Game of Thrones: El largo beso del adiós

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Luego de casi 2 años volvió Game of Thrones para despedirse. Todas las revistas y páginas hacen notas clickbait: “Los 5 mejores capítulos”, “Las 78 mejores escenas”, “15 momentos cachondos en Westeros”.

El fandom masivo logró que esta serie llegue a buen puerto, entendiendo esto como que se pusiera la plata –muchísima- para hacerla. Pero también logró la saturación, y la reacción adversa de un enorme grupo de gente, muchas veces intelectuales aspiracionales (de esos que pululan por las escuelas de arte), que se dejan llevar por el viejo axioma que marca que si algo es inmensamente popular, no puede ser bueno.

Si estás leyendo esta nota es porque todo lo que se puede decir sobre GoT, ya lo sabés. No puedo aportar datos nuevos. Solo puedo empezar a despedir esta historia desde mi rincón en el mundo, desde mi gusto, desde lo que significa para mí.

Te sigo desde Cemento

Que molesta es la gente que piensa que haber llegado temprano a algo da una suerte de aura de pionero, de iluminado, de adelantado. Bueno. Yo soy uno. Llegué temprano a A Song of Ice and Fire. Llegué tan temprano que me bajé los libros en PDF, porque acá no se habían editado, y los españoles que se conseguían eran incomprables.

Llegué tan temprano que me pase 12 horas en la aduana de Retiro para retirar los 3 primeros libros traídos en edición tapa blanda de Estados Unidos, por el módico precio de 10 dólares.

Los gallos aún no cantaban y yo tenía mi mapa de Westeros ampliado desde el PDF, pegado sobre un paspartú y con un papel contac para que no se arruine. Se podía fumar en los bares y mientras yo leía Choque de Reyes; los mozos debían pensar que era un estudiante de cartografía, cuando yo sacaba mi mapa, trazaba líneas, y anotaba en mi cuadernito.

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Westeros me hizo mudarme desde mi viejo barrio: la Tierra Media. Había algo irresistible. Este lugar estaba vivo. En movimiento. Era una saga de fantasía despiadada, que no dudaba un segundo en avanzar liquidando a sus protagonistas y ampliando su universo en múltiples personajes, geografías e historias pasadas. Y encima, no se vislumbraba un final. Una suerte de Discworld, de Terry Pratchett. Una historia infinita.

A Song of Ice and Fire (el libro, y luego, aunque no tanto, Game of Thrones, la serie) hace muy bien desde siempre, algo que las series aprendieron a hacer hace no tanto tiempo: expandir el universo.  George R. R. Martin tiene ambición narrativa. La trama, el pasado de ella, los personajes y los lugares, jamás dejan de crecer.

Era lógico. Hace unos años expuse en este artículo, creo que razonablemente, el tema de Game of Thrones:

https://revista24cuadros.com/2016/04/21/game-of-thrones-el-pasado-que-condena/

Cito aquí:

“El tema principal de ASOIAF, sin ninguna duda, es cómo la historia se repite a sí misma. Las líneas invisibles que se trazan entre pasado y presente son la clave para entender hacia donde lleva el relato a sus personajes.

La historia, tanto en los libros como en la serie, comienza unos 20 años después de una revolución: la caída de la dinastía Targaryen.  Es una modalidad que da resultado narrativamente. Alejarse del mito de la creación y empezar in media res. Aunque no es del todo exacto decir in media res cuando uno se refiere a una saga, no obstante eso, sirve para ejemplificar.”

Perro en bote

Es historia sabida,  la serie se estrenó en 2011 y el suceso no dejó de crecer. HBO debería haberme pagado por toda la prensa gratis que le hice. Le comentaba a todo el mundo que se venía algo grosso. Seguí la serie y el devenir del fandom con la satisfacción de quien sabe las curvas bruscas en el camino, y sabe afrontarlas. Yo tenía el mapa.

