plata. Unos años más tarde, con Aquarius (2016), su obra maestra, Mendonça Filho alcanzaría altos niveles de popularidad internacional luego de ser nominado a la Palma de Oro en Cannes (de forma inexplicable la película quedó afuera de los Golden Globes y los Oscar de ese año). Es razonable con estos antecedentes que su próxima película fuera bastante esperada.

Bacurau es una apuesta inesperada. Un volantazo que no se venía venir. El realizador filma una suerte de western/película de explotación ambientada en un futuro cercano donde unos extranjeros se divierten haciendo desaparecer pueblos fantasmas del mapa. Es como Westworld, pero peor. No hay un parque de diversiones con robots, es la vida misma, donde una nueva forma de turismo implica pagar para ir a un pueblo diminuto que nadie va a extrañar y hacerlo desaparecer del mapa junto con sus habitantes.

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Bajo esta premisa, Mendonça Filho y Juliano Dornelles (asiduo colaborador del realizador que esta ocasión aparece como co-director) hacen algo maravilloso porque llevan adelante una puesta en valor del género y los códigos visuales de un cine considerado intelectualmente inferior en su momento, al mismo tiempo que realzan la fuerte pregnancia política y discursiva que tenían aquellos films. La película tiene entonces un doble mérito. En primer lugar, desde una observación de cinefilia, los directores traen al presente un estilo de cine poco estimado por “los intelectuales” de su momento y lo reivindican. Por otro lado, aprovechan ese tipo de relato para hacer una alegoría política de la situación de su país y un posible futuro cercano. Bacurau es el pequeño gigante, ese sector de la sociedad que Mendonça Filho y Dornelles entienden que resistirá y triunfará ante los embates de un mundo y un Brasil cada vez más esquizofrénico.

Quisiera detenerme un poco más en esto último y remarcar algo excelente que sucede en la película. Cuando se retrata el punto de vista hay una decisión consciente de transformar al pueblo en su totalidad en el protagonista del relato. A lo largo de la película los antagonistas están marcados y evidenciados pero los protagonistas, en cambio, aparecen representados de forma colectiva.

Es necesario subrayar el gran trabajo de Sonia Braga quien, ya con sus últimos cartuchos, se da el lujo de componer uno de los grandes papeles secundarios de su carrera. No quiero adelantar nada más. Si les gusta el cine, pero si de verdad les gusta el cine, deben ver Bacurau. Es de esas películas que además de tener un discurso propio, y en este caso uno muy claro y contundente, habla de otras películas y abre puertas para descubrir más cine.

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Sí, es cierto que se trata de una película más errática y menos clara que Aquarius, eso es innegable. Pero su mérito radica en la destreza que muestran Mendonça Filho y Dornelles para tomar riesgos, convertirse, en el caso del primero, en un cineasta diferente, diría único, y combinar lo mejor de ambos campos: el discurso y la técnica. Alguien capaz de alcanzar algo así tiene mi admiración absoluta.

Insisto: vean esta película. Incluso si están bajo el efecto de alguna droga psicotrópica como sus protagonistas.