Sangre sobre la nieve: Sobre Wallander y Henning Mankell

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Nota del Autor: Ayer se murió Henning Mankell, uno de mis favoritos.  Es con mucha tristeza que transcribo esta nota sobre su obra, aparecida en el número 10 de la 24 Cuadros hace más de un lustro.

Los lectores de la 24 Cuadros tal vez se muestren sorprendidos de encontrar, en su revista de cine favorita, un artículo con visos eminentemente literarios. A joderse: es lo que hay.

Wallander es un Inspector de policía creado por el escritor sueco Henning Mankell, y es imposible llevarlo al cine sin destrozarlo.

No obstante, ha sido el personaje record en cuanto adaptaciones para la pantalla chica se refiere. Tres veces ha sido adaptado en forma de serie para la TV en la última década;  dos de ellas en su país de origen, Suecia, y la tercera en Inglaterra, con producción y actuación de Kenneth Brannagh.

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Los porqués del suceso literario y televiso son poco evidentes. Wallander no es un personaje que tenga característica sobresaliente alguna. No tiene el olfato superdesarrollado, ni es capaz de detectar mentiras a partir de los microgestos faciales, ni es un especialista en comportamiento criminal, ni psicólogo, ni es tampoco un aclamado forense, con doctorados en huesología.

Wallander no cita a Shakespeare ni a Wilde ni a ninguna luminaria literaria o filosófica. No los cita porque no los leyó. Bebe bastante, aunque no es un ebrio perdido. Wallander no tiene gran puntería ni pelea demasiado bien; solo estudió en la Academia de Policía, y según sus propias palabras “tampoco es que estudiáramos mucho”. Wallander es más bien gordo, aunque no obeso. Wallander ha estado casado, aunque se nos aparece divorciado, y no tiene éxito con las mujeres. Tiene una hija, Linda, que ya vive sola, y con quien no se lleva muy mal ni muy bien. Wallander vive en la Suecia socialdemócrata, en la ciudad de Ystad, y no tiene problemas económicos, pero no le sobra el dinero. Wallander se lleva bastante bien con sus compañeros, pero no es amigo de ninguno. Wallander está deprimido.

El único rasgo sobresaliente de Wallander es su tenacidad inquebrantable.

Henning Mankell nos presenta al Inspector Kurt Wallander en el año 1991. La novela se llama Asesinos sin rostro y arranca en una fría mañana, en las afueras de la pequeña ciudad de Ystad, en la Costa Sur de Suecia, a un paso de Copenhague, Dinamarca. Dos ancianos han sido asesinados a hachazos en su granja. Es invierno y la nieve y el barro son el paisaje.

El punto de vista es el del consabido Inspector, solo interrumpido (y esto será una característica de la serie de novelas) para mostrarnos de tanto en tanto el punto de vista y el monólogo interior del criminal.

Una de las claves de la novela es el paisaje. Ystad es un paisaje real, que lo tiene todo: costa del mar Báltico, playas y peñascos, bosques, castillos, zonas urbanas y rurales, además de rutas hacia ciudades adyacentes.

Como decía, el momento en que conocemos a Wallander, esa fría madrugada del invierno de 1991, es el momento en el inspector esta teniendo una sensación que lo asalta por primera vez en sus 42 años de vida: el mundo se esta yendo al carajo. Su confirmación viene a ser este asesinato absurdo, perpretado en una de las ciudades más tranquilas de Suecia.

La primera novela es seca como el Aquavit. Si no conocen a Henning Mankell por ninguna de sus numerosas obras, piensen por ejemplo en Dan Brown (Ángeles y Demonios, El Código Da Vinci). Ahora que lo han identificado, piensen en el absoluto contrario. No hay espectacularidad en el misterio. No hay rebusque en la trama, rara vez hay vuelta de tuerca (solo se me ocurre una: Los perros de Riga). Solo hay un mundo embarrado, frío y neblinoso, con un asesino suelto. Un  asesino al que hay que atrapar cueste lo que cueste.

