Museo: “¿Para qué arruinar una buena historia contando la verdad?”

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Si hablamos de cine mexicano no podemos escapar a la mención de la tríada imbatible Cuarón-Iñárritu-Del Toro, que junto a su secuaz “El chivo” Lubezki dieron inicio a lo que se llamó nuevo cine mexicano y lograron trascender el panorama nacional para posicionarse como verdaderos titanes de la industria cinematográfica hollywoodense. Sin embargo, hay cine más allá de dichos colosos, y dentro de este otro cine se encuentra gente como Alonso Ruizpalacios, quien se posicionó como una de las promesas del nuevo “nuevo cine mexicano”, a raíz de su aclamada y premiada ópera prima Güeros (2014). Tuve la posibilidad de ver su nueva y esperada película, Museo (2018), en la Cineteca Nacional de México, siendo posiblemente el único espectador en la sala que ignoraba el trasfondo del film.

En este se relatan las peripecias de dos estudiantes de Veterinaria que lograron perpetuar el robo del siglo, hurtando más de 120 piezas del Museo Nacional de Antropología, el día 25 de diciembre de 1985. Dichas piezas pertenecían a distintas civilizaciones mesoamericanas como los mayas, mixtecas, zapotecas y demás. De esta manera, el botín era invaluable tanto monetaria como culturalmente. Esto generó un alerta internacional, por lo que llegó a ofrecerse 50 millones de pesos mexicanos en recompensa a cualquier persona que aportara información para dar con el paradero de las piezas, y una búsqueda intensiva perpetuada por la Interpol. Esto imposibilitó su comercialización, ya que nadie quería animarse lidiar con semejante riesgo. De ahí lo absurdo de toda la situación: un robo sin motivaciones claras y un botín imposible de vender. Suena prometedor como premisa para realizar una película. Es por eso que el guionista Manuel Alcalá, para quien dicho caso era una fijación, unió fuerzas con Ruizpalacios para darle vida al guion de este film (que, dicho sea de paso, ganó el premio a mejor guion original en el Festival Internacional de Berlín).

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Con Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris (ex Güeros), encarnando a los pintorescos ladrones, y con grandes actores secundarios como Alfredo Castro (el investigador privado de Rojo), Ilse Salas (ex Güeros también) y Leticia Brédice (aunque algo desaprovechados, a mi gusto), Museo logra no solo transmitirnos lo absurdo de toda la situación sino también sumergirnos en ese contexto social y familiar, cuestionándose acerca del éxito, el progreso y las tradiciones, así como también acerca de los valores morales.

La película es una road movie que no se centra en la llegada o en el camino sino más bien en los desvíos. Desde un inicio se corre del posicionamiento de que lo que se muestra es “la verdad absoluta” y acepta su subjetividad, dejando en claro el rol importante de la memoria en todo esto. Dicha elección y posicionamiento les permite a los realizadores desarrollar de otra manera a los personajes y situaciones en las cuales estos se ven inmersos. Es por demás entretenida, y el hecho de tener un anclaje en acontecimientos reales y de público conocimiento genera que los espectadores sientan cierta conexión e inmersión aún más fuerte con el verosímil del film.

Sucedió algo muy particular en la sala (y con esto retomo lo mencionado al inicio de la reseña) que tiene que ver con el entendimiento general del desarrollo de los hechos, del desenlace, incluso, del final posterior al final propio de la película. Yo estaba por fuera de este clima general y me chocó bastante el murmullo constante de la gente a lo largo de toda la proyección, aunque luego recordé cuando vi El clan y cómo en dicha ocasión la gente no podía evitar hacer comentarios relacionados a lo fiel o no de la representación de lo ocurrido, comentarios acerca de datos extraoficiales, menciones sobre qué se sabía en su momento con respecto a los hechos sucedidos e, incluso, simplemente opiniones personales acerca de “Los Puccio”.

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Creo que el gran problema que tiene la película es la comparación inevitable con Güeros y la expectativa que pesaba sobre el director. Si bien desde lo formal Ruizpalacios se permite jugar, como en escenas con audio fuera de sincro, haciendo un guiño a las películas de vedettes de la época (teniendo en cuenta que una de ellas forma parte de la historia) o apostando a un tratamiento similar a una presentación forense de reconstrucción al momento de la recolección de las piezas dentro del museo (apelando a la técnica de tableau vivant) y así marcar una impronta, sale perdiendo con su ópera prima en contenido y tono. En este caso, uno sale del cine y pasa a otra cosa, lo cual no tiene por qué estar mal, pero siento que en la comparación, esta termina denotando cierta “liviandad”. Y esta diferencia es la que genera que quien haya visto ambas obras se quede con gustito a poco.

De todos modos, cabe destacar que era una de esas películas que el común de la gente creía “necesaria”, por la importancia del evento para la sociedad mexicana, su cultura y su historia (se nota una fuerte declaración con respecto a su olvido), así también como su trascendencia a nivel internacional. Se palpaba un interés general con respecto al film, llamaba mucho la atención e invitaba a verlo. Es por todo esto que creo que la película no termina en la sala, sino que forma parte de un evento más grande que sirve para estudiar cómo hoy en día (e históricamente) lidiamos con el legado y el valor cultural de los pueblos originarios y cómo muchas veces caen en el olvido.

De la magnitud del evento me di cuenta unos días después, cuando pude visitar el museo donde ocurrió todo. Es increíble como la mayoría de las personas (ya sea por conocimiento o porque los guías turísticos lo mencionan constantemente) comenta acerca del robo al mirar alguna de las piezas recuperadas y cómo se especula ante cualquier vitrina vacía o repisa carente de objetos. De hecho, alguien me comentó que cuando el museo reabrió sus puertas luego del robo, allá por enero de 1986, la gente hacía filas descomunales para poder acceder y observar las vitrinas vacías, conjeturando sobre cómo había sido el robo y quiénes podrían estar detrás de él. Debo admitir que estando ahí uno observa y especula sobre la facilidad o imposibilidad de acceder a las piezas y se pregunta cómo pudo llevarse a cabo semejante operación en menos de 3 horas sin ser detectados y sin complicidad alguna de los guardias de seguridad, y es inevitable preguntarse cuál será la versión real (o más fiel) de lo que ocurrió realmente esa Navidad de 1985, pero como menciona uno de los personajes, ¿para qué arruinar una buena historia contando la verdad?

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