Los Ilusos #49: Thriller político, el fin del verosímil

A Arthur Conan Doyle y a Sherlock Holmes se les atribuye una frase que dice: “Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”. En política y en la vida misma, siempre creemos que todas las decisiones que se toman son inteligentes, nos cuesta aceptar el caos y la casualidad. Todo se hace por algo. Es un razonamiento sensato y optimista, queremos creer que la estupidez no existe o que, de existir, no puede formar parte de la política, porque la política es ilustrada y los ilustrados son los mejores de una sociedad. Es un pensamiento que empleamos muy a menudo en nuestra vida con todas las figuras que ostentan algo de autoridad: si están ahí, arriba mío, es por algo. Lo cierto es que, a medida que pasan los años y crecen las canas, comenzamos a abrazar la estupidez como algo cotidiano y posible. A veces, los cargos no son ocupados por los más preparados para la tarea. La negligencia deja de ser lo imposible y pasa a ser una verdad posible.

Esta predisposición para creer en que todo tiene una motivación y una razón de ser encuentra mucha recepción en el cine. Parte de la ilusión que este genera como arte dramático es la idea de que los personajes no están subsumidos en el caos. Tienen motivaciones. Quieren algo y actúan en consecuencia. Todo encierra un propósito, porque si no sería un absurdo.

Si el thriller se puso de moda en la segunda mitad de los 70 y tuvo su auge y apogeo en los 80 y 90, no es extraño que haya encontrado en historias vinculadas a la política un terreno fértil para trabajar el suspense y la intriga. Ya sea mediante recreaciones de hechos verídicos o relatos puros de ficción, la ambientación de historias en un contexto de Guerra Fría y post caída del muro de Berlín fue un escenario más que interesante para que los cineastas dieran su opinión o teorizaran sobre la situación de un mundo que poco a poco comenzaba a volverse multipolar. En el seno de Hollywood, la utilización del thriller con estos fines fue fundamental para hablar del fin del sueño americano. Las películas se llenaron de espías, conspiraciones, magnicidios e intentos de explicar por qué ocurrieron ciertos hitos históricos. 

Una vez descartado lo imposible, lo que quedó fue una discusión sobre el poder en el mundo. Dónde, cómo, cuándo. Esa discusión, con múltiples posturas, en los últimos años ha caído en declive, gracias a la estupidez. La propia realidad superó cualquier ficción intrincada y la más irrisoria comedia.

Texto y subtexto

El arte dramático en general y el cine en particular suelen organizar su narrativa según las ideas de texto y subtexto. El texto es lo que se cuenta, la historia superficial. El subtexto es, justamente, la opinión sobre un tema, que subyace al relato que está en la superficie. Aquello de lo que de verdad se está hablando.

En el thriller político, el subtexto esconde siempre una idea sobre la sociedad contemporánea. Por más que hable de algún hecho pasado, este definitivamente es utilizado para dar una lectura sobre el presente.

Tomemos como ejemplo JFK (1991), de Oliver Stone. La película sigue la investigación que hace el fiscal de Distrito Jim Garrison (Kevin Costner) luego del asesinato del presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy. El texto es la investigación, la peripecia del fiscal para entender quién asesinó al presidente y por qué. Pero la película no es sobre eso. En esencia, trata sobre el fin del poder encarnado por individuos palpables. La muerte de Kennedy es el símbolo que expresa que quien gobierna ya no tiene el poder. Los intereses, las redes, se tejen por detrás. Este acontecimiento, para Stone, significa el fin del American Way of Life

La conspiración sobre el magnicidio es cada vez más grande. No para de crecer. Mientras más avanza la película, más lejos está Garrison de entender qué pasó. Una parte del poder lo encarna quien sabe, X (Donald Sutherland), un personaje que no tiene nombre y que logra juntar varias piezas del rompecabezas. X no detenta el poderío por coacción, no puede hacer que alguien haga o deje de hacer algo. No domina, es poderoso porque, en definitiva, sabe que el poder está en cualquier lugar menos en la Casa Blanca.

La muerte de Kennedy es un fenómeno tan multicausal que no puede ser esclarecido, pero sí interpretado. Es el final de una lógica de gobierno, el ocaso de la concepción unilateral del mando presidencial y del sueño de la democracia moderna. Lo que vino y lo que vendrá, dice Stone, será peor.

Todos los hombres del presidente

En la construcción dramática de un guion de cine, al momento de escribir a los personajes, se suele recurrir a una noción que proviene de los orígenes de la narratología: la tridimensionalidad

Las tres dimensiones de un personaje serían la física (cómo es su corporalidad, sus rasgos y su expresión física), la social (su clase, nivel educativo, formación laboral, etc.) y la psicológica (cómo piensa, qué le sucede a nivel interno).