Es notable como se demuestra, por los labios de Wallander y la pluma de Mankell, que hasta ese momento la sociedad sueca no había abandonado el optimismo. En Asesinos sin Rostro comprendemos como una sociedad entera está entrando en el desasosiego y la violencia que predominaban (y predominan), al momento, en casi todo el globo. Comprendemos que se van a caer del filo de esa navaja, y que nuestro héroe puede conseguir su objetivo, y sin embargo acabar cada vez más derrotado.

En el policial negro americano y me arriesgo a decir que el francés también, llegábamos al argumento sabiendo que estábamos frente a un mundo que ya había pasado la crisis, para adentrase en la decadencia. En su defecto, y ya estaría hablando de los años 50, se nos presentaba un escenario donde el “american way of life” había triunfado, y sin embargo siempre la trama tenía que ver con la podredumbre subyacente.

Nuestra propia experiencia de vida, como argentinos y sudamericanos, observa con melancolía  el despertar de la inocencia de una sociedad con todos los mecanismos hasta ese momento aceitados y funcionando; despertar por otra parte violento con engranajes saltando por los aires.

No debe quedar argentino vivo que haya vivido el Camelot de antaño. Los suecos en cambio lo estaban viviendo. Y sin embargo, Mankell no plantea el despertar con ojos ingenuos. Todo lo contrario, lo hace con ojos tristes. Los personajes, sin ser fatalistas, saben que este estado de bienestar no podía durar más. Mankell no lo pone en evidencia directamente, pero deja entrever que el principio del fin tal vez haya sido el asesinato del Primer Ministro Sueco Olof Palme, ocurrido en 1986, magnicidio por otra parte aún sin resolver.

Wallander nace con la vuelta de Mankell a Suecia, luego varios años en el exterior. El shock que le produjo el estado en que se encontraba su patria, y sobre todo la discriminación y racismo imperantes, lo motivo a crear a su personaje insignia, con quien, a decir de Mankell, no comparte demasiado rasgos, salvo el amor por la Ópera y la diabetes que ambos sufren.

Es de notar entonces lo inteligente del planteo de la segunda novela de la serie: Los perros de Riga.

En un principio me pareció extraño que Mankell decidiera sacar a Wallander de su Ystad de residencia en la mitad de la novela, para llevarlo a Letonia, país del bloque en plena ruptura con el comunismo. Luego comprendí que justamente la idea de Mankell era mostrar otra cara de la decadencia; así como en Suecia el capitalismo estaba en crisis, en el bloque comunista las cosas no iban mejor.

La novela arranca una mañana gris y neblinosa, con dos cadáveres en un bote, que recalan en las costas de Ystad.  Y aquí tenemos otra característica de Wallander: para Mankell la presentación de los crímenes es casi como un  hecho terrorífico. Una anormalidad de circunstancias y puesta en escena.

Mientras avanza la década, Wallander va avanzando como policía, no en una cuestión de grados (en todos estos años, Mankell jamás ascendió a Wallander), sino en su papel en el grupo de investigación que encabeza. Creciente respeto de unos, desconfianza de otros. Otra característica más, a contramano de esos cazadores solitarios a los que estamos acostumbrados, es que Wallander no puede resolver todo solo. Necesita de sus compañeros;  por ende, la troupe que lo acompaña esta descripta en cuanto a su labor policíaca y las impresiones que Wallander tiene de ellos. De su vida personal, sabemos muy poco: no son amigos del Inspector, son compañeros de trabajo, y Wallander sabe tanto de ellos como nosotros sabemos de los nuestros.

Tampoco tiene un compañero único, a diferencia de Sherlock Holmes o de Hércules Poirot, no tiene un inseparable asistente como lo son Watson o Hastings: a Wallander lo acompañan en sus investigaciones el joven Martinnson, y los veteranos Svedberg y Hanson, y más tarde se sumará Ann Britt, además del siempre irascible Nyberg, técnico forense. Su jefe en las primeras novelas es el atribulado Bjork; al retiro de este, signo de los tiempos modernos, es reemplazado por una mujer: la eficiente Lisa.

