Chernobyl, microrrelatos de la tragedia.

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Hay una frase célebre de Winston Churchill sobre la Unión Soviética que reza:

“Es un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma”.

Chernobyl, la miniserie, plantea una interpretación de esta frase. El accidente es un evento conocido en el mundo. Las causas y tareas posteriores, no tanto. El punto de partida del relato es la explosión misma, y cómo afecta a los habitantes de la ciudad de Pripyat, a pocos kilómetros de la planta. Lo que sigue es un universo mucho más grande.

Este análisis no puede meramente comentarles la trama y los personajes. Debe ir más allá; ese más allá en Argentina, desde donde se escriben estas palabras, es un asunto espinoso. Somos una sociedad que con ligereza cae en clasificaciones fáciles. Si se elogia Chernobyl, alguno puede aducir una mirada pro-imperialista. Y ya con este término tenemos un problema porque la vieja URSS era, en esencia, un imperio expansivo. Pero bueno, una batalla a la vez. Decía entonces, Chernobyl es un producto norteamericano, financiado por HBO y Sky (que es inglesa). Su mirada es la de individuos occidentales que dan por sentadas ciertas características de la vida en sociedad, como la democracia y la libertad de prensa, por decir solo dos, que no han sido históricamente hegemónicas en otros lugares del mundo, paradójicamente en el más extenso –la Federación Rusa y ex URSS– y el más poblado, como es China.

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Consciente de esta mirada, Craig Mazin, el creador y guionista de la serie, centra el relato en cuestiones más universales, en personas, algunas reales y otras ficticias, y en principios comunes: las mentiras cuestan vidas. Es un acierto pleno.

En el inicio del capítulo 1, la sala de control del reactor 4 está desconcertada. Algo explotó. Los medidores enloquecieron, el piso tembló y los vidrios estallaron. El hombre de más rango de esa sala es Anatoly Dyatlov (Paul Ritter). Y desde el primer momento sabemos que este hombre es un auténtico cretino. Toptunov (Robert Emms) y Akimov (Sam Troughton), dos subalternos, están convencidos de que lo que ocurrió es gravísimo. Dyatlov, en cambio, está en estado de negación: para él es un accidente menor. Todo lo que ordena hacer para confirmarlo cuesta vidas. Y cuando se lo confirman, lo vuelve a negar, convirtiendo toda la situación en un cuento de la buena pipa.

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En línea paralela, el cuerpo de bomberos se dirige a la planta, para tratar lo que en principio sería el incendio en la loza del techo de uno de los edificios que la conforman. El complejo atómico Chernobyl era enorme, y constaba de cuatro reactores funcionales y decenas de edificios. El bombero Vasily Ignatenko (Adam Nagaitis) y sus compañeros se encuentran con una realidad que no entienden, en una situación para la que no estaban preparados. Se acercan al incendio y ven que todo el edificio está derruido. No lo saben, pero están a metros de un reactor nuclear que estalló. Toman fragmentos del piso, de lo que resulta ser grafito, material que se encuentra adentro del reactor, y en contacto con el combustible nuclear. Automáticamente, los bomberos que toman estos elementos sufren quemaduras por radioactividad. Se descomponen mientras trabajan. A la mañana son trasladados al hospital y de allí, a Moscú. La esposa de Vasily, Lyudmilla (Jessie Buckley), sigue su derrotero, desde el hospital de Pripyat hasta el Hospital 6, en Moscú, donde al fin son tratados los afectados por la radiación. Están todos muriendo lentamente, y para peor, es contagioso.

Veremos que el motor del primer capítulo es justamente este estado de negación, que va subiendo por la cadena de comando, a través de Fomin (Adrian Rawlins) y Bryukhanov (Con O´Neill), responsables de la planta de Chernobyl, hasta Boris Shcherbina (enorme en todo sentido Stellan Skarsgård), vicepresidente del Consejo de Ministros, a cargo de Energía, Gas y Petróleo. Todos desestiman la importancia del accidente. Pero Shcherbina cita a una reunión a Valery Legasov (Jared Harris), que es un químico, con cargo jerárquico en el Instituto Kurchátov de energía atómica. La mencionada reunión resulta ser de gabinete de Ministros, y la preside Michail Gorbatchev (David Dencik). Legasov, luego de leer solo un par de páginas del informe, se da cuenta de que algo gravísimo ocurrió en Chernobyl. Y eso no está declarado. Más allá de los intentos de minimizar la situación, Legasov es escuchado por Gorbatchev y enviado con Shcherbina a ver in situ qué diablos pasó en Chernobyl.

