Reseña: Boy (Taika Waititi)

La inmensa imaginación que posee un niño cuando no tiene la tecnología y la inmediatez de la información, jugar en la cotidianidad sin saber ni importar cuál es la película de estreno, o el último campeón del mundo en pádel, puede llegar a sonar irónico hoy en día, ya que estamos en la gran era digital que nos desconectó de todo eso. El no poseer esa inmediatez da rienda suelta al gran imaginativo de cada uno de nosotros. Es así como va por un tubo esta entretenida historia maorí, que a través de técnicas cinematográficas mezcladas resalta el surrealismo dentro del drama y la comedia. Tal como la escribió y dirigió Taika Waititi, nos hace cagarnos de la risa y odiarlo todo a la vez, dando cuenta de que los malos padres existen en todo el mundo.

Es 1984 en Raukokore, en la Isla Norte de Nueva Zelanda. Territorio maorí. En una pequeña escuela local están en su último día escolar. El film se centra en la presentación que realiza el protagonista. En plena disertación escolar, que trata de hablar sobre sí mismo, de pie frente al salón y con mucha energía, se presenta así: “Hola, mi nombre es Boy, bienvenidos a mi testamento. Mi persona favorita es ‘Michael Jackson’”. En aquellos años el artista pop dominaba el mundo con su música y pasos de baile. Los isleños, incluso los que están apegados 100% a su cultura maorí, con sus costumbres y religión, no están exentos del gran boom sociocultural que generó el Rey del Pop.

Alamein, AKA Boy, es un niño de 11 años. A su corta edad ya posee varias responsabilidades. Una de ellas, es asistir al colegio. La otra es hacerse cargo de su hermano menor Rocky, de 6 años. Sus otras obligaciones tienen que ver con sus cinco primos: Hucks, Kiko, Miria, Chay y Kelly. Tienen una cabra de mascota, llamada Leaf, a la que Boy alimenta y cuida, además le cuenta sus fantasías, como si fuera su mejor amigo. Ellos viven con su abuela en una casa blanca. Todo esto lo cuenta el pequeño frente al resto de la clase. Boy es entonces quien suple las labores en el hogar en un mundo que parece no tener adultos.

El relato, a ratos, corre por el mundo imaginativo de Rocky, el hermano pequeño. Este cree tener superpoderes. El director, utilizando la técnica stop motion, representa los poderes que el niño imagina tener. Es callado y retraído. Producto de esto es que sus compañeros de escuela lo hacen sentir extraño y excluido. No así su hermano mayor, Boy, que tiene un grupo de amigos y es algo popular. No está demás decir que los niños viven en un poblado pequeño y se conocen entre todos.

Volviendo con la presentación del protagonista, él mismo cuenta que su padre es un tipo sorprendente, imaginándoselo como un superhéroe. A través de escenas como sacadas de cuadros fijos, los que simétricamente encuadrados muestran cómo un hombre adulto interpreta los súper actos relatados por el pequeño, capaz de escapar de la cárcel solo, cavando un túnel con una cuchara, para luego, pelear con tres policías y salir invicto, huyendo del lugar. Boy cuenta esto esperanzado, pensando que su padre volverá y podrán ser una familia constituida.

Existe una falsa normalidad, haciéndote creer que el niño es feliz. Pero son sus propias palabras las que esconden la verdad del vacío que existe en su corazoncito, inventando ideológicamente a un padre que nunca ejerció su tarea como tal. Tiene un toque tragicómico, porque en la misma presentación escolar, el pequeño dice que su padre es: “Un tallador de madera, un buzo de altamar, capitán de un equipo de rugby y que además posee el récord por golpear a más personas con una mano”. Todo es perfecto en la cabeza del pequeño.

El conflicto comienza cuando la abuela tiene que viajar a un funeral y, al parecer, es lejos, porque volverá la semana siguiente. Boy queda a cargo de la familia. Cocina y atiende a los demás. Es el encargado de dar las gracias por la comida. Con un canto maorí bendice los alimentos. Al comenzar a comer, uno de los más chicos, hastiado de la comida, exclama: “Otra vez langosta”. Como si en el resto del mundo fuera económico conseguir ese crustáceo. Escena siguiente, después de comer, todos están cumpliendo una labor en la cocina mientras miran televisión y se ríen de los chistes de un personaje neozelandés muy popular de la época. Es un cuadro perfecto que genera armonía.

Cuando cae la noche, ocurre la gran sorpresa: aparece un auto con tres hombres en su interior. Rocky imagina tres demonios de ojos rojos. Boy, como el mayor a cargo, se acerca y saluda. Le responde el tipo al volante, soltando una bocanada de humo, dice: “Soy Alamein, tu padre”. Manejando un maquinón de auto. Una sonrisa gigante se dibuja en la cara del protagonista que, sin dudar un segundo, invita a Rocky para que se acerque a saludar a su padre, que no conoce. Una escena tan fría, como los pies de un pingüino rey.

Sobre el vehículo, en el volante, como les comenté, se encuentra Alamein, el padre de los dos muchachos, quien aparece así, sin previo aviso y con dos amigos más. Alamein, interpretado por el mismísimo Taika Waititi. Detengámonos un momento, rebobinemos un toque la cinta y editemos esto.

Taika Waititi gana premios con un cortometraje titulado: Two Cars, One Night (2003). Podría ser una posible precuela de Boy (2010), el puntapié para comenzar el trabajo del largometraje, siete años después.

Volvamos a la película.

La llegada del padre ausente descoloca a todos, desordenando la trama y la vida de Boy. Poco a poco el film nos demuestra que los adultos que aparecen en la cinta no se comportan como tal. Y que un hombre adulto es capaz de arruinar la vida de quienes lo rodean con mucha facilidad.

La película es ingeniosa, tanto en su relato, sus inocentes diálogos, como en su realización. Es capaz de mantenerte atento y de buena onda, a pesar de los cagazos que ocurren. La cotidianidad del film corre por una delgada línea que divide la hermosa y sencilla niñez y la madurez forzada, con todas sus complejidades. Lleva a Boy a convertirse en todo lo que odiamos de la adultez, por ejemplo, crecer.