Creed: Cuando el legado es más que un nombre.

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Por Fabio Vallarelli

 

Hace algunos números atrás, en la 24, escribíamos sobre remakes. Uno de los tantos temas que salieron a relucir en los diferentes artículos, estaba orientado en remarcar la profunda crisis que existe en la industria cinematográfica estadounidense. Ante la falta de nuevas ideas, recurrir a lo conocido, a lo nostálgico, aparecía entonces como una posibilidad apropiada para mantener el negocio y pagar los sueldos.

Si bien el fenómeno comenzó un par de años antes, la huelga de guionistas de 2007/2008 puso en jaque al mercado, y esto en gran medida condicionó muchos proyectos para la próxima década.

¿Cómo sobrevivió la industria entonces? Gracias al refrito, por supuesto. Centenares y centenares de Remakes y Scuelas/Precuelas y Spin-off son anunciados todo el tiempo por las grandes cadenas, casi siempre con resultados polémicos como mínimo.

Hace poco más de un año, salía a la luz una noticia acerca de una nueva película de Rocky. Si bien era bastante extraña la novedad, uno podía conservar un poco el escepticismo luego de la sorpresa que causó lo bien lograda que resultó Rocky Balboa (siendo de lo mejor de la saga).

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A medida que se fueron conociendo más detalles sobre el argumento de la película, sus protagonistas y responsables creativos, todo quedó saldado. Al menos en mi caso sabía que iba a ser un gol de Román, con Topo Gigio incluido.

El primer acierto, incluso antes de filmar cualquier toma, es cambiar el eje de la película. Si bien dentro del código de la franquicia resultaba verosímil ver pelear a Rocky en la última entrega, esto ya era una idea del pasado. Sly no puede subirse a un ring, salvo para pasar papelones con De Niro en esa bazofia que filmaron hace un tiempito.

La solución entonces fue transformar al semental italiano en entrenador, el nuevo Mickey de la historia.

La segunda decisión acertada fue comprender que era necesario relanzar a la franquicia, si Rocky ya no pelea, necesitamos un discípulo. Claro que tiene que ser alguien del palo, no un siome como el mamerto de Tommy Gunn. Necesitamos alguien que lleve esto en la sangre: El hijo de Apollo Creed.

La estrategia entonces es la siguiente: Reboot, secuela, y Spin Off. Casi calcado del manual del amigo JJ.

Finalmente, la tercera gran decisión antes de prender una cámara fue darle vía libre a Michael B Jordan y a Ryan Coogler, para cargarse en los hombros el delante y detrás de cámara del proyecto.
Dupla que ya había trabajado anteriormente en Fruitvale Station, la película independiente que rompió todo en el 2013 yankee, y que de alguna manera obligó a Stallone a ceder ante la insistencia del joven Coogler de querer hacer una película más de la saga – cuenta la leyenda que un joven Ryan se acercó a Sly hace algunos años, cuando aún no había dirigido ningún largometraje, y le ofreció hacer el film, pero el viejo semental italiano se negó rotundamente -.

Bueno ahora sí, basta de cháchara. Vayamos directamente a la película:

Creed comienza introduciendo al personaje nuevo a la saga, quizá toda esta secuencia sea el punto más flojo de la película.

De la nada, como quien no quiere la cosa, nos enteramos que Apollo tenía un hijo extra matrimonial, al que nunca llegó a conocer porque el bueno de Ivan Drago le dio el olivo en la cuarta entrega de la saga (¿Se acuerdan? Después de esa secuencia épica del living in America James Brown). Al parecer el niño quedó huérfano, sobreviviendo a los golpes, literalmente, en un orfanato de Los Ángeles.

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De alguna forma poco clara (si esto se explica en algún momento de la película, la verdad es que lo obvié completamente), la viuda de Apollo se entera de la existencia del pequeño y decide adoptarlo.
A partir de allí entendemos que “Adonis Creed” (el verdadero nombre de nuestro protagonista) ha tenido una vida bastante tranquila: Dinero, trabajo, estudios. Pero, por supuesto, algo falta.

Sin blanquearlo del todo, Donnie está completamente obsesionado con la figura de su padre. Mira sus míticas peleas con Rocky, entrena y hasta pelea clandestinamente en México, con la finalidad de convertirse en un pugilista reconocido.

Toda esa suerte de conflicto interno explota. Donnie renuncia a su trabajo, deja su vida de comodidades y se muda a Filadelfia con un objetivo concreto: Ser el mejor de todos.
Para eso decide buscar la ayuda de nuestro viejo protagonista, devenido en actor de reparto, nada más y nada menos que el amado Semental Italiano, quien, ahora sí definitivamente, está alejado del mundo de las piñas y vive para su humilde restaurant, el mismo que conocimos en Rocky Balboa.

Adonis convence a Rocky de que lo entrene luego de insistirle un poco, y de repente asistimos a un relanzamiento soñado. Un nuevo boxeador protagonista, que no necesariamente es el que mejor pelea; y un viejito entrenador, con dotes aristotélicos.

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Hay entonces:

  1. Una suerte de Reboot “estructural” de la película, con relación al primer film;
  2. una secuela, que necesariamente tiene como punto de partida el final de la entrega anterior;
  3. y un Spin-off, con relanzamiento fresquísimo de la saga (hay un elemento en la trama, que no vale la pena spoilear, pero que deja muy en claro la intención de los realizadores de poder continuar la franquicia sin la presencia de Stallone).

El mayor acierto de Ryan Coogler, tanto de guión como realizativo, radica en la construcción de los personajes. Todos son creíbles y verósimiles

“Creed” de alguna manera termina siendo el the force awekends que Rocky necesitaba, planteando en términos ideológicos prácticamente la misma intención – casi con idéntica maestría que el Avioncito Jay-Jay – logrando ser una de las mejores películas de toda la saga y del 2015 que pasó.

En definitiva una alegría que no es sorpresa, sino confirmación: Hay “para-pam” del bueno para rato.

 

 

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