La casa del dragón: «El Señor de las mareas» y «El concilio verde»

La serie tardó ocho capítulos en darnos un momento conmovedor. Hasta ahora, los personajes eran todos unos hijos de puta sin corazón, capaces de cualquier cosa. Al relato le faltaba un compás moral. Algo que Juego de tronos tenía en los Stark primero, en Tyrion, en Brienne de Tarth o en el Caballero de la cebolla. En La casa del Dragón, no podíamos empatizar con nadie. Escena tras escena, complotados homicidas juegan el juego de tronos. Lo que era simpático al inicio, se vuelve pesado. No puede ser que nadie que haga lo correcto. Hasta un reloj roto da bien la hora dos veces al día. Pero en Poniente, es sabido, no hay relojes.

Sobre el final del capítulo séptimo, y ante la pelea entre la Reina Alicent y la Princesa Rhaneyra (y sus vástagos), Corlys se encuentra en el lugar difícil. La dicotomía entre nombre y sangre se resuelve por “nombre”, es decir, queda todo igual: su heredero será el segundo hijo de Rhaenyra, aunque no lleve su sangre. Pero como sucede en todas las sucesiones, ya sean de un reino de fantasía o de un PH en Morón, el quilombo no se hará esperar. Al comienzo del episodio 8 sabemos que Corlys lleva desaparecido un buen tiempo. Volvió a pelear con la Triarquía. Está malherido y sufre “las fiebres”.  El hermano de Corlys, el famoso tío turro, quiere para sí el trono de Marcaderiva, alegando, no sin razón, que el hijo de Rhaenyra no tiene sangre Velaryon. ¿Quién dirime estos asuntos en un reino de fantasía? Pues el Rey. Y si el Rey está enfermo, será la Reina y la Mano del Rey quienes dicten sentencia. No precisamente amigues de Rhaenyra, esos dos.

Como ya les adelanté, esta serie quiere que el espectador sepa en todo momento cuánto tiempo ha pasado entre un evento y otro. En este caso, desde la pelea grande entre verdes y negros, han pasado seis años. La acción se llevará a cabo en Desembarco del Rey. El relato se va volcando hacia el lado de Rhaenyra y Daemon. Donde había ambición, ahora hay miedo. El hecho de no querer el trono, el poder o la gloria, de forma automática se convierte en algo con lo que el público puede empatizar. Al tener que aceptarlo como sacrificio, Rhaenyra se convierte en heroína. Por el contrario, Otto es inexpugnable y manipula a Alicent. Los príncipes Aegon y Aemond son detestables y Helaena parece estar loca como un plumero. Todo esto es adrede. Se están creando las condiciones, de a poco, para volcar el favor del público a un bando.

Los hijos de Rhaenyra son desafiados por el “tío turro” hermano de Corlys. No son su sangre. Lo sabe todo el mundo, hasta el Rey. Pero es voluntad de Viserys que este tema no sea comentado. Rhaenyra viaja con Daemon y sus hijos (incluido Aegon, el hijo que tuvo con Daemon) a contestar el desafío. Lo primero que hace es ir a ver a su padre. Se encuentra con un cuerpo enfermo y moribundo, adormecido por la leche de amapolas. Le presenta a su hijo Aegon (homónimo del hijo de Viserys, lo que llevará a confusiones futuras). Viserys tiene un instante de alegría. Es el único personaje capaz de sentir algo parecido al amor.

La reunión entre Rhaenyra, Daemon y el Rey se da solo porque Alicent debe atender un problemita: su hijo Aegon es un violador serial. Rhaenyra trata de despertar a su padre del letargo. Le pide que interceda y salve su posición como heredera al trono, que se vería comprometida si el tío turro logra hacerse con Marcaderiva, ya que es una aceptación tácita de que sus hijos son bastardos.

