Creed II: defendiendo (con los recuerdos) el legado

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Este artículo contiene spoilers

La historia ya es bastante conocida, de hecho la conté un poco en esta misma revista cuando me tocó escribir el artículo sobre la primera entrega de la saga. Un joven Ryan Coogler, antes de romper todo con Fruitvale Station, persiguió a Sylvester Stallone con la idea de hacer un nuevo film de Rocky, esta vez centrado en el hijo de Apollo Creed. Sly rechazó la propuesta del ignoto director, pero se quedó con el proyecto en mente. Cuando Coogler comenzó a ser cosa seria, el semental italiano lo llamó y el resto es historia. Lo que cuenta la leyenda también es que Sly tenía originalmente otros planes para continuar la franquicia, esos planes incluían a su amigo Dolph Lundgren, la máquina de matar rusa Ivan Drago, en una suerte de drama de veteranos que no quedaba muy en claro, la verdad.

El éxito de Creed fue descomunal, una de las mejores películas de Rocky y una suerte de rebooteo/spin off de la saga. Sly, nominado al Oscar ese año como mejor actor de reparto, tenía paño para darle rienda suelta a su creatividad y así fue como adaptó su idea original y la transformó en la secuela de la historia de Adonis Johnson Creed.

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Antes de entrar al terreno de la película en sí misma, me gustaría volver a destacar a Ryan Coogler, quizá el cineasta joven más importante de Hollywood en la actualidad. Su influencia en la primera película es notoria. Desde la puesta en escena vuelve a transformar la franquicia en una película de deporte, verosímil y con cierta lógica. Su trabajo con Michael B. Jordan y el resto de los intérpretes fue fundamental para generar un relato complejo, con subtextos muy fuertes acerca del legado, la memoria y la construcción de la familia. En Creed no había nostalgia innecesaria ni guiños absurdos, el fan service estaba pero la película se escindía de eso. En la secuela esto es un problema, Stallone aparece adueñado del producto y desborda todo el tiempo con guiños y gestos al pasado que funcionan para el fanático pero perjudican el relato.

Ya de lleno en la trama, la película inicia con una maravillosa secuencia que tiene como protagonistas a Ivan Drago y su hijo Viktor (Florian Munteanu) en un suburbio de Ucrania. Luego de la victoria del semental italiano y la caída de la URSS, porque todos sabemos que en el universo Rocky el muro se cae por esa pelea, la máquina de matar rusa ha sido olvidada y desterrada de las primeras planas. Es recordado como un perdedor y pasa sus días entrenando a su hijo que pelea casi de forma amateur en gimnasios de la zona. Rápidamente entendemos todo, la relación padre e hijo está movida por el resentimiento, sienten que la gloria les fue arrebatada y buscarán revancha a toda costa.

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Luego de esta secuencia se retoma la acción un tiempo después del final de Creed. Adonis noquea a Danny Wheeler (el boxeador Andre Ward), el campeón de peso pesado de la WBC, convirtiéndose en el nuevo campeón del mundo, además de recuperar el hermoso Mustang que Apollo le había regalado (recordemos que al principio de la primera película Wheeler le daba una paliza a nuestro protagonista en una pelea amateur y se ganaba el auto en una apuesta).

El mundo Rocky no podía estar mejor, por un lado Adonis era finalmente el mejor del mundo y estaba a punto de casarse con Bianca (Tessa Thompson, te amamos siempre vayas a donde vayas); por otro lado, Rocky parecía haberse curado de la leucemia por fortuna y tenía muchas ganas de recuperar los lazos familiares con Robert (Milo Ventimiglia), su único hijo. Como siempre las cosas no pueden durar mucho en ese estado, por eso entra en acción Buddy Marcelle (Russell Hornsby), un típico productor rancio que ve la oportunidad y decide llevar a los Drago a USA para retar a Adonis en una pelea por el título con el hijo del hombre que mató a su padre.

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Acá es donde aflora el conflicto interno y el tema principal de la película: la construcción de la propia identidad y el propio “legado”. Si Creed era sobre la memoria y la recuperación de la identidad, la secuela es sobre romper con el pasado para forjar un futuro propio. Adonis siente que tiene que pelear para salvar el honor de su padre, Rocky ve la trampa detrás de todo esto y le pide que no lo haga. No hay acuerdo y el distanciamiento es inevitable.

De allí en adelante la película es una suerte de remake de Rocky IV. Hay dos peleas, una en USA donde Adonis sin Rocky como entrenador termina internado pero conserva el título porque Viktor es descalificado, y otra en Rusia, la definitiva, donde el campeón ahora entrenado por el semental italiano deberá mostrar su valía y triunfar frente a una hostil multitud.

Ryan Coogler no dirigió esta película. Según el mismo relató en algunos medios, los motivos fueron personales. La primera película la escribió para su padre quien se encontraba muy triste luego de la muerte de su esposa. Para alegrarlo, el realizador creyó que era una linda idea contar una historia dentro del universo Rocky, que era algo que los unía mucho. Así fue como creó ese nuevo universo, casi a modo de fan-fiction, que luego se convertiría en canon. Hace algunos años el padre de Coogler contrajo una rara enfermedad y esto hizo que el director no se encontrara en condiciones anímicas de continuar con la franquicia.

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El trabajo recayó en Steven Caple Jr., un director afroamericano muy joven, de apenas 30 años, que venía de dirigir The Land, un hit indie americano del 2016. Como vemos el perfil elegido era parecido al de Coogler, de hecho ambos fueron compañeros en la escuela de cine. Si bien Caple Jr. filma de forma excelente en todos los niveles y mantiene fresca la película (mención especial en este sentido para las peleas que tienen un nivel de detalle increíble), el film pierde en lo narrativo. Se nota que Sly tuvo demasiada rienda suelta en el manejo de la historia y la producción del proyecto y abusó del fan service, generando que el relato perdiera bastante de la verosimilitud que se había construido en la primera entrega. Ese efectismo desde los guiños y los callbacks a las anteriores películas de Rocky no es efectivo desde lo dramático y por momentos resulta hasta ridículo. Un claro ejemplo de esto son las escenas que tiene Brigitte Nielsen en su rol de Ludmilla Drago (no tiene nada que ver, pero investigando para esta nota descubrí que Brigitte fue madre a los 54 años hace unos meses y me pareció un dato destacable).

Es una lástima porque más allá de eso la película funciona y es una digna secuela para los fanáticos de la saga. Los personajes son complejos y las subtramas están muy bien manejadas. El personaje de Ivan Drago adquiere la tridimensionalidad que no tuvo en Rocky IV; Michael B. Jordan se consolida en su protagónico y demuestra que es uno de los actores más versátiles y completos que tiene la industria hoy por hoy; y Sly por su parte hace un gran trabajo con la construcción de ese Rocky tosco pero muy sabio. Mención especial para ese epílogo familiar y el cameo hermoso de Milo Ventimiglia como Robert Balboa.

Lo dije antes y lo sostengo ahora: una alegría que no es sorpresa, sino confirmación. Hay “para-pam” del bueno para rato.

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