Un personaje importante, y en la cual la primera serie televisiva sueca, a diferencia de la inglesa,  hizo hincapié, es el padre de Wallander. El anciano es pintor, y el único motivo que ha repetido miles de veces es un mismo paisaje con un árbol, en el cual se permite una única variación: con o sin urogallo. El viejo, mantiene una disputa con Wallander: jamás aceptó que su hijo fuera policía, sin embargo se llaman periódicamente y Wallander lo visita, para mantener viva la disputa.

La tercera novela es una de las más peculiares: en La Leona Blanca, la acción esta dividida entre Ystad y Sudáfrica, y Wallander jamás tendrá real idea de la dimensión del asunto que tiene entre manos. A pesar de que Wallander es, sin dudas, el protagonista, durante largos pasajes el autor nos describirá las vicisitudes del gobierno de Sudáfrica, incluso desde el punto de vista de Le Clerck, Presidente de Sudáfrica, quien junto a Nelson Mandela fue uno de los artífices del fin del apartheid.

Esta novela es una excepción en la serie. Se me ocurre compararla a Los cuatro grandes, relato donde Agatha Christie mete a Poirot en un ambiente muy lejano al típico crimen de “cuarto cerrado” que suele resolver. En este libro, Poirot se mete con los máximos representantes del crimen organizado internacional, con un cierre a toda acción. Ambiente inusual para el obeso detective belga, más acostumbrado a banquetes en residencias de la aristocracia, el Orient Express o un crucero por el Nilo.

Recalco, la diferencia en La Leona Blanca, es que Wallander no tiene ni idea de las ramificaciones de su cacería. La lectura de Mankell es que en el mundo globalizado, nuestras acciones pueden tener consecuencias a kilómetros de casa, pero también podemos permanecer ciegos de su magnitud real.

Luego de la Leona Blanca, comienzan los relatos clásicos de Wallander, y con ellos la aparición de crímenes cada vez más violentos; así año tras año se suceden El Hombre que sonreía, La pista falsa, La quinta mujer, Un paso atrás y Firewall.

Los casos se resuelven por obra y gracia de la investigación policial. Y gracias a Dios nadie menciona la navaja de Occam. No hay deducciones brillantes, el lector sabe quien es el asesino, y Wallander estará cada vez más deprimido y con más ganas de comprarse una casita en la costa de Ystad, para poder tener un labrador “y poder salir a mear al jardín” (Wallander dixit) cuando se levanta a la mañana.. Wallander no tiene epifanías que le permiten descubrir al criminal, solo va hilando los hechos de la investigación. Puede resultar desesperante ver a Wallander desconcertado durante gran parte de los casos;  Dudando de su capacidad, perdiendo el control de los acontecimientos.

La última novela donde aparece Wallander, hasta ahora, es Antes de que hiele. Digo “aparece” porque esta protagonizado por su hija Linda, recién egresada de la Academia de Policía y esto es una pirueta digna de admirar. Linda como personaje principal y punto de vista, inserta en el mismo ambiente en el que se mueve su padre, nos da una lectura absolutamente diferente sobre los hechos y personas de los que hasta ahora teníamos impresión exclusiva por parte él.

Y más importante aún, nos da una impresión diferente, exhaustiva y extensiva del personaje que conocimos durante tantos libros. Desde detalles risueños hasta características importantes. Sabíamos que Wallander tenía problemas de peso, y en las últimas novelas había empezado a tratarlos, según el, con éxito. Sin embargo Linda, nos lo describe más gordo que nunca.. Wallander se nos mostraba como gruñón. Linda lo describe como iracundo, ciclotímico y como una persona de temer durante un estallido de bronca.

Wallander jamás nos declaro que querría intentar acostarse con Ann Britt. Según Linda, no sabe que vió su padre en ella.

Es decir, Linda nos abre un nuevo panorama. Incluso, hasta más simpático en ocasiones. Consciente de este hecho, Mankell basa su novela en las diferentes impresiones que pueden tener dos personas, de una tercera. No sentimos nunca que Wallander nos haya engañado, que nos ha mentido a los lectores. Sentimos que su hija, con su experiencia de vida diferente, tiene un punto de visto opuesto al que estábamos acostumbrados.

El único punto de coincidencia, y donde no hay equívocos es en la capacidad y energía que despliega Kurt Wallander investigando. Linda nos lo confirma y la imagen del héroe esta a salvo

En esta novela, se suma a la Policía de Ystad, Stefan Lindman, protagonista de otra novela de Wallander, El regreso del profesor de baile. Por tanto, se nos revelan también características desconocidas de el.

Henning Mankell es un hombre multifacético, así como escribe policiales, dirige el Teatro Nacional de Mozambique, donde pasa, al menos, la mitad del año. Creó la serie de Wallander luego de 20 años como novelista y dramaturgo exitoso. Es un ferviente defensor de la causa africana y esta casado con la hija de otro sueco celebre: Ingmar Bergman.

Es autor de otra serie de novelas sobre la difícil vida de una niña africana, conocida como La saga de Sofia. La misma esta compuesta por El secreto del fuego, Jugar con fuego y La ira del fuego.

Mankell comparte una gran amistad con John Le Carre. Sabiendo este dato me puse a pensar que el único personaje con el cual se me ocurre referenciar a Wallander es con George Smiley, el espía del M15 protagonista de buena parte de las novelas del escritor inglés. Es el opuesto absoluto a James Bond. Si no lo conocen, es otra saga para buscar; en la pantalla fue protagonizado por Sir Alec Guinness. Sus relatos más famosos son: El espía que vino del frío, El Topo, El honorable colegial y La gente de Smiley.

Editorial Tusquets decidió, en un primer término, publicar los libros de Wallander en orden aleatorio. Una nueva edición, de bolsillo y mucho más económica, llegó a las librerías en el orden correcto y numeradas.

Wallander, a diferencia del Maigret de Georges Simenon, no debería leerse fuera de orden: así como los casos son independientes, el desarrollo del personaje y de su vida es absolutamente correlativo. En todos los libros le pasa algo significativo a Wallander, algo que dejará marcas indelebles.

Las series por otra parte tienen también sus características particulares. La primera, producida a finales década del noventa y principios de ésta por la televisión sueca, abarca todas las novelas en el orden de publicación hasta La Pirámide y está protagonizada por el actor Rolf Lassgård, quien adquirió popularidad gracias a este trabajo. Fue emitida por televisoras en prácticamente toda Europa.

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Cada caso – novela tiene una duración de tres capítulos de una hora, al modo de esa gran serie policial inglesa que fue “Prime Suspect”, protagonizada por Helen Mirren.

La versión inglesa, protagonizada por Kenneth Brannagh, se ha volcado al orden aleatorio. En su primera tanda de se han estrenado a principios de este año en la BBC: La pista falsa, Un paso atrás y Firewall. Las tres ya se consiguen en su proveedor de torrentes favorito. Para comienzos de 2010 están anunciadas: Asesinos sin rostro, La quinta mujer y El hombre que sonreía.

Es de extrañar que los ingleses, grandes seguidores del policial, tanto literario como televisivo, hayan recurrido a un personaje extranjero. Vale reconocer: no han adaptado el relato a Inglaterra ni convertido al personaje en ingles. Wallander es sueco (eso si, con acento british) y todo ocurre en nuestro querido terruño de Ystad.

La crítica inglesa ha celebrado los telefilms, comparándolos con los del Inspector Morse, uno de los personajes mas queridos de Gran Bretaña.

Una tercera serie, nuevamente sueca, fue estrenada durante el 2008, y Wallander y su hija Linda comparten protagonismo. Arranca con Antes de que hiele, para luego continuar con guiones originales, sin relación con las novelas. Esta última encarnación de Wallander ha encabezado los rankings de Suecia, Alemania, Holanda y Dinamarca en venta de DVD (a razón de una caja doble por caso)

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Wallander no es solo un hombre común en circunstancias excepcionales. Wallander es el hombre común al que las circunstancias excepcionales están demoliendo. Es por eso que vale la pena leerlo, Wallander es lo más cercano que se pueda encontrar a uno mismo, enfundado en un uniforme de policía.

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