En el thriller político, esto tiene algunas particularidades para detenerse a pensar. Muchos de los personajes que protagonizan estos films son representaciones de gobernantes reales, personas que existieron y que despiertan, algunos más otros menos, amores y odios. Tomemos a modo de ejemplo dos sucesos relativamente cercanos en el tiempo: W. (2008) de Oliver Stone, sobre la vida de George Bush, y La caída (2004), de Oliver Hirschbiegel, sobre los últimos diez días de vida de Hitler. Ambos largometrajes fueron acusados de humanizar a sus protagonistas y de otorgarles una complejidad que permitía cierta empatía con el horror. 

Para evitar estos berenjenales y no entrar en camisa de once varas es común que el thriller político recurra a la idea del personaje externo como narrador y protagonista. Puede ser un periodista, un escritor o un fiscal. Se trata de sujetos que se ven involucrados en una pesquisa en la que se busca comprender un acontecimiento.

En esa línea, Alan Pakula es un ejemplo bastante paradigmático del caso con dos de sus mejores obras del género: The Parallax View (1974) y Todos los hombres del presidente (1976). 

Asesinos S.A., nombre con el que fue conocida The Parallax View en Hispanoamérica, es un film mosaico, de viñetas. Joe Frady (Warren Beatty) es un periodista que indaga sobre el asesinato de un candidato a senador de Estados Unidos. Según el comité que investiga, la persona fue identificada y luego hallada muerta. El caso está cerrado. Los años pasan y la mayoría de los testigos del crimen comienzan a morir. Frady sigue investigando y descubre que existe una suerte de empresa que contrata asesinos y orquesta diversos crímenes. En otra de las viñetas del film, nuestro periodista ahora está infiltrado en ese submundo y ya no puede escapar. La única salida es hacia delante, exponiendo todo lo que sabe, pero es tan desalentadora como la visión política de Pakula sobre su país. La película termina como empieza, el periodista intenta evitar un magnicidio y no solo no lo consigue, sino que muere y termina siendo declarado culpable por el crimen. Nada ha cambiado.

De nuevo, es imposible pensar The Parallax View y no asociarla a la trágica historia de los Kennedy y ciertos crímenes políticos que ocurrieron entre los 60 y 80. La película es, al igual que JFK, un relato sobre el poder, un poder que nadie ve, nadie ostenta, que está oculto, pero que tiene las herramientas necesarias para subsistir y perpetrarse.

Todos los hombres del presidente, en cambio, es una obra más directa y menos alegórica con lo que está ocurriendo en la vida política de su país. Realizada solo cuatro años después del escándalo Watergate, el film narra la peripecia de Bob Woodward y Carl Bernstein, dos periodistas reales del Washington Post, que investigaron uno de los sucesos políticos más relevantes de la historia reciente de Estados Unidos: el robo de documentos de la sede del Comité Nacional del Partido Demócrata y el intento de encubrimiento del gobierno de Richard Nixon para evitar que los responsables fueran identificados. 

El “escándalo Watergate” no fue tan importante por la gravedad del hecho en sí mismo, sino por todo lo que expresó para la sociedad estadounidense de aquel entonces. Primero, el aporte de los recursos del Estado para perseguir a los opositores y luego, una vez estallado el incidente, la exhibición de la fragilidad del poder presidencial, que saltó como un fusible necesario para mantener el statu quo. Lo que expone Pakula en su film es qué sucede cuando los diques de contención establecidos por las redes de poder sobre el poder mediático no alcanzan para frenar lo que ocurre. Al paso que el escándalo crece, los medios primero intentan aplacarlo, pero no lo consiguen. Para evitar que el bochorno salpique a todo el sistema y se rompa la represa del control silencioso, ceden y permiten la filtración. La cadena se parte por el eslabón más débil, que es, nada más y nada menos, que el presidente.

Si bien el director omite mostrarlo –lo que deja entonces a la libre interpretación del espectador el final de la película–, incluso la propia política debe activar sus mecanismos de autodefensa para detener la sangría, no importa que sea a costa de la primera renuncia en la historia de un presidente, porque, de nuevo, el poder ya no está en manos de quien gobierna, está en otros lados.

Mentira la verdad: el poder del dispositivo

Como ya vimos, el thriller político no tiene que estar sí o sí atravesado por un hecho verídico. Puede, también, trabajar situaciones ficticias. Así como el mockumentary es utilizado para jugar con el dispositivo cinematográfico y estirar los límites de la representación de la realidad en el documental, buscando pasar por cierto lo que no ocurrió, el thriller político puede valerse de la estructura narrativa del género y su verosímil implícito para explorar otro tipo de relatos.

Capricorn One (Peter Hyams, 1977) narra una operación del gobierno y la NASA para hacer pasar por cierto un falso aterrizaje en Marte. La premisa está inspirada en ese mito urbano que dice que el hombre nunca llegó a la luna y que todo el registro fue un montaje realizado en un estudio. 

Hyams hace algo muy interesante, aborda el film casi como si fuera un docudrama, es decir, una historia “de verdad” ficcionalizada. Esto funciona de maravilla. Durante una gran parte de la película, el efecto de verdad aparece. Incluso hoy en día puedo asegurar que muchas personas que la vean por primera vez podrían pensar durante la hora inicial que lo que se está contando es una fiel recreación de un suceso histórico. A su vez, el subtexto, elemento clave del género, también está asegurado. Nuestro héroe es un periodista que descubre la verdad de la conspiración y que arriesga su vida para tratar de exponerla. La idea es que, aunque tratemos de ocultarla, la verdad siempre prevalece. 

