Joker: ponerle una carita feliz a Hollywood.

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A principios de 2018 comenzó a circular por internet una noticia bastante llamativa. Warner estaba preparando una película basada en el Joker. Muchas especulaciones giraban en torno al proyecto: ¿protagonizaba Jared Leto?, ¿era canon?, ¿suponía una continuación directa de Escuadrón suicida?

Con el correr de los días varias cosas se fueron dilucidando. La película era un proyecto personal que Todd Phillips (The Hangover, Old School) le acercó al estudio con el aval de Martin Scorsese y que no tenía nada que ver con el DCEU. Más tarde se confirmó el protagónico: Joaquin Phoenix interpretaría al Joker en una historia del origen de personaje.

Si esto podía funcionar o era una nueva estafa, la verdad que no estaba claro. El primer pensamiento lógico al escuchar sobre el proyecto era que se trataba de una película innecesaria, un manotazo de ahogado de un estudio que había querido hacer en muy pocos años lo que a Marvel, su eterno competidor, le llevó diez.

Las primeras imágenes que se filtraron del rodaje ilusionaban. Las decisiones estéticas sobre la caracterización del personaje, la ambientación de Gotham y los pocos detalles sobre el argumento hacían pensar que no todo estaba perdido. Sin embargo, cuando se trata de DC uno nunca puede confiarse, recordemos aquel tráiler de Escuadrón suicida que nos hacía pensar que veríamos una obra maestra.

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La esperanza aumentó a medida que salía más footage del film y con los primeros comentarios sobre la película que filtró la prensa. Al fin y al cabo había motivos para tener una expectativa alta, Scorsese estaba detrás, Phoenix es uno de los mejores actores de su generación y Todd Phillips es un artesano del cine (muy subestimado, incluso por quien escribe, como todos los directores de comedias).

La selección de la película en la competencia oficial de la Biennale di Venezia, el posterior primer premio (el León de Oro) en la sección más importante del festival y las palabras de los críticos y los jurados despejaron cualquier duda, Joker era cosa seria. Y es verdad, es una gran película. Anacrónica, casi impensada para una industria decidida a abandonar las producciones de costo medio, esas que hicieron a Hollywood grande en los 70 y que lo sostuvieron cuando Michael Cimino casi lo rompe con Heaven’s Gate.

Esta comparación no es caprichosa. El mismo Phillips reconoció el homenaje y su devoción por ese New Hollywood de los 70, no en vano la figura de Scorsese rodea con un aura de su primera filmografía varias escenas de Joker. Las citas a The King of Comedy, Taxi Driver o Mean Streets están ahí, latentes. También se podría mencionar a Network o The French Connection como referencias de una película que viene a reivindicar una época dorada que ya no existe más.

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La cercanía de la película de Phillips con estas obras no es solo audiovisual o estilística, también es temática. Las películas del New Hollywood tenían un fuerte anclaje sociopolítico. Ubicadas sobre el final de la guerra de Vietnam y en plena Guerra Fría, los cineastas de aquel entonces reflexionaban sobre el miedo al futuro, el devenir de una sociedad empobrecida y enfermiza por las secuelas de los conflictos bélicos y el rol de los medios de comunicación. Hoy, a más de cuarenta años, muchos de esos conflictos siguen vigentes o se han recrudecido en los Estados Unidos. El caso de Detroit o, como la llama nuestro director, la ciudad muerta, es emblemático en este sentido.

Al momento de entregarle el León de Oro, la presidenta del jurado, Lucrecia Martel, dijo sobre el film: «Me parece remarcable que una industria que se preocupa por los negocios tomara el riesgo de hacer esta película, hecha para la taquilla pero que es una reflexión sobre los antihéroes y en donde el enemigo no es un hombre, es el sistema».

Y es cierto. Joker es una película arriesgada. Con decisión de plantear ciertas líneas de pensamiento sobre diversos tópicos. Utilitarista, al tomar un personaje icónico de la cultura pop y ponerlo al servicio de una trama que lo usa de excusa para explicarnos a un sujeto que, una vez abandonado por las instituciones, decide destruirlas. Por otro lado, también está nutrida de una incorrección política palpable para los tiempos que corren, la decisión de utilizar Rock & Roll part 2, la famosa de canción de Gary Glitter, condenado por pedofilia y abuso sexual, no es para nada un detalle.

Entrando de lleno en la película Phillips elige ponerle un nombre al villano. Nuestro protagonista se llama Arthur Fleck, es una persona pobre de Gotham que tiene un trabajo en una compañía de payasos donde realiza diferentes tareas. Producto de diversas situaciones traumáticas, Arthur sufre de síndrome Pseudobulbar, un padecimiento que le provoca risa o llanto de manera espontánea sin poder controlarlo.

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Con esta premisa, Phillips nos muestra a lo largo de la película cómo el personaje se va rompiendo lentamente. Casi todas las personas que interactúan con Arthur, sean sus afectos o compañeros de trabajo, presentan un completo desinterés en entender qué le ocurre; las instituciones en las que busca contención lo expulsan y el resto de la sociedad o lo ignora o lo agrede.

La película en este sentido no pretende justificar al personaje o generar cierta empatía, más bien busca comprender cómo un personaje de estas características se puede formar a partir de ciertos elementos que son cotidianos y distintivos de nuestra sociedad actual. Si bien la película parece estar situada a comienzos de los 80, la forma en la que se aborda la historia presenta una vigencia absoluta. A su vez, la decisión estética y narrativa de situar al personaje como un hombre común y corriente ayuda a que sea más dificultoso generar una separación entre lo que vemos y algo que podría ocurrir en la vida diaria, se le quita (salvo en algunos pasajes muy determinados) la espectacularidad al personaje y esto nos obliga a pensar en lo que estamos viendo. Por otro lado, sin querer spoilear, la película plantea con mucha naturalidad cierta ambigüedad en la trama respecto a qué hechos ocurrieron o cómo ocurrieron que la vuelve más interesante, especialmente si se la observa a la luz de la escena final.

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Visualmente el trabajo de Lawrence Sher es increíble. Lo que hace con el manejo de los contraluces y el juego de las luces de interior/exterior es maravilloso. Lo mismo sucede con la elección de los encuadres y ciertas locaciones ya icónicas, no en vano las escaleras de Anderson Avenue y W 167th Street se han convertido en pocos días en una de las atracciones turísticas más visitadas en el Bronx.

Es probable que haya cierta exageración en torno a qué “tan buena” es la película o si es “lo mejor del año”. Vivimos una época en que parece que todo el tiempo se está estrenando la mejor o la peor película de la historia del cine. Es posible que si Joker se hubiese estrenado en los 70 o a principios de los 80 hubiese sido una película buena más dentro de un puñado de grandes films de Hollywood de ese año. Ahora insisto, en un contexto en el que el cine de costo medio, ese que permite cierta popularidad en su distribución pero a la vez un presupuesto que les posibilita a los directores tener cierto control y autoría de su obra, ha desaparecido y lo poco queda aparece relegado a las plataformas de streaming o a un circuito de festivales, una película como esta se destaca el doble por infinitas razones. Por todo esto, casi con seguridad, estará en todos los listados de las mejores películas del año.