Nitram: ensayo sobre una masacre

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Hay cierto aire nostálgico en la imagen. Cierto aire de ensoñación. Esos tonos nos remontan a los años 90, los días en que los países aliados de la antigua Segunda Guerra Mundial —por entonces los rectores de la política y la economía del mundo occidental— celebraban el inicio de la globalización. En la calle de un barrio residencial, un adolescente desgarbado, de pelo largo y revuelto, con un vago estilo grunge, revienta cohetes para divertirse. A su alrededor, un grupo de niños se divierte con el juego, que tiene algo de desequilibrado. “¡Dale, Nitram! ¡Dale!”,le gritan los niños para estimular su euforia incongruente. Nitram es el apodo con que todo el barrio conoce a ese muchacho extraño, solitario, irascible. A lo largo de la película, nadie lo llamará por su nombre.

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En este detalle subyace un motivo que trasciende la ficción: la historia que cuenta Nitram está inspirada en la masacre de Port Arthur, Tasmania, ocurrida en 1996, en la que un tirador mató a 35 personas e hirió a otras 24. El nombre del asesino no se mencionó en el guion. No lo nombró el director, Justin Kurzel, ni los actores durante la filmación. Tampoco los participantes de la película lo citaron en las gacetillas de prensa ni durante las entrevistas. “Existe esta idea de mala reputación, de celebridad, de reconocimiento, que es muy peligrosa”, comentó Caleb Landry Jones —actor premiado en el festival de Cannes por encarnar a Nitram— en una entrevista para Indiewire. “No quisimos ser parte de eso. Por eso no dijimos su nombre ni lo mencionamos nunca. Quisimos ser parte de eso lo menos posible, a la vez que tratamos de expresar algo que podemos hacer solo en algunos espacios como el cine, para poder hablar sobre este hecho más adelante, algo que es muy probable que sea difícil hablar después de ver la película”.

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Nitram evoca a Elephant (Gus Van Sant, 2003) no solo por el tema que trata, sino también por el lirismo objetivista, documental, con que Kurzel compone las escenas. Sin embargo, a diferencia de Elephant, Nitram no es un relato coral, sino que se enfoca en el personaje que da nombre al film. La película de este modo se convierte en el estudio de un individuo que habrá de cometer un crimen atroz. Kurzel, sin embargo, se cuida muy bien de quitarle a Nitram esa aura de antihéroe con la que cuentan, por ejemplo, el Travis Bickle de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) o el Arthur Fleck de Joker (Todd Phillips, 2019). De este modo, Nitram queda expuesto en su absoluta banalidad. No es una persona excepcional, no es un oprimido, no es un poseído por la idea del mal absoluto. Incluso la posible genealogía del sujeto criminal en la que Nitram podría encasillarse queda en suspenso: la relación con que se muestran los hechos no admite una interpretación concluyente. Hay no obstante un elemento que, si bien no justifica la tragedia, sí opera como detonante: la facilidad con que Nitram puede comprar armas de guerra. En este punto, Nitram y Elephant se reencuentran para alzar la soberana voz de la protesta.

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Con un perfil de film independiente, Nitram se financió mediante la participación de varias productoras de Australia. Se estrenó en julio de 2021 en el festival de Cannes. Luego, en noviembre se lanzó en Stan, la plataforma de streaming de origen australiano. Nitram es una película poética, cruda, que no solo cuenta los antecedentes de una masacre, sino que también se pregunta cómo contar ese acto indecible. No viene a dar explicaciones innecesarias. Tampoco viene a ofrecer las piezas para armar un antihéroe. Solo viene a mostrar, con un lirismo descarnado, cómo una persona con inclinaciones violentas, en determinadas circunstancias, puede como mucho comprar petardos para hacer enojar a sus vecinos y cómo, en circunstancias menos favorables, puede comprar fusiles a gusto y salir a tirar a la primera persona que se le cruza.