Últimos ejemplos

A pesar de que sus años dorados pasaron, desde la segunda década del 2000 a esta parte, algunos thrillers políticos “a la vieja usanza” han visto la luz, intentando mantener vigente lo mejor del género.

The Ides of March es una película de George Clooney estrenada en 2011/12. Narra cómo un joven e idealista asesor demócrata, Stephen Meyers (Ryan Gosling), trabaja al servicio Mike Morris (el mismo Clooney), un gobernador que intenta ser ungido como candidato a presidente de su partido en las próximas elecciones. En el desarrollo de toda esa relación, Clooney filma su última gran película y expone un alegato sobre lo oscura y perversa que puede ser la política, incluso en el seno de lo que se supone que es el partido “bienpensante” de Estados Unidos.

Pocos meses después, Ben Affleck presentó Argo, su tercer film y su opus consagratorio (por lo menos hasta el bochorno de Live by Night en 2016). La cinta narra la operación de rescate realizada por la CIA entre 1979 y 1981 de los rehenes diplomáticos de la embajada estadounidense en Teherán, Irán, luego de la crisis política y la caída del Sah, Mohammad Reza Pahleví. 

La crisis económica de 2008, producto del estallido de la burbuja del mercado inmobiliario, fue uno de los tópicos más recurrentes de los pocos thrillers políticos contemporáneos, y una señal de demostración muy gráfica de cómo el poder ya no se expresaba a través de los gobernantes, sino desde el mundo financiero. Margin Call (2011) de J. C. Chandor, film que podríamos denominar como un “thriller empresarial”, quizá sea la película que mejor abordó el conflicto, situándose desde la perspectiva de una serie de empleados de una corporación que descubren que toda la liquidez de la firma se sostiene en hipotecas de casas que jamás serán pagadas en tiempo y forma.

Finalmente, Spielberg se decidió a despedir el género en Hollywood, rodando dos de sus mejores películas de los últimos años: Bridge of Spies (2015), sobre la detención del espía ruso Rudolf Abel en 1957, y The Post (2017), obra que relata cómo la editora del Washington Post en los 70 se enfrenta a las amenazas del gobierno. 

Este último ejemplo de Spielberg tiene una particularidad, casi que podríamos decir que es una suerte de precuela de Todos los hombres del presidente. Si ven ambos films, por favor presten mucha atención a la escena final de The Post y al comienzo del largometraje dirigido por Pakula.

El fin del verosímil

Armando Iannucci es uno de los cómicos más ingeniosos que tiene la industria. Su serie Veep (2012-2019) fue una sátira política de siete temporadas emitidas por HBO que seguía la vida de la vicepresidenta de los Estados Unidos, Selina Meyer (Julia Louis-Dreyfus). En un determinado momento, Veep se emparentó tanto con la realidad de Estados Unidos gobernada por Trump que dejó de ser graciosa y pasó a ser premonitoria. No había chiste o sátira posible, cualquier imaginación o delirio era superado por la propia realidad. La idiocracia los había vencido y con ello se terminó el verosímil de la ficción política.

Adam Mckay estrenó Vice en 2018, una suerte de comedia/biopic sobre la vida de Dick Cheney, el vicepresidente de los dos mandatos del gobierno George W. Bush. La película fue un éxito, en todo sentido. El director había logrado plasmar mediante la comedia todo el espanto que fueron esos años de la vida política norteamericana. En 2021 la realidad ya no alcanzó y McKay tuvo que recurrir a un futuro cercano para intentar hacer una crítica política de su país con Don’t Look Up. Antes de estrenarse, la película había quedado vieja. No era fresca, graciosa u original. 

El presente es aterrador, no por lo perverso de los gobernantes, sino por la estupidez en la que estamos hundidos.

El último gran thriller político, creo que es muy difícil que alguien pueda volver a hacerlo tan bien, es The Hater, film polaco de Jan Komasa, lanzado en 2020 y que está disponible para ver perdido en el catálogo de Netflix. La película cuenta cómo un joven no muy brillante pero bastante ambicioso termina trabajando para una empresa de marketing digital, puesta al servicio de un candidato de ultraderecha en Varsovia. Ataques, fomento de violencia mediante el uso de las redes sociales y difusión de noticias falsas son las herramientas de la nueva política que ya aparece sin ningún tipo de límites o tapujos. 

¿Les suena de algún lado?

Piensen en nuestro ejemplo local: un economista no muy inteligente, que plagió todos sus artículos académicos y que grita escupiendo todo despeinado que el calentamiento global no existe, es el político con mejor imagen positiva del país. En sus filas conviven fascistas y miembros de la comunidad LGBTQ; nazis y judíos; millonarios y trabajadores precarizados. 

Es el final, no se va a poner mejor. Estamos liquidados. 

Una vez abrazada la estupidez como un escenario posible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad.


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