La casa del dragón: inicio de temporada

Lejos, muy lejos de las estrellas de Poniente, en una revistita salida del lecho de pulgas del cine argentino, hace eones de tiempo, analizamos capítulo a capítulo ese evento cultural y social llamado Juego de tronos.

Uno pensaría que años después podríamos tener acceso anticipado a algún capítulo para que esta reseña no se escribiese a los piques. Pero no, eso está reservado para quienes se obligan a alabar a Perry Mason, aunque odien todas las series. Delicias de este mundo.

Aquí estamos entonces, volviendo con el cambio de la marea hacia las costas de ese lugar que nos hizo felices y nos trajo tantas miserias.

Poniente, año 101 después de la conquista de Aegon. Dos siglos antes de los eventos de Juego de Tronos. Estamos en el ocaso del largo reinado de Jaehaerys I, el conciliador, y en un rapto democrático notable, el viejo rey convoca a todos los señores de Poniente para decidir su sucesión y evitar una guerra civil luego de su muerte. Sus herederos naturales han perecido. Entra en juego la segunda línea de sucesión.

Los candidatos son su nieta Rhaenys (Eve Best), hija de su heredero Aemon Targaryen, y su nieto Viserys (Paddy Cosidine), hijo Baelon Targaryen, su tercer hijo (y segundo hijo varón). El fallecimiento de Aemon y de Baelon precipitó las decisiones.

Los lores de poniente eligen a Viserys, quien asume el trono a la muerte del rey. Viserys tiene una hija Rhaenyra (Milly Alcock), pero no tiene herederos varones. La historia se repite y estamos ante un problema: la sucesión se divide entre Rhaenyra y el hermano del Rey, el Principe Daemon (Matt Smith), uno de esos Targaryen crueles, como Maegor. Esto es advertido por la Mano del Rey, Otto Hightower (Rhys Ifans).

Como sospecho que quien lee esto no está buscando que le cuente un capítulo, sino que estima el sesudo análisis que le ponemos a la obra de George “el perezoso”, no vamos a contar cada vicisitud del inicio de esta nueva serie, sino a tratar de ubicarnos. La casa del dragón castea a dos actores para Rhaenyra, por ahora solo vimos a la mencionada Milly Alcock, y escuchamos la voz de la otra actriz, Emma D’Arcy. Se supone que esta serie contará la guerra civil entre Targaryens, conocida como La danza de dragones, no confundir con el quinto libro de la saga de Canción de hielo y fuego, llamado de la misma manera, en la que se menciona este antecedente canónico, pero que por supuesto es parte de otra guerra. No podemos saber si la serie se tomará una, dos o cinco temporadas para hacerlo.  El relato está basado en un libro de George R. R. Martin llamado Fuego y sangre, en el que se cuenta la historia del linaje Targaryen. La danza de dragones se cuenta apenas con unas pocas páginas; llenas de datos y nombres, pero ni siquiera equivalentes a un cuento largo.

Los temas de La casa del dragón se adivinan alegóricos: el papel de la mujer, la naturaleza del poder, la dicotomía entre ser una buena persona y un buen dirigente. Eso es lo que se ve; pero lo que nos tiene preparado, lo que estamos viendo, puede ser algo distinto. Como si fuera un festival mormón, tendremos casamientos con familiares, examantes convertidas en hija y madrastra, alianzas y traiciones, verdes y negros y una colección de atrocidades.

Esta serie, como los Targaryen, es una moneda en el aire. Puede ser sublime o una porquería. Hasta ahora, el capítulo que se emitió es problemático. Es como si hubieran pasado por un algoritmo todo lo que la gente dijo que le gustó de Juego de tronos, y lo hubieran puesto en un guion. El problema es que cuando alguien dice “me gusta la dualidad de los personajes”, usualmente se le ha dado tiempo al personaje para mostrarse dual, o aun mejor, se nos ha mostrado durante meses a un hijo de puta, que de repente tiene un gesto noble. O después de seguir a uno que pensábamos que era un héroe clásico, nos encontramos con un doblez en su personalidad. Lo mismo ocurre con todos los tópicos que se les ocurran, ya sean la complejidad de la trama, la violencia, el sexo, etc. A Otto Hightower lo vemos en 3 o 4 escenas. En el 75% es un hombre mesurado, recto y leal a la corona. En la restante le ordena a su hija que “consuele al rey” (guiño-guiño). El príncipe Daemon se adivina un psicópata cruel capaz de cualquier cosa para tener el trono; su rival es la princesa Rhaenyra, de la cual está muy enamorado.

La pimienta es rica como condimento ¿Probaron comerla a cucharadas? Lo violento de la escena de las justas de caballeros, montada con el parto fallido, no puede ser considerado en abstracto. No funciona. No tiene que funcionar. No hubo tiempo de maduración. La sutileza hubiera sido un mejor camino. La violencia explícita es un lujo para demostrar un punto, salvo que lo que se cuente sea eso y solo eso.

Este mundo ya ha sido creado. No habrá un solo espectador nuevo, sino que se acercarán solo aquellos que provengan de Juego de tronos; por ende, no hay pausas para contarnos sus mecanismos. La propia necesidad de que la serie funcione bien y de forma masiva puede llevarla a su fin. Debe generar expectativas de entrada.  Y eso es un problema. Los mejores guiones de series se toman su tiempo para plantear las cosas. En La casa del dragón el miedo es tan grande, que hay una escena donde se cuenta una profecía que la enlaza con la Canción de hielo y fuego. Viserys I porta en su cinturón la daga con la que Arya matará 200 años después al Rey de la Noche. Esto sale de la nada. Se sabe que no tendría que estar aquí. Si tenía que estar, porque George lo convirtió en canon, no era el primer capítulo. Pudo haber sido el clímax de la serie. Pudo ser una escena pivot. Es la nada misma.

En base a esta necesidad que La casa del dragón funcione bien y se asiente el universo GoT (como está pasado con el universo Star Wars en Disney, y el Star Trek en Paramount), es justo decir que no se ha escatimado en gastos. Es un paso adelante de la última temporada de Juego de tronos, que a su vez era 10 pasos adelante de la primera. Comparado con el primer capítulo de La casa del dragón, el primer capítulo de GoT es una película indie. Todo es enorme. Todas las tomas son un “salvapantallas”. Se juega con el arte conceptual al límite. Las interpretaciones también funcionan, en particular, el duelo entre Rhys Ifans y Matt Smith.

HBO ha creado a su propio Golem. Una bestia incontrolable, como un dragón. No soy experto en negocios, pero sospecho que en todas estas fusiones y desmembramientos (HBO, Warner, Discovery) ha tenido algo que ver el suceso gigantesco de una propiedad del canal, como es Juego de tronos. Generar algo tan grande, en una carrera armamentística por ser enorme, como ha propiciado Disney y Marvel, es un problema que afectó al cine y puede llevarse puesta a la edad de oro de las series.

De cualquier manera, para saberlo, habrá que ver la temporada.