COPIA FIEL, FICCIÓN Y POLÍTICA #9:  los devastadores daños colaterales de la guerra

En sentido figurado, guerra, derecho y política son considerados como fenómenos interconectados. En este orden de ideas: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, frase medular del clásico tratado de Karl von Clausewitz, una manifestación elocuente.

¿Es posible incluir en este marco una película que habla sobre los daños colaterales de una guerra dentro del género de películas políticas?

Por lo general, el llamado cine político trata de temas focalizados en la vanguardia o la historia política propiamente dicha, ya sea hablando de expresidentes o de personas que ocuparon altos cargos dirigenciales públicos o privados, pero con amplia influencia en el devenir político de su época y territorio. También pueden hablar, entre otros tópicos, de las minorías y de sus mayores representantes en la historia, del racismo y de sus atropellos, de la homofobia como política pública contra la homosexualidad y de cómo las personas han tenido que enfrentar estas agresiones, todos casos que han tenido consecuencias graves e incluso mortales, hacia el interior de distintas comunidades.

Por otro lado, las películas políticas pueden desarrollar tramas vinculadas con el impacto que los acontecimientos políticos violentos, como la guerra o la represión, que provocan para sufrimiento de la población, alterando definitivamente la vida de las personas. La supervivencia y la lucha diaria son parte esencial de una problemática que siempre se ha intentado retratar en el cine político, y en sus relatos se manifiestan con intensidad, causando un significativo dolor moral.

En este marco y con un sentido amplio, todo termina siendo político, así es como los filmes políticos pueden relacionarse con distintos géneros cinematográficos y transitar variados formatos, en razón de que su base de funcionamiento y principal objetivo es hacer una reflexión y sacar a luz pública procesos socio-políticos y político-culturales que, en muchos casos, quedarían ocultos bajo la alfombra de la historia oficial, tapados por los hechos que sí les interesa que trasciendan a los que lucran y ganan casi siempre, en especial, con las guerras.

Breve referencia a la historia real detrás del drama bélico

Corría el año 1945, y la Segunda Guerra Mundial sufría sus estertores, en esos tiempos, pilotos británicos bombardearon una institución educativa en Copenhague, la capital de Dinamarca, y mataron a más de 120 personas, de las cuales aproximadamente el 70% fueron niños y niñas del establecimiento. En verdad, la misión de la Royal Air Force, llamada Operación Cartago, pretendía bombardear el edificio Shellhuset, donde funcionaba una sede de la Gestapo. La resistencia danesa había solicitado a los británicos que hicieran una redada sobre el lugar. Vale aclarar que Shellhuset se utilizaba para almacenar expedientes y torturar e interrogar a ciudadanos daneses.

Haciendo un breve repaso histórico previo, Dinamarca fue invadida por la Alemania nazi en abril de 1940, en un acto que violó la neutralidad mantenida hasta el momento. Ante la rendición casi inmediata del gobierno danés, se le “respetó” la autonomía y se permitió el “escape” de la comunidad judía. Desde el verano del 42 la ocupación se volvió hostil ante los intentos de sabotaje de parte de la sociedad, la nombrada resistencia danesa.

Las trágicas y equívocas consecuencias de ese descontrolado poder de fuego y el esfuerzo de la población civil victimizada, con sus intentos de seguir viviendo a pesar de todo, en especial sus niñxs con su inocencia y sus juegos, hace que la sucesión de las tragedias produzca un estado de angustia ante lo inentendible de cierto accionar humano, sumado a su insensibilidad hacia los inocentes.

Todo aquel que se jacte de justificar las acciones bélicas debería abrir su panorama hacia la totalidad de los afectados, en especial, respecto de aquellos que sin culpa y sin razones para sufrir reciben el impacto de los males del belicismo y sus consecuencias prácticas.

Una sombra en mi ojo

El film arranca cuando tres jóvenes mujeres se preparan para salir. Abordan un auto de alquiler mientras se cubren de la lluvia con un papel de diario en la cabeza cuando, unos minutos después, ya en camino hacia su destino, un avión militar las sobrevuela y dispara a mansalva con su ametralladora.

Un comienzo que conmociona y desequilibra, anticipando la tragedia perturbadora que se ha puesto en marcha.

Un chico que anda en bicicleta por las cercanías es el testigo directo de la inesperada fatalidad y cargará en su mochila con el peso traumático del hecho desgraciado.

Como mencionábamos, la trama se desarrolla en 1945, durante una misión de la Fuerza Aérea británica que pretende bombardear y acabar con una sede de la Gestapo en la ciudad de Copenhague, pero sus protagonistas no son soldados ni agentes de la Gestapo, sino las niñas y los niños, sus padres, sus profesores (monjas y maestras) y de más habitantes de la ciudad, que solo pretenden llevar una vida más o menos normal, a pesar de estar inmersos en un conflicto armado cruel e inhumano.

Desde sus primeras secuencias, el filme nos advierte severamente de las posibilidades de ocurrencia de un simple error y de los fatales efectos que puede tener sobre las personas comunes que se le crucen, inocentes y desprevenidas de la guerra. Este anticipo, tal vez, nos inocule para que lo que viene no nos devaste, pero no nos inmuniza ante sus estremecedoras consecuencias.

Como enemigos enfrentados, preparados y predispuestos, los grupos de las fuerzas oponentes no distinguen entre aliados, enemigos o civiles, lo que les importan son los objetivos y los supremos intereses de los que han sido convencidos.

Por un lado, los nazis de la Gestapo tienen prisioneros a miembros de la resistencia en el piso superior del edificio como un escudo humano, algo que supuestamente los protege. Por el otro, los pilotos británicos están dispuestos a cumplir su misión a cómo sea, sin medir los riesgos que correrá el resto de la población por su peligroso accionar.

En ese contexto bélico, Una sombra en mi ojo retrata un suceso trágico de origen bélico: el bombardeo accidental de su principal escuela, donde murieron 86 niñxs y más de 30 adultxs.

Entre los personajes protagonistas se destacan las niñas Eva y Rigmor (amigas y compañeritas de escuela) y Henry, un primo de la última, que está viviendo de forma temporal en casa de sus tíos para recuperarse del trauma que le produjo presenciar el primer episodio trágico presentado en el relato. Sin ánimo de spoilear, momento derecho al corazón con la última escena de la película.

Otra protagonista destacada en el filme es Teresa, una de las monjas de la escuela, de las más jóvenes de la congregación de las Hermanas de San José, que vive una especie de crisis de fe ante las noticias nefastas que le llegan del mundo exterior.

El elenco está integrado por Bertram Bisgaard, Ester Birch, Ella Josephine Lund Nilsson, Danica Curcic, Malena Lucia Lodahl, Alban Lendorf, Alex Høgh Andersen, James Tarpey, Casper Kjær Jensen, Rikke Louise Andersson, Malene Beltoft Olsen, Kristian Ibler y Mads Riisom, un conjunto que presenta niveles destacadísimos y un piso de actuación que no admite reproches. En este orden de ideas, se merecen un reconocimiento especial los niños actores, como Ella Josephine y Bertram, que con eficiencia le transmiten al espectador el miedo y la inseguridad que en el entorno agrisado de la guerra sufrían ese grupo de pequeños niños, en esa Copenhague de 1945, criaturas inocentes que tuvieron y tienen, lamentablemente, su réplica en cientos de miles de otrxs niñxs a lo ancho y largo del mundo y de la historia.