El Rey Viserys, casi muerto, se levanta de su lecho. Cuando todo está por caer, se hace cargo del trono de hierro, lleva una máscara tapando la mitad de su rostro, su ascenso por las escaleras es doloroso. Se le cae la corona. Es ayudado por su hermano Daemon. Escucha los argumentos. Escucha a su prima Rhaenys. Cuando el tío Velaryon se desubica, una vez más, lo manda a callar. Finalmente, ordena cortarle la lengua. Daemon es siempre más rápido: le corta la cabeza. La escena es perfecta. Todos sabemos que es el último esfuerzo de un rey muerto. Y nos equivocamos, porque falta más: la cena familiar.  Una última escena con verdes y negros juntos, en donde, por si quedasen dudas, Viserys vuelve a afirmarles a todos los que cuentan que la heredera es Rhaenyra. En donde les muestra, en carne propia, lo que hace el trono de hierro. En la que les sugiere que no es un honor sino una condena. Por supuesto, en cuanto a Viserys lo retiren de la cena, los tíos Aegon y Aemond vuelven a la pelea con sus sobrinos Jacaerys y Lucerys, pero, por alguna razón, Alicent duda y parece abandonar la puja en favor de Rhaenyra. Pero Alicent no es constante. Tiene dudas. Es en la escena en el lecho de muerte de Viserys, donde vuelve a aparecer el aditamento más extraño y utilitario de esta serie: la canción de hielo y fuego.

Los guionistas construyeron dos ideas contrapuestas en La casa del dragón. La primera es que el trono de hierro lastima y enferma a quienes se sientan en él. No es solo una figura metafórica. Le pasa a Viserys todo el tiempo. Se corta. Sus heridas se infectan. Además, la tarea es tediosa. La hace a disgusto. Lo que parecía un honor se convierte en una carga. La segunda es el sacrificio. Son tiempos de paz en Los siete reinos. Las arcas están llenas. Allá lejos en el primer capítulo, se inserta el sentido de propósito. Viserys le rebela una profecía a Rhaenyra. Y una vez que Rhaenyra haya superado su pulsión adolescente y sus ambiciones; una vez que se convierte en madre y adquiere el miedo primordial de que le ocurra algo a sus hijos, lo único que la sostiene en la sucesión al trono es la idea del “príncipe que fue prometido”, la visión de Viserys I, el texto inscripto en la daga.

En su lecho de muerte, delirando, Viserys confunde a Alicent con Rhaenyra y le dice que Aegon es el príncipe prometido. Es muy conveniente que haya tantos Aegon en esta esta historia. No solo los hijos de Alicent y Rhaenyra, sino que hay un Aegon notable más, conocido como Jon Snow, quién será, de alguna manera, quien lideré a los siete reinos en la lucha contra la noche. El último suspiro de Viserys será un etéreo “mi amor”, presumo dedicado a su fallecida esposa.

No hablo de actores aquí, ni siquiera los nombro. Es muy tedioso para un recap. Pero lo que hace Paddy Considine como Viserys en su último episodio es monumental. Una parte es el guion, que por primera vez alcanza emotividad en tres escenas al hilo, y la segunda parte es cómo interpreta al Rey moribundo, cargado de sufrimiento y dolor que hace palpable al espectador.

En el noveno episodio, titulado El concilio verde, tenemos un mecanismo de punto de vista. Todo ocurre en las 24h posteriores al fallecimiento de Viserys y con el mismo grupo de personas: los verdes. En cuanto a la trama, es un relleno. Lo importante del capítulo podría resumirse en dos escenas, totalizando diez minutos. Ahí está el truco. No estamos frente a un capricho. Lo que se construye aquí son múltiples subtramas de cara al futuro. Lo que se nos está contando es la dinámica de los próximos guiones. Contar este capítulo de esta manera, permite plantar las semillas de lo que ocurrirá con un grupo de personajes y además duplicar las acciones en el mismo tiempo: el próximo capítulo contará lo que ocurre del lado negro, en Rocadragón.

Aegon II es un violador y un sádico, que disfruta ver peleas de niños, entre los que se incluyen sus bastardos. Aemond es quien se ha preparado para combatir y reinar. Es el más peligroso de los hermanos y resiente ser el segundo. La Reina Alicent es un péndulo: tiene la ambición fanática para ganar el juego de tronos, al mismo tiempo es manipulada y está al servicio de los hombres poderosos como su padre. Larys parece inspirado en el Frank Booth de Terciopelo azul. A lo Tarantino, se excita con pies y tobillos. La reina le permite masturbarse en su presencia. Y la Mano del rey lo sabe.  Ser Criston Cole se está transformando en un autómata al servicio de la Reina, como lo será en el futuro la montaña que cabalga. Otto continúa siendo inexpugnable. Es un villano sin motivación. No se sabe para qué quiere ser el hombre más poderoso, solo se puede sospechar una frustración como segundo hijo, ya que, al tener un hermano mayor, no es el Señor de Antigua. Helaena, por su parte, nos da un nuevo indicio de “su visión”. Cada vez que aparece, cada línea que dice, es la pista de lo que veremos.