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Lo que sigue es un proceso que tiene varias aristas. Primero la del cine catástrofe. Shcherbina y Legasov se enfrentan a algo terrible que encima puede seguir empeorando. Deben tomar decisiones drásticas y de inmediato. Las decisiones costarán vidas. Y las suyas propias no solo están en juego, sino que ya se han acortado por el solo hecho de estar allí.

La otra arista es la pesquisa, propia de un policial. ¿Qué pasó la noche del 26 de abril de 1986 en la sala de control del reactor 4? Como un mantra, los personajes que tienen conocimientos de energía nuclear repiten: los reactores RMBK no estallan. Es imposible. Por ello se aduce el retardo letal en admitir que sí había sucedido. Y aquí se introduce a un personaje ficticio (hasta ahora, todos fueron reales), la Dra. Ulana Khomyuk (Emily Watson), física nuclear del Instituto Atómico de Kiev. Este personaje funciona como representación de la comunidad científica que asesoró a Legasov. Los mejores de la Unión Soviética, al servicio de controlar el desastre y descubrir qué había sucedido.

Khomyuk detecta por su cuenta partículas radioactivas en la atmósfera y, al analizarlas, deduce que deben ser de la planta de Chernobyl, a unos 400 km de donde ella se encuentra. Mediante su conocimiento superior del funcionamiento y construcción del reactor, evita una explosión latente, que, se explica, aniquilaría a millones de habitantes.

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Lo que sigue es la historia del sacrificio de miles, para salvaguarda de millones. El relato evidencia que el desastre fue sistémico. Lo produjo la corrupción estructural de un sistema político en decadencia, como era en 1986 el de la Unión Soviética. Pero ese mismo sistema, y sobre todo, ese mismo pueblo, era tal vez el único sobre la Tierra capaz de hacer el sacrificio consciente de mitigarlo. La Unión Soviética movilizó todos sus recursos (todo el nitrógeno líquido del país), al Ejército Rojo, mineros, especialistas. Todo este enorme grupo humano, que se calcula en 600.000 personas, se convirtieron en los llamados “liquidadores”. Evitaron un mal mayor y controlaron una situación que era, al inicio, desesperante.

Chernobyl da cuenta de estos microrrelatos, como son los llamados “buzos” y los “mineros”, así como el de Lyudmilla y Ulana, el de los vehículos lunares y el de los exterminadores de mascotas, sin jamás perder de vista el otro gran relato, que es la lucha codo a codo del burócrata y el científico por la supervivencia de uno (o varios) países.

Shcherbina es un personaje para el recuerdo. Un hombre importante, pero no tanto como para doblar a su voluntad las estructuras de poder. Lejos de manejar, se encuentra dentro del círculo de responsabilidades, como dice en una escena magistral el camarada Charkov (Alan Williams), jefe de la KGB. Todos vigilan a todos, y obsesionados con no ser humillados por Occidente, viven cuidando las apariencias y sobre todo, evitando las zancadillas políticas para no perder la posición que ostentan. La transformación de Shcherbina es uno de los ejes del relato. De villano unidimensional a figura central en accionar las palancas de poder. De antagonista de Legasov a aliado incondicional, es su transformación la que vemos en pantalla. Valery Legasov en cambio, es un catalizador, desde las primeras escenas, su condición es distinta. No es contrarevolucionario, pero no es un convencido incondicional. Parece sospechar, desde el minuto uno, que el accidente fue una catástrofe no solo nuclear, sino sistémica.

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No es esta la típica descripción americana de los soviéticos en la pantalla. A Shcherbina, Legasov y Khomyuk se les suman los generales Pikalov (Mark Lewis Jones) y Tarakanov (Ralph Ineson), que enfrentan con valentía lo imposible. Todo el microrrelato de los exterminadores de mascotas es una suerte de mirada micro en representación de lo macro. Enfrentados a una realidad monstruosa, los soldados no pierden su humanidad. Hacen lo que deben hacer, ya que es el mismísimo concepto que sostiene a la nación entera.

Decía antes, quienes piensan que esto es propaganda anticomunista perdieron el eje del relato. Es una historia sobre la corrupción estructural. El quinto y último capítulo da cuenta de esto. El desastre se desencadenó por múltiples fallos evitables. Todas las fallas tienen que ver con mentiras, omisiones y generación de apariencias que terminaron con la pérdida de miles de vidas. En una época de noticias falsas, manipulación por los medios de comunicación y líderes con tendencias totalitarias, funciona como un relato admonitorio: a la verdad no le importan todas las mentiras que se crean para taparla. Finalmente, sale a la superficie. El pensamiento mágico, el mesianismo y el miedo no nos salvarán cuando emerja.

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