Cuando millones de personas al borde de la silla esperaban que Ned se salvase a último minuto, me sonreí con la trompada en el estómago que recibieron. Cuando acontenció la Boda Roja, disfruté las ondas de choque que recibía el público. Lo mismo cuando murió Jon Snow. La serie de Game of Thrones había convertido a mis queridos libros en la telenovela de las 9. Todo el mundo hablaba de ella. De lo que podía pasar. De las escenas de ayer. Igual me puse contento. Mi ventaja estaba a salvo. Yo sabía lo que iba a pasar.

Hasta que pasó lo impensado. La serie, con la constancia de una topadora y el negocio aceitado, sobrepasó a los libros editados.  George se cansó de poner fechas y dijo sencillamente “terminaré cuando pueda”. Mi ventaja estratégica se había terminado. Me había convertido en calabaza, en solo 5 años. Ya formaba parte del vulgo que miraba la telenovela de las 9, totalmente sorprendido, capítulo a capítulo.

Para colmo de males, la serie y las novelas comenzaban un camino divergente. Hay personajes vivos en los libros, que en la serie ya murieron. Hay momentos cambiados y tramas esfumadas. Y como no hice un cuadro sinóptico,  no sé muy bien todas las diferencias.

Dos temporadas en este limbo pasaron, en las que el fenómeno se expandió tanto como la saga. Noventa millones de ejemplares se vendieron de A Song of Ice and Fire, en la era de las descargas digitales. La serie tiene un promedio oficial de 30 millones de espectadores solo en EE.UU, y es la más pirateada de la historia.

El mundo no basta

Decís “Winter is coming”, o “Dracarys”, o “Chaos is a ladder” en Turquía, Japón, Ohio o Lanús, y vas a tener miradas cómplices. Fenómeno mundial significa eso. La cultura popular nos acerca a gente con la que no compartimos ninguna otra cosa. Es un triunfo mayúsculo de la ficción, y es hermoso que pase justamente con Game of Thrones y en esta época.

Tenemos mujeres empoderadas, personajes LGTB, múltiples etnias, personajes con capacidades diferentes, luchas sociales. Tenemos incluso un justicialista, ensamblado en La Matanza, como es Varys. Lo más importante es que toda esta melange podría ser sumamente inorgánica en una serie que se propusiera ajustarse a los tiempos sin hacerlo desde la trama. En GoT es totalmente natural: los libros están escritos así. El autor usa esos elementos para hacer avanzar la historia. Que el Caballero de las Flores y Renly Baratheon sean pareja, no sirve solo a los fines de poner una relación gay en pantalla: es un rasgo principal del Choque de Reyes.

Por supuesto, tenemos espectacularidad, efectos y batallas increibles. Tenemos violencia y sadismo. Eso es siempre útil para que el desprevenido critique. Lo que no dicen es que Game of Thrones está actuada formidablemente, adaptada con cuidado y que sus diálogos, en contextos imposibles (hay dragones, zombies y hechiceras) son impecables.

Sur, paredón y después.

Si alguna vez jugaron a un MMPORPG, tipo Warcraft o Lord of the Rings Online, van a saber de qué hablo. Una vez que pasa el furor, sobreviene una época donde los jugadores migran, y queda una infraestructura virtual vacía. Es muy extraño recorrer este mundo, si uno ha estado en el momento del pico de popularidad. Es extraño decía, y un poco triste. Uno siente que lo han dejado atrás. Recorre lugares que han sido diseñado para miles de jugadores, y está completamente solo.

Game of Thrones se encamina a esto. Ya pasaran los memes, los debates, las teorías, los grupos de Facebook y el merchandising. Quedarán los libros y una serie magnífica.

En la alfombra roja del estreno de la 8va temporada, el bueno de George declaró: “Aún me quedan dos libros por escribir de esta historia. Siento que me voy a quedar en Westeros mucho tiempo después que todos se hayan ido”.

No te preocupes, George. No vas a estar solo.

 

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