La trama del capítulo es la de la conspiración para usurpar el trono. Los ritos y las apariencias son importantes, sobre todo cuando se rompe la ley. Hasta en los golpes de Estado se labran actas y certifica un escribano. Primero, se cancelan las comunicaciones. Se pone bajo encierro a todo aquel que pueda atentar contra el plan. Segundo, se alinea a los poderosos para que acaten. Y si no lo hacen, se los ejecuta, como pasó con el anciano Lord Beesbury, asesinado por Ser Criston, que le inserta una pelota de piedra (las decorativas de la mesa del consejo privado) en el cráneo. Luego, la preocupación: el heredero al trono no aparece por ningún lado. Dos grupos compiten por encontrarlo. Por un lado, los hermanos Erryk y Arryk Cargyll, ambos capablancas, enviados por Otto. Por el otro lado, Aemond acompañado por Ser Criston, enviados por la Reina. Aegon es maleable a quien lo controle. Y todo el mundo lo sabe.

El heredero está desaparecido. Su noche de juerga fue mucho más allá de las perversiones usuales. Al nuevo Rey le gusta ver pelear a niños hasta que queden lastimados. Para Ser Erryk esto es un paso más allá de lo tolerable y se adivina que abandonará su lado. El gran ausente en los mecanismos de poder, el pueblo, representado por Mysaria (que es la versión de Varys en esta historia) lo tiene oculto. La moneda de cambio que le piden al poder (a Otto) es la prohibición de las peleas de niños.

Rhaenys, confinada a sus habitaciones, recibe la visita de la Reina, que le pide su apoyo. Rhaenys es jinete de un dragón, como ya dijimos, el equivalente a armas nucleares. Puede leer a Alicent, una mujer lo suficientemente capaz para ser reina por derecho propio y al mismo tiempo sometida a las conspiraciones de los hombres a su alrededor. Astuta, no da respuestas tajantes. Gana tiempo. En breve será colgada, como los demás leales a Rhaenyra. Ser Erryk la rescata. Rhaenys quiere irse en su dragón y solo por casualidad, termina camuflada en una turba que concurre al Pozo de dragones, donde se realizará la coronación. La pompa Targaryen se sobreactúa para que el vulgo esté tranquilo. Tenemos un rey de pelo platinado, vestido de negro, con el blasón del dragón tricéfalo en su pecho, blandiendo la legendaria espada Fuegoscuro, la daga de su tatarabuelo y coronado en la casa de los dragones.

Emergiendo desde el piso, matando a diestra y siniestra, emerge Rhaenys desde las catacumbas del Pozo de dragones, montando a Meleys, el segundo dragón más grande en esta historia. Tiene la posibilidad de terminar con los verdes, pero no da la orden. No hay Dracarys aquí. Rhaenys no es Daenerys. No es una homicida. No es una regicida. Es una madre y una abuela, que no ha dado nunca indicios de ser capaz de matar a sangre fría. Salvo que sea al pueblo, claro. Los morochos no le importan a nadie.

Solo un episodio le resta a la temporada. La casa del Dragón se convirtió en un suceso tan grande que, casi con seguridad, tendrá su recorrido ideal, que George R. R. Martin estipuló en 40 capítulos. Como vaticiné antes: será la segunda temporada la que dé comienzo a la Danza de dragones propiamente dicha. Se ampliará el mundo, aparecerán otras casas, otros personajes y, casi tan importante como esto, se habrá tomado un tiempo en contar un primer acto. Una construcción metódica que no vemos en series tan grandes como esta. Se plantó y se cosechará. Espero al final de temporada ansioso y temeroso. No quiero esperar hasta 2024 para ver otro episodio